R I C A R D O   C O R A Z Ó N    D E    G E L A T I N A    E N   E G I P T O 

 


    

    INTRODUCCIÓN PARA MIS JÓVENES LECTORES

 

     El Nilo, el río de Egipto, es el más largo de la tierra. Se lo llama "el río madre" y es muy hermoso. Todas las historias que se contarán en este libro ocurrieron en sus orillas, en la vida real.  Pero antes de comenzar, quiero contarles un poco cómo es Egipto para que puedan situarse allí e imaginarlas.

 

     Hace tanto calor en esa región, hasta 46 grados centígrados, que hay que andar muy despacio para no acalorarse, por esto la vida transcurre en forma absolutamente diferente de la de nuestros países y la lentitud de los asnos es muy apreciada.

 

     Los niños de los pueblos se encargan de cuidar los asnos pequeños. Les dan pasto fresco y por la tarde los llevan al Nilo a tomar agua, a veces juegan con ellos. Pero cuando los burritos crecen, entonces les toca trabajar. Van entonces buscando la sombra de las palmeras, bamboleándose y cargando gente, comida y muchas cosas.

 

     Por ejemplo mi amigo, el asno Asnali, tiene un trabajo muy especial, acarrea un larguísimo palo para ponerle la vela a un barco. Los barcos en Egipto se llaman falucas y son muy importantes pues todo el país depende del río. El Nilo, es el único sitio del país donde hay agua, pues en Egipto no llueve, por eso muchas casas no tienen techo. ¿Para que? Es mejor mirar las estrellas que las arañas.

 

     Hace mucho tiempo, como unos tres mil años, reinaban allí los faraones, unos reyes muy importantes que se vestían muy bonito, con telas de lino de rayas, vivían en grandes palacios y si vamos a creer a las pinturas egipcias, andaban siempre de lado, mostrando el  perfil, aunque sus ojos miraran de frente.

 

     Los faraones acostumbraban pasear en barcas por el Nilo, aunque a veces se les enredaban las coronas en una rama de la orilla pues esas coronas eran inmensas... Iban a visitar los templos y entonces se celebraban grandes festivales con  música y baile, pero tenían que tener mucho cuidado y no dejarse morder por algún cocodrilo verde de mandíbulas endentadas. Clac. ¿Qué tal?

 

     Ahora no es tan peligroso pues los cocodrilos prefieren acostarse a dormir a orillas del Nilo, mientras las garzas les limpian los dientes con sus picos. Pero claro, más de una garza‑cepillo de dientes, ha terminado en el hospital después de darse su banquete con los sobrados del almuerzo de un cocodrilo porque éste había cerrado su boca. 

 

     La corona, y de paso el dolor de cabeza de los faraones, dependían de cuáles y cuántas partes de Egipto tenían en su poder. Así por ejemplo la corona blanca correspondía al Egipto Superior, la corona roja al Egipto Inferior y la corona doble al Reino Unificado de los dos Egiptos.

 

     Los egipcios escribían en forma de jeroglíficos. Estos podían representar una palabra, una idea o solo una letra. Cuando se escribían nombres de personas importantes, se rodeaban de un círculo llamado Cartucho.

 

     Cuando no escribían en las paredes, (estos maleducados inventores del graffiti), escribían en papiros, papeles hechos de una palma que crece allá, y entonces utilizaban caracteres más simples.

 

     El árabe que es el idioma más hablado en Egipto se escribe al revés, esto es de derecha a izquierda, en contravía. Pero los números se escriben de izquierda a derecha, lo común y corriente para nosotros.

    

     Después de esta información ustedes tendrán ya en su cabeza una idea de la clase de lugar en el cuál se desarrollará esta historia. Pero antes de entrar en ella viene un Informe Confidencial explicando quién soy yo, el que escribe y cuáles son mis circunstancias.

 


 

I N F O R M E   C O N F I D E N C I A L

 

Hospital: Hospital de la Comuna

Paciente: Sr. Ricardo Corazón de Gelatina

Edad: 19 años

Exámenes médicos solicitados: Sangre.  

Resultados:

CONTEO CELULAR DE LA SANGRE DEL SEÑOR RICARDO CORAZÓN DE GELATINA:

Colorantes Artificiales (Mg/l)

Rojo E 288 0.12  
Amarillo E 345 0.40

Sabores Importados (Mg/l)

Manzana CHI‑2 0.12
Kiwi N ZL‑33 0.80

Sabores Nacionales (Mg/l)

Mango ANT‑44 1.30
Badea ANT‑56 5.25
Guayaba ANT‑70

0.12

Coagulantes (cc/l)

Agar‑Agar. 0.45
Goma Arábiga

3.46

Cuajo de calidad regular 0.23
Flan de Vainilla 1.27

Partículas Flotantes (Unid/l)

Azúcar granulada

8.965.000.00

Aglomeraciones/Crema bat 0.17
Trozos dulce papayuela 1.00
Semillas de uva 2.00

Líquidos séricos (lts)

Agua nulo
Bebida gasificada 3.75
Porcentaje sangre (lts) (despreciable) 0.09

 

RECOMENDACIONES DEL LABORATORIO:

 

En vista de la avanzada condición descrita, se le recomienda al paciente permanecer en el refrigerador durante las horas más cálidas del día, Palirix Phollips..

El estado general de la salud física y mental del paciente requiere:

a) su pronta hospitalización,

b) repetidas transfusiones de sangre,

c) un trasplante de cerebro y de corazón.

 


                            

 CAPÍTULO    I

 

 

"Podría decir que la vida es de una terrible belleza"

 

 

     ‑"Mi nombre es Ricardo Corazón de Gelatina", ‑explico  mientras saboreo un azucarado jugo de mango, sentado  en el andén de la Avenida que conduce a las Pirámides.

 

      El día anterior, en mi ansia por recuperar mi salud perdida, penosamente había comenzado a morder en el aire, buscando, como si no tuviera dientes, como si fuera un niño, o como si hubiera olvidado la caja en una solución estilo Alke Saltzer en la mesita de noche, como un vampiro con caries. En sueños mordí las piedras de la pirámide de Keops, mordí a conciencia sus cuatro lados poderosos y su cúspide que se erguía desafiante.

 

     Por la mañana, al despertar de un intranquilo sueño, a bordo de un barco estacionado en el Nilo, continué mordiendo el aire caliente, y fui así alejándome del ruido de los paseantes y perdiéndome en el desierto.

    

     Como un caballero de las Cruzadas que busca un mantel redondo a ciegas, yo buscaba devolver la espesura a mi sangre. Como fuera.

 

     Hacía algún tiempo, a comienzos del año 85, mi salud que ya andaba resquebrajada, me dio un durísimo golpe cuando acudí al Hospital, para un examen que explicara mi fatiga permanente y la prueba de sangre que siempre había salido alegremente negativa para todo virus, dio un resultado positivo.

 

     Pude desesperarme y echarme a llorar, pude pensar en el suicidio como lo habían hecho muchos. Pero no, resolví tomar en mis manos ese lapso de vida más que aún se me otorgaba, disfrutar de todas las cosas buenas que tienen inclusive los más tristes días y buscar alivio por parajes diferentes, en todas las formas posibles. Saliendo de Escandinavia, donde a la sazón me encontraba, visité varios países y ahora en la primavera acababa de llegar a Egipto.

 

      A partir de mis múltiples viajes y experiencias encontré que en medio de todo hecho trágico había algo humorístico y que la vida era de una terrible belleza.

 

     Lo que voy a contar en los siguientes capítulos es lo que me aconteció durante mi permanencia en esos lugares mágicos que visité.

 


             

CAPÍTULO    II

                           

 

"Lo observo, impaciente dentro de su bata azul, piel más oscura que la noche anterior sin luna."

 

 

     Hoy, cansado del ir y venir por la Avenida y del débil tutti‑frutti que siento circular por mis venas, me decido a alquilar un camello para ir a Giza a ver a la Esfinge‑Madre desde cerca.

 

     Nasser se llama el joven conductor del jorobado rumiante, delicia de los turistas, ‑según dicen. El chico silba constantemente LEL de Oum Kalsoum la cantante sensual del Mediterráneo. Cuando no está silbando, canturrea o hace sonar el pasacintas, en el desierto hay más ruido que el que uno esperaría oír.

 

     Para cumplir con los ritos necesarios del turismo, Nasser y yo comenzamos a tomar fotografías con la "polaroid", para que quede la huella registrada de todos los esfuerzos hechos y que nadie diga que me tiré por las petacas a dejarme morir.

 

      Le advierto al muchacho que no corte las fotografías porque se dañan, el asiente con su enigmática sonrisa de expresión desértica, pero continúa haciendo lo que le da la gana. Quiere ajustarlas a un pequeño álbum donde maneja una colección de retratos de los que han sido sus clientes,  pues Nasser con tal de recolectar las monedas que ambiciona, no se detiene en muchas complicaciones, preámbulos ni rogativas. Por el contrario, sin que nadie se lo ruegue, sabe posar en actitudes muy pictóricas con la túnica larga y blanca ceñida en pliegues y su sombrerito redondo.

 

     ‑"Yaala!"‑ me grita con su voz de diez y siete años. Da unos cuantos saltos y luego saca su billetera y me muestra un gran número de papelitos arrugados llenos de direcciones. ‑"Son mis amigos"  ‑me dice  ‑"les gusta mi camello, les gusto yo".

 

     Y añade: ‑"Cuando regreses a tu país me escribes tú también, me cuentas que piensas de mí y me mandas un regalo, lo que quieras. ¿Cómo es tu país? Tienes que mostrármelo en el mapa. Por aquí dicen que en Colombia las drogas están prohibidas pero que trafican con ellas; en este lado la cosa es diferente, lo que nuestra religión no nos deja utilizar es el alcohol, pero a veces lo hacemos y resulta muy divertido, pero claro que nadie osaría emborracharse, una copa basta, ¿verdad?.

 

     Voy a responderle algo pero no me da tiempo, se habla y se contesta solo. Me cuenta que en la playa fuman shisha los marineros y que podemos ir a verlos.  

 

     Al fin se calma un poco y me pide que le lea unas cartas que saca de sus bolsillos, en medio de una parafernalia de piedrecitas, fósforos y trozos de boñiga. Las cartas están aún más arrugadas que las direcciones. Leo e invento un poco para suavizarle los choques culturales al muchacho nubio.*

 

      Mientras leo lo observo impaciente dentro de su bata azul, piel más oscura que la noche anterior sin luna, sandalias de Hong‑Kong y reloj japonés.

 

     En una de las cartas un británico le pregunta por la enfermedad de las piernas del papá. Me salto la parte donde sugiere que talvez los médicos ingleses pudieran hacer algo. La gente de aquí debe permanecer aquí. Y me sorprendo pensando esto, yo que no he permanecido en mi tierra, y que en mi búsqueda de una curación, he recorrido casi medio mundo.

 

      Inútilmente por supuesto. Y en todas partes he sentido que no pertenezco, hago lo imposible por adquirir las costumbres, por usar los trajes, por comer las comidas, por beber las bebidas, por hablar el idioma; pero en todas sigo siendo un extranjero, aunque me ponga la túnica de rayas, me traiciona el caminado; aunque intente saludar, Ala-il-Ala-Mohamed-Hasud-Ala, me traiciona el acento; aunque deje dorar mi piel al sol, alguna huella me delata. Mi forma de saludar y de reír es diferente. Mi escritura, las estampillas de mis cartas. Exilio, mi buscado exilio me cerca, haciéndome esclavo de mi propia libertad.

 

     Mientras tanto Nasser sigue sacando cosas de sus bolsillos. Se ríe y me muestra fotos de los turistas al lomo de su camello. Sonríen falsamente desde el precario equilibrio de la joroba del animal. Arena en primer plano, pirámides en el horizonte. Colores, adornos del camello, basura alrededor, tapas, envases, cajetillas.

 

     ‑"Cuál es el nombre del animal?" ‑pregunto.

 

     ‑"No tiene nombre! Todos los viajeros preguntan lo mismo. Yo les digo: Whisky‑Soda, Abraham, Donald, según piense que son ingleses, judíos o americanos.  Todos quedan muy complacidos, si viniera un ruso le diría que se llama Stalin. Como quieres que lo llame para ti?"

 

     ‑"Yo no soy turista, maldito, yo vengo en busca de mi Madre la Esfinge para obtener la salud. Pero te diré que en mi país todos los animales tienen nombre, Micifuz, Boxer, Sultán, Sofía, Trueno, Kaiser", ‑le recité recordando las perramentas de las fincas de Antioquia y los perros que yo había tenido, ‑"Simba, Pancho, Violeta, Carmenza!"

 

     Nasser no me pone atención y además ya ha recortado las fotos. Los colores se han desvanecido. El camello, como se llame, es una mancha azulada, la arena parece spaghetti de la víspera. No encuentro palabras para explicar su estupidez pues ellas sobrepasarían ampliamente el vocabulario extranjero del nubio.  Me toca tranquilizarme y quedamos en paz con tal de que yo le escriba una recomendación para mostrarla a los viajeros que vendrán:

 

"NASSER ES UNO DE LOS CONDUCTORES DE CAMELLO

 MÁS SIMPÁTICOS DEL ÁREA DE LAS PIRÁMIDES.

 SU SENTIDO DEL HUMOR ES ESPECIAL Y ES MUY AMIGABLE.

 EL CAMELLO ES COOPERADOR Y MUY EDUCADO."

 

Me quedo sin mencionar:

La sonrisa maléfica que pide dólares constantemente, háyaselos ganado o no.

Las artimañas moras. Sorprendentes e inesperadas para nosotros.

Las rodillas hinchadas del rumiante, sus patas en forma de zapatos de goma sin suficientes dedos, lo difícil que es hacerlo subir y bajar.

La duplicación de tarifa que ocurre a mitad del desierto.

La proveniencia del agua con la que se hace el té.

La comisión recibida en el puesto de baratijas. 

Los dientes picados de tanto fumar shisha.

El desafiante dedo gordo del pie que apunta perennemente hacia arriba para que no se salga la sandalia.

El intempestivo y desagradable sonido de la alarma del reloj de cuarzo. 

La flatulencia trasera de Moisés.

La temperatura que oscila entre 40 y 42 grados.

Las moscas.

La recogida de boñiga para quemar y calentar el té, los pedacitos que quedan flotando en los vasos.

Las tormentas de papeles y bolsas plásticas en lugar de las esperadas de arena que se ven en las películas de Semana Santa.

La pintoresca perversidad del todo.

 

Y escribo:

"NASSER ES EL CONDUCTOR MAS RÁPIDO DEL DESIERTO.

 ÉL Y SU CÓMODO CAMELLO LE DEPARARÁN HORAS

 DE SANO E INOLVIDABLE ESPARCIMIENTO."

 

* Nota:

Nubia es una región que se extiende desde Egipto hasta Etiopía, empieza en la primera catarata del Nilo y termina en la unión de los dos Nilos blanco y azul. Según Sir Arthur Conan Doyle: "A través de toda Nubia se ven trazas de razas desaparecidas y de civilizaciones sumergidas. Tumbas grotescas puntean las colinas o se destacan contra el cielo, ‑y nos recuerdan su ansia de eternidad. ‑Ocasionalmente cuando el bote gira alrededor de una roca, se ve una ciudad abandonada, casas, paredes, con el sol brillando a través de sus ventanas vacías."

                  


 

CAPÍTULO    III

 

 

"Pesaremos su corazón contra una pluma de avestruz"

 

 

     El Bazar parece cerrado. Pedazos de cartón cubren las vitrinas. La canción de "Haabibi" se escucha lejana, a unos 350 metros. Me dirijo a la luz que brilla como una estrella profética y de neón. En un rinconcito está el vendedor mirando el oficio religioso por televisión.

 

     El pasacintas, holocorter como lo llaman ellos, cosa extraña, está apagado. Centenares de frascos cubren las paredes. Algunos podrían ser antiguos. Otros son imitaciones descuidadas. Letreritos escritos a máquina indican el contenido:

 

     ATADO DE ROSAS. JAZMÍN DE PERSIA, JAZMÍN DOBLE,

     FLOR DE LOTO, LAVANDA. VIOLETA, HELIOTROPO, GARDENIA,

     NARANJA, REINA HARASSU, OMAR KHAYAIM, ESENCIA ÁRABE,

     REINA CLEOPATRA, NOCHE DE NAVIDAD, CINCO SECRETOS,

     AGUA DE ALEJANDRÍA, FLOR DE SAKARA.

 

     En cuanto a esencias se refiere, soy de poca nariz, me gusta oler la naftalina, la guanábana o alguna que otra fruta exótica, me gustaría oler la Osa Polar.

 

      De todas maneras compro un poco de Narciso que diluyo en Ginebra. Se supone que es una bebida buena, pues en Inglaterra el jengibre en alcohol se consideraba un remedio para los males de los riñones, adicionado de narciso debe producir una orina perfumada que ya estoy anticipando conocer.

 

     Mi decisión es disfrutarlo todo, en cuanto no perjudique a nadie y ya que no puedo hacer muchas de las cosas que quiero, al menos no hacer las que no quiero. Absorbo y acepto lo que me rodea. Me recreo mirando el color y la textura pastosa y blancuzca de la bebida. La saboreo y creo que comienzo a sentirme más fuerte, con más sangre y menos azúcar disuelta en las venas.

    

     Soy dueño de mi destino y de mi cuerpo, sin embargo, la ginebra con narciso, hace que al terminar el vasito, me caiga de narices en el suelo y entre en un delirio en el cuál imagino que de un friso pintado que está en frente mío, se desprenden los siguientes personajes, un perro que debe ser el dios  Anubis,  un pájaro que debe ser el dios Tot el que pesa los corazones en la balanza de la verdad y un cocodrilo sagrado que debe llamarse Hiss.

 

      ‑"Venimos a pesar tu corazón, como está escrito" ‑anuncia  el perro Anubis al poner una balanza en el suelo, ‑"el corazón es el símbolo de la vida y el asiento de las pasiones, el verdadero carácter de una persona se revela en su corazón."

 

     Y añadió el pájaro Tot: ‑"Cuando mueras irás envuelto en tres paños de tela blanca y uno de tela roja, atado con cintas de arriba a abajo y de través, y le ordenarás a tu corazón que no te abandone".

 

     ‑"Has dicho las cuarenta y dos confesiones negativas en las cuáles niegas toda clase de faltas?" ‑me pregunta Anubis. 

 

     ‑"No, no sé" ‑balbuceo yo.

 

     ‑"A ver recita conmigo las cuarenta y dos confesiones negativas:

 

         No cometí fraude contra los hombres.

         No atormenté a la viuda.

         No mentí ante el tribunal.

         No sé lo que es mentir.

         Nunca impuse a un jefe de trabajadores más trabajos de los que podía hacer.

         No fui indolente.

         No fui ocioso.

         No le hablé mal del esclavo a su amo.

         No provoqué el hambre.

         No hice llorar.

         No he matado.

         No tuve ganancias fraudulentas.

         No espigué en mies ajena.

         No falseé el equilibrio de las balanzas.

         No corté un canal.

         No quité la leche de los labios del recién nacido....

         Soy puro! Soy puro! Soy puro!"

 

     ‑"Algunos pecadillos seguramente sí habrá cometido..." ‑dice Tot.

 

     ‑"Jamás imaginé que pasar a la otra vida fuera tan complicado" ‑ pensé ‑"¿Qué pasa si a uno lo fulmina un rayo o lo ahoga una tempestad? 

 Sólo entiendo que se alcancen a hacer toda suerte de ceremonias si uno se enferma, se va apagando lentamente y se puede prever la hora definitiva. Sé que los cristianos deben morir acostados sobre la espalda y con las manos cruzadas sobre el pecho en actitud piadosa, la misma posición demandada para dormir a los estudiantes de liceo y a los seminaristas, para mantener al diablo lejos."

 

     A éstas reflexiones me comienza un cosquilleo que ya había tenido en las manos, pero extendido ésta vez a todo el cuerpo. Un como hundirme dentro de algo, como chupado por la manguera de una aspiradora, y un desaparecer dentro de mis propios huesos, como si la tercera dimensión se ocultara temerosamente en la medula de ellos.

 

     ‑"Pesaremos su corazón contra ésta pluma de avestruz. Si el veredicto  es negativo Hiss se almorzará su corazón en un santiamén".

 

     Ante el espanto de que mi querido corazón termine como una hamburguesa en la boca de una bestia mitológica, intento un escape que no me lleva a ninguna parte al estrellarme contra lo que separa el sueño de la realidad: La segunda dimensión de la tercera.

 

      Al hallarme ahí emparedado en dos dimensiones, no me cabe en la cabeza la posible existencia de la tercera. ¿Cómo no dudar de aquello que en ese momento no se puede conocer?

 

     ‑"No hay nada que temer, ‑dice el pájaro, ‑"la inmutabilidad del oro es la prueba de la supervivencia después de la muerte. "

 

     Yo trato de buscar imágenes poéticas para expresar en alguna forma lo que se siente al perder el corazón, y en mi intento reviso todas los poemas, tangos y boleros que puedo recordar, pero ninguno se acerca a la descarnada realidad. La sensación es aquella que siente un molde de flan que alguien terminara de comer.

 

     Al despertar, al amanecer, asumí que eran terribles las pesadillas en tierra extraña y me senté en una banca del puerto completamente descorazonado.

 


                   

CAPÍTULO    IV

                      

 

"Los muchachos le agradecieron el haberse cubierto con el chal"

 

 

     Unos días más tarde, con un periódico  en inglés para  turistas  y el inevitable jugo de mango en la mano, vuelvo a sentarme en el andén de la Avenida de las Pirámides.

 

     ‑"Los peregrinos", ‑leo ‑"comenzaron ayer su retorno a casa, al llegar a su fin la época de las celebraciones religiosas en Medina y en la Meca".

 

     "Medina, en el centro de un fértil oasis, queda a 200 millas al noroeste de la Meca y a cien millas al Este del Mar Rojo. Allí fue donde Mahoma se refugió en su huída o Égira, y la ciudad que antes se llamaba Yatrib, recibió el nombre de Medina que quiere decir "la ciudad del profeta". Mahoma murió en el año 632 después de Cristo, y allí está su tumba en la Gran Mezquita".

 

     "La Meca, la Ciudad Santa, la madre de las ciudades, vio nacer a Mahoma en el año 570. Está situada en un valle caliente y arenoso a setenta millas del Mar Rojo. La Kaaba, el sacrosanto tabernáculo que contiene la Piedra Negra que es necesario visitar, es un gran cubo dentro de una vasta plaza rodeada de diez y nueve puertas en medio de la ciudad."

 

     Doblo el periódico muy enterado y haciendo como todo el mundo, me atrevo a tirar la caja de jugo sobre la vía, estilo gamín colombiano, porque no hay más dónde. Una llanta de taxi con banderas blancas, que significan PEREGRINACIÓN A LA CIUDAD SANTA, exprime las últimas gotas del cartón contribuyendo a la basura general.

 

     El aeropuerto local había hecho los preparativos necesarios para el retorno de los peregrinos. El salón Número Tres estaba dedicado exclusivamente a ellos. Se había pedido la aceleración de los trámites de aduana y pasaportes. El Director de la Compañía Aérea había indicado que unos 98.500 viajeros volarían en la aerolínea, por ello los vuelos se habían intensificado con 19 diarios adicionales, además una Oficina de Operaciones estaría encargada, las 24 horas del día, de resolver cualquier problema que los pasajeros pudieran tener.

 

     Cuando llegué, el parqueadero del aeropuerto estaba lleno de parientes y amigos que esperaban a algún ser querido. Habían armado toldas apoyando trastos contra los automóviles. Las hogueras para calentar el té estaban prendidas con petróleo en ausencia de boñiga, peligroso detalle éste, que escapó a la perspicacia del Señor Director de la Compañía Aérea.

 

     Las niñas en trajes "de primera comunión",  de novia miniatura, rosados y de encaje, leían fotonovelas musitando  ¡ah! y ¡oh!  Los muchachitos se embobaban hasta necesitar esponja para recoger la baba, mirando las blusas trasparentes de las turistas italianas, las madres revolvían el valorado azúcar en medio de risas, subiendo las manos a la cara para sofocarlas. Los padres verificaban cuál era la dirección suroeste mirando la posición de las agujas de sus brújulas:

 

     ‑"Es allí!"

 

     ‑"No, un poco más a la derecha."

 

     Finalmente, al ponerse de acuerdo acerca de la dirección en la cuál se encontraba la Meca para inclinarse hacia ella a la hora de la oración, extendían los tapetes sobre el pavimento, y, haciendo abstracción del lugar, se postraban frescamente delante de algún Ford Galaxie.

    

     Mi joven amigo Nasser llegó de la peregrinación con esa expresión de orgullo característica de los que le han dado las tres vueltas, o más, a la famosa Piedra Negra.

 

     Se dice que esa piedra fue originariamente un rubí del cielo, un antiguo meteorito que era adorado por el pueblo mucho antes de la fundación del mahometanismo, pero Mahoma tuvo la excelente idea de conservar ese objeto de adoración, le dio un significado simbólico y sagrado para su doctrina del Islam, e incitó a sus seguidores a peregrinar allí por lo menos una vez en su vida, lo que de paso ayudaría a sanear la economía de la ciudad y ayudaría a su familia pues las ceremonias son conducidas por los descendientes del Profeta.

 

     Mahoma era no solo un pro‑feta, el que habla por Dios, sino también un hábil político que enseñó a su pueblo una nueva forma de vida. Se dice que era inteligente y tenía mucho encanto personal. De las ocho veces que se casó, la primera fue con Kadija, una viuda de familia rica y poderosa, mucho mayor que él, que lo ayudó a convencerse de que sus visiones eran ciertas y no alucinaciones como él mismo creía. La que se conoce de su hijas se llama Fátima.

  

     Nasser llegó pues cargado de devociones y también de paquetes, había comprado en su viaje cinco pasacintas, un televisor, dos relojes, un par de zapatos, telas y utensilios de cocina.

 

     El único taxi libre que encontramos Nasser y yo, aún enarbolaba las banderas que significan VAMOS A LA CIUDAD SAGRADA. Nos dirigimos juntos hacia su casa, su familia no había podido venir a recibirlo.

 

     El expresó su deseo de detenerse y comprar pintura para la casa. Pero yo ya le tenía como sorpresa cuatro tarros de pintura de los siguientes colores: azul claro, rosado, negro y rojo. Además, recordando mi paso por los talleres de arte de Bogotá, le había dibujado un boceto de cómo debía pintar la fachada para celebrar el retorno de la peregrinación.

 

      Era costumbre pintar el avión en el que se había hecho el viaje, la Piedra Negra, la Kaaba, y una que otra importante escena de algo acaecido durante la célebre excursión espiritual a una o a las dos ciudades, en esa época en que una sola oración pronunciada, valdría por mil dichas en otro lugar y en otro tiempo.

 

     Ya que la casita de Nasser daba contra el área de las Pirámides, lo más efectivo era pintarla de rayas azules y rosadas para que contrastara fuertemente con el amarillo de Keops y a los turistas no les salieran las fotos muy clásicas ni repetitivas. Luego a la derecha se pintaría la famosa Piedra Negra con un rojo bien bonito! Un pasacintas u holocorter al lado izquierdo. Las ventanas irían con un marco negro y en la parte inferior se pondrían flores tropicales, orquídeas, anturios y hasta de pronto un mango. Yo quería sugerirle una planta de cafeto, al fin y al cabo éste es originario de Arabia, donde precisamente fue descubierto cuando los pastores de las cabras que pastaban cerca de dichos arbustos, encontraron que aquellas estaban retozando alegre y desusadamente.

 

     Cuando el taxi embanderado apareció por la carretera que pasa al lado de la Esfinge, los catorce miembros de la familia de Nasser salieron corriendo a encontrarnos. Las mujeres en la retaguardia corrían en cámara lenta para no adelantarse a los hombres. Abrazos, besos, pasteles y música, dulce té y felicitaciones efusivas.

 

     Al caer la tarde Nasser procedió a la repartición de regalos, televisor para el papá, cinco metros de poliéster colorido para la mamá, pasacintas y relojes con alarma para los hermanos, una muy completa y brillante batería de cocina para la futura esposa.

 

     Los hermanos de Nasser me preguntaron repetidamente por mi prima, la que había venido en el barco conmigo, ella es muy hermosa y ellos la habían admirado desde el muelle, mientras ella se paseaba por la borda en sus pequeños pantaloncitos blancos.

 

     Como ya nos habíamos hecho amigos, ellos le habían mandado pedir que bajara, ella accedió y para hacerlo se envolvió en un grandísimo chal que la cubrió por entero, casi tanto como a las mujeres musulmanas. Los jóvenes la acogieron con muestras de alegría y le agradecieron el haberse cubierto con el chal. Esa vez pasamos una alegre noche en el puerto, antes de que mi familia se devolviera en su barco.

                       


                               

CAPÍTULO    V

 

 

"Cuidadosa y lentamente cierro los botones de mi camisa hasta el cuello..."

 

 

     Todas las mañanas al dirigirse a recoger su camello, Nasser pasaba frente a la casa de "ella" y la miraba tímidamente, de reojo. Una que otra vez le sonreía mostrando sus dientes picados y entrecerrando sus ojos negros de muchacho nubio en el entusiasmo de la adolescencia.

 

     Ella, completamente enmarcada en velos negros, lo miraba un poco, sin sonreír, sin decir ni sí ni no, ni siquiera talvez. Nada. Para nosotros occidentales acostumbrados a los signos y a las palabras, no había nada, nada sensual, nada romántico, nada, absolutamente nada. Yo me preguntaba por qué, pero no tenía una respuesta clara.

 

     Ella tendría unos quince años y unos ojos velados por pestañas enredadas. Sobre el resto no se podía saber mucho. Admiré una cultura que dejaba suavemente reposar el amor en las miradas. Evidentemente era más interesante aquella intriga, que la poca de las chicas  que con el trasero al aire se pasean ondulantes por las playas del Atlántico.

 

     El muchacho, seducido, curioso e inquieto seguía pasando delante de la casa de ella, por la mañana, por la tarde y algunas veces al medio día. Subido en la joroba de su camello se detenía frente a la ventana, prendía el pasacintas y daba una pequeña serenata sin ningún esfuerzo: Mientras Oum Kalsoum cantaba Haabibi, él se hacía el que fumaba con mucha desenvoltura varios cigarrillos Cleopatra, posando con las manos y elevando volutas de humo.

 

     Un día, viernes, ella salió a la ventana con más tela que nunca. Nasser jamás había visto una mujer tan cubierta y recatada, definitivamente ya no pudo resistir por  más tiempo. Esa misma tarde se peinó más de la cuenta y golpeó a su puerta. El papá salió a abrir. ‑"Vengo a tomar el té, si me lo permite", ‑dijo Nasser con más desparpajo del esperado.

 

     El papá se lo permitió y Nasser le describió, sin exceso de detalles, su situación de hombre joven, soltero y sin vicios que fueran mayor cosa. Mencionó a la muchacha de la ventana y dijo que le gustaría casarse con ella. Terminó su taza de té, y sin haberla visto aún de cerca, salió corriendo hacia la Oficina de Correos a telefonear la noticia a los suyos a larga distancia.

 

     A las dos semanas llegó toda la familia. La madre le dio el visto bueno a la muchacha. ‑ "Un poco flaca, pero sabe cocinar" ‑dijo. ‑"Qué tan alta es" ‑preguntó Nasser. ‑"Un poco menos que tú" ‑contestó la madre.

 

     Se hicieron todos los arreglos para la boda y se acordó que ella  tendría dos habitaciones en la casa, una para dormir y otra para sentarse. El trato se cerró con un collar de oro, una pulsera de plata y un anillo de padparacha para ella; dos cortes de tela para la madre, las consabidas bolsas de azúcar y un marrano para el padre.

 

     La boda fue simple, firmaron el registro y celebraron con fiambres al pie de la Esfinge.*  Los novios se miraron furtivamente, los hermanos y las hermanas se codearon riéndose. Los padres mostraron estudiada solemnidad.

 

     Al caer la noche los cuatro hermanos encendieron sus grabadoras simultáneamente, comprobaron una vez más que la hora fuera igual en los relojes y los hicieron sonar con la música del Big Ben, la Marsellesa, Hey Jude y la Internacional, respectivamente. El padre sintonizó el televisor pasando por todos los canales, para convencerse una vez más, de que todos sí eran en colores. La madre jugó con los metros de poliéster ante el espejo y bromeando con el marido se tapaba cada vez más y más con la tela, iniciando el nocturno ritual de la conquista. Mientras los otros admiraban los regalos, la joven esposa miraba las ollas con ojos tristes.

 

     Arriesgando los celos de Nasser le guiñé un ojo. Ella no entendió. ‑"Eso te pasa dizque por cocinar tan bien!" ‑Mascullé en el más árabe de mis españoles, pero desde luego ella tampoco entendió. Me hice el propósito de aprender algunas palabras de su idioma para decirle de pronto alguna cosa bonita.

 

     Era tarde, cuando me despedí, pensé que los novios estarían cansados y querrían irse ya. Cuidadosa y lentamente fui cerrando los botones de mi camisa hasta el cuello, desenrollé mis mangas y las abroché. Para evitar los mosquitos, claro está. Nunca me había pillado a mí mismo haciendo movimientos tan aparentemente despreocupados y tan fuertemente deliberados. Sentía que ella me observaba, pero no decía nada. Nuestras miradas se estrellaron violenta y momentáneamente.

 

     Salgo al camino, veo los pájaros de la noche cruzar el cielo. Pienso en la muchacha, pero no espero nada. Ella es la esposa de Nasser que es mi amigo. ¿Además que podría esperar?

 

     Estoy más triste que Lázaro el día en que oyó el famoso .......TATE Y ANDA, tan muerto estaba Lázaro, que no alcanzó a escuchar el comienzo de la frase que le dijo Jesús, en todo caso se levantó de un brinco y anduvo como se le había ordenado. Al estar fuera de vista se sentó a descansar y a lamentarse de haber abandonado el cielo. Allí había encontrado el amor y ahora le tocaba volver a la tierra y recomenzar de nuevo el peregrinar de la búsqueda.*  Eso es precisamente lo que  hago yo ahora, lamentarme, aunque no hay tiempo, sé que ahora la vida será demasiado corta para ello.

 

     La voz de la Esfinge‑madre me interroga durante largo rato: ‑"Qué cuántas veces he llorado durante la última semana?"

 

‑"Qué si mi corazón es de azúcar o de frutas insaboras?"

 

‑"Qué si al barrer he metido el mugre debajo de la alfombra?""

 

‑"Qué si alguna vez he orinado en un lavamanos?"

 

     La voz de la Esfinge‑madre retumba por doce altoparlantes. Está iluminada con destellos azules como parte del espectáculo de luz y sonido. Las pirámides están rojas. La música, las luces y la máquina de viento se van apagando. Las cáscaras y papeles hacen su entrada. Yo Ricardo Corazón de Gelatina, me quedo ahí plantado sin siquiera saber qué cara poner. Los turistas continúan chupando jugo de mango sentados en la terraza llena de sillas, ninguno de ellos sabe lo que pasa por mi cuerpo, mi cabeza y mi  corazón, ni siquiera la Esfinge‑madre. Hoy por ser viernes las explicaciones de luz y sonido se han dado en alemán.

 

NOTA:

* La esfinge es una figura mitad humana y mitad animal, que pertenece a las mitologías griega y egipcia. Su nombre es griego y quiere decir "la estranguladora". La más famosa es ésta que fue construida durante la cuarta dinastía por el faraón Kefren, cerca de la segunda pirámide, en Giza, junto a la entrada del valle del Nilo. La cabeza es humana y el cuerpo es el de un león echado. La figura tiene 72 pies de largo y 66 de alto. Un pequeño templo fue construido entre sus patas; cuando uno desciende al templo y mira hacia arriba, la cabeza se ve aún más gigantesca, como un símbolo de poder.

 

** Mencionado por Kahlil Gibran

 


 

CAPÍTULO    VI

 

  

"La joven esposa inicia su danza, lenta y desgarradora como todo lo nubio."

 

                                                       

     A raíz del  matrimonio, la familia de Nasser resuelve trastearse a la misma ciudad y él tiene que correr con los gastos de la construcción de la nueva casa, además de las dos habitaciones convenidas para la desposada.

 

     La obra dura tres meses, tiempo durante el cuál Nasser tiene que contener sus inclinaciones de hombre joven y contentarse con mirar a la muchacha. La boda se consuma por fin el día en que la pintura del marco de las ventanas, último toque de negro sobre rosa, queda seca. A los ocho meses y veinte días nacería el pequeño Amín.

 

     Con motivo de la celebración de semejante acontecimiento se acostumbra hacer una gran fiesta en las orillas del Nilo. Naturalmente estoy invitado. Me alegro de haber permanecido todo este tiempo en Egipto, en Asuán exactamente, escribiendo, para poder asistir a esta ceremonia.

 

     Cuando llego al lugar señalado encuentro a Nasser saltando con la alegre energía de un muchacho nubio que hace apenas seis días se convirtió en papá. Hace por enésima vez el inventario de los preparativos para la ceremonia. Ni siquiera ha olvidado la botellita de whisky que sobresale del bolsillo de su bata, en anticipación a un pequeño sacrilegio. La callecita de la aldea nubia ha sido decorada con una hilera de bombillos que extienden sus colores entre dos casas derruidas: amarillo, azul, rojo, fundido, blanco, verde, rojo, fundido. El suelo de tierra ha sido cuidadosamente barrido y humedecido por las mujeres. Los hombres han dispuesto en hileras las bancas de la escuela de color verde claro descascarado. 

 

     Los invitados masculinos ya están sentados o acurrucados sobre ellas y conversan o duermen esperando el comienzo de la fiesta. Las luces de una Peugeot iluminan el escuálido arreglo y lo proyectan contra el muro del fondo, mostrando despiadadamente la totalidad de su falta de estética. Los amigos y parientes de Nasser rodean el taxi formando una cortina de batas blancas y azules claras. Zarcillos y collares brillan sobre el negro de los trajes de las mujeres como estrellas de la Anunciación recortadas en hojalata.

 

     Nasser es conducido a la casita donde su mujer, ‑ella, la que me encontró irresistible pero no dijo nada, ‑vigila amorosamente el sueño de su niño. Luego, mientras él avanza hacia el centro con un paquetico, yo, discreta y premeditadamente tomo mi puesto entre la concurrencia de nubios negros y espigados y de algunos árabes de mirada menos transparente y de relojes mas dorados.

 

     En los gestos de Nasser ya se perciben los ademanes característicos que recuerdan a los invitados su virilidad comprobada, y el orgulloso padre recorre rápidamente las hileras de bancas enseñando un envoltorio de tela que aparentemente contiene al pequeño Amín.

 

     Las mujeres se mantienen bajo la sombra de las paredes y celebran el acontecimiento con aullidos que se quiebran, al estrellarse contra sus lenguas que se mueven a velocidades increíbles.

 

     Los nubios van uniéndose y cerrándose hasta formar tres hileras de quince jóvenes cada una. Un adolescente cruza la calle con una tea encendida en sus manos. Los cueros de los tambores se templan al ser colocados unos instantes al calor de la llama. La antorcha desaparece y el latido del desierto comienza a surgir pausadamente de los instrumentos.

 

     Se va levantando una tormenta de arena que se debió haber arremolinado grano a grano durante milenios y milenios. Un callado canto copto surge de alguna de las filas. Las voces tocan los oídos suavemente pero sin penetrar en el tímpano, caen al suelo y ruedan hasta el Nilo. Otro grupo da la contestación, ésta es mas abrupta en su golpeteo insistente que sube al cielo como por una escalera bíblica.

 

     Siento que la vida que busco se me va entrando por todos los sentidos y hasta mi sangre comienza a correr con vitalidad al calor de la noche. Aspiro alegremente el humo de la bandeja de incienso que Nasser ofrece a los invitados.

 

      La esencia parece embriagarme el cerebro hasta la inmensidad de poder pensar lo impensable. Mi nariz despierta de un letargo que parece de siglos y sin poderme contener golpeo animadamente a mi vecino de banca, el árabe se despierta de su sueño y sonríe indefenso.

 

     ‑"Yaala!" ‑exclamo.

 

     ‑"Yaala!" ‑me contesta.

 

     ‑"Yaala!" ‑replican las mujeres desde la sombra de las paredes opacando los tambores con sus voces trémulas. Por fin aparece ella, la esperada, la esposa de Nasser, ella, la que me observaba atentamente mientras que yo, muy despacio, abotonaba mi cuello y los puños de mis mangas, esa noche en la fiesta de su matrimonio.

 

     Muy delgada, seria y totalmente vestida de negro, ella avanza hasta los músicos y se detiene dando la espalda al público, dándome la espalda a mí. Puedo contemplar finalmente su silueta, la dulzura de sus hombros, la exquisita curva de los brazos, el clavarse de la cintura en las caderas, los pies desnudos con las ajorcas en los tobillos.

 

     ‑"Yaala!" ‑repiten desde la pared las  mujeres para animar a la muchacha.

 

     La joven madre comienza su danza, lenta y desgarradora como todo lo nubio. Hipnótica, pausada y contenida como la respuesta que sube al cielo. Baila sola para demostrar su buena salud después del nacimiento de su hijo. Sus pies se levantan apenas del suelo de polvo, mientras su traje negro brillante se mece con la palpitación de su sangre.

 

     No tengo mas alternativa que aceptar mi soledad y enjugar una lágrima. Nasser cruza las bancas derramando perfume en las cabezas de los asistentes. Sonríe intensamente en su doble tarea de esparcir el agua de Narciso y de exhibir el niño.

 

     Las mujeres de negro con trajes muy sobrios pero llenas de joyas, recostadas contra las paredes oscurecidas de la noche, insisten en los Yaalas y demás expresiones de gozo.

 

     Los músicos y cantantes se mueven todos a una como un mar de batas blancas y azules, contra el cuál se recorta la joven de piel tersa y vestido brillante, ella, que debe continuar su baile hasta que los primeros rayos del sol iluminen su rostro.

 

     La botellita de whisky pasa de mano en mano. Vacilo en tomar parte del pecado que probablemente destape mi garganta, lo mismo que la música, el incienso, el perfume y la muchacha han despejado mis oídos, mi nariz, mi cerebro, mis ojos y mi corazón. Pero el avanzado deterioro de la etiqueta MADE IN SCOTLAND, me hace desistir.

 

     ‑"Yaala, bebamos!" ‑exclama el árabe que ha recibido gran parte de mi entusiasmo en forma de golpes y patadas.

 

     ‑"No Yaala, no whisky," ‑contesto lanzándole un amistoso derechazo a la quijada.

 

     Un muchacho iluminado por las llamas, aparece con dos baldes de agua. Los deposita en una esquina, al rato regresa con otros dos que descarga en medio del silencio de los cueros que se afinan al calor del fuego. Una mujer con una bandeja y vasos traspasa la sombra de la pared. Mezcla azúcar blanca en los baldes de agua y llena los vasos.

 

     Al recibir el mío acaricio con los dedos las flores en relieve que decoran el vidrio, el dorado de los tallos se siente áspero, los pétalos tan suaves que logro descubrir cada pincelada. El mugre de la civilización flota tranquilamente en la superficie del agua de río. Mojo los labios con el endulzado líquido y en dos o tres sorbos el vaso queda vacío. El azúcar húmedo, el calor, la emoción, hacen que baje mi guardia instantáneamente, dándome la oportunidad de sentir lo que se me viene en gana.

 

     La miro. Ella levanta su mirada para entrelazarla con la mía. Hasta mi llega la fragancia de su pelo imaginada en la brisa.  El aire se detiene. Sus intensos ojos negros se me clavan como un sacrificio, hasta que el viento comienza a soplar nuevamente. Ella continua su baile desgarrador y yo me hundo en mi banca hasta perderme en la oscuridad.

 

     La emoción y el agua sucia de río endulzada, me descomponen el estómago. Me levanto por encima del vecino árabe, ya muy magullado y entro velozmente a la casita más cercana en busca de un sitio apropiado. Encuentro el hueco en un último rincón de la huerta. Escasamente alcanzo a bajarme los pantalones, en el oscuro punzante de la noche.

 

     Más tarde mi auto toma la ruta del desierto. No hago caso de las visiones que continúan azotándome la imaginación talvez a causa de la fiebre que no me deja. Mis sentidos me han jugado tantas malas pasadas en los últimos meses que ya no sé a qué atenerme. ‑Talvez añoro mi patria con todo lo que tiene de bello y de terrible. Y talvez añoro aquella ciudad donde lo irreal de la realidad es tan real como un vaso de horchata tibia hecha de chufas verdaderas‑.

 

     No sé a qué distancia queda el horizonte, pero calculo que puede ser lejano y de cartón, como un pueblecito de Hollywood colocado en la mitad de la nada. Las paredes de las casas parecen solo fachadas sostenidas con vigas y soportes por detrás. Los pájaros de la noche vuelan a órdenes del director y los diálogos de los personajes son auténticos, pero doblados a otro idioma significativo: Así cuando una madre dice, ‑"Rómpete la cabeza, pero rómpetela ya", ‑su boca realmente esta modulando ‑"te quiero demasiado..."

 


 

CAPÍTULO    VII

 

 

"He visto a Osiris. mi Padre, he sentido el amor."

 

 

     Al día siguiente descanso sentado en el borde del río. Debo tomar la vida con calma, no hacer más de una cosa a la vez. No pensar más de una cosa a la vez. No escribir más de una cosa a la vez.

 

      El Nilo, "el río de la vida", ‑de cuyas crecidas depende la subsistencia del pueblo egipcio, ya que como dije,  en esa latitud no llueve, ‑está congestionado con los botes turísticos que durante el día suben y bajan repletos de fotógrafos aficionados y de arqueólogos en retoño, sentados al borde de las piscinas de metal.

 

      Los extranjeros leen ávidamente cuanto resumen histórico han logrado encontrar, tan pronto en el Museo de El Cairo, como en el almacén de recuerdos del muy bonito Hotel Oberoi Mena House, "su palacio en las pirámides", llamado así en honor de Menes o Mena el primer rey de la primera dinastía egipcia, de miles de años antes de Cristo.

 

     Una británica inconfundible, con aspecto de institutriz por el sabor de badea de su traje, garrapatea insistentemente las márgenes de "El cuarteto de Alejandría" de Durrell, seguramente anotando las líneas donde ella se identifica con la heroína de las cicatrices de viruela en la cara.

 

     Mientras tanto su marido, en calzón corto de cuadros y sombrero de explorador, se traga ávidamente cada verso de "El libro de los Muertos" apurando un sorbo de jugo:

 

              "Viviré, viviré. Floreceré, floreceré

              Despertaré en paz. No me pudriré.

              Mis intestinos no perecerán

              Mi cerebro no morirá

              No sufriré daño alguno".

 

     Antes de quedarse dormido, sentado  en el bochorno de los cuarenta grados a la sombra, el señor, con la cara ya roja, se quita el sombrero y se toma un último sorbo que se le atraganta y exhala:

 

              "He visto a Osiris, mi Padre

              He amado, he sentido el amor

              He amarrado mi barca en los lagos celestiales

              Hago que las cosas sobre la tierra florezcan"

 

  La frase final cruza el puente del buque "Reina Nefertiti", pasa por la sala de fiestas, por los camarotes y la cocina. Luego alcanza la popa del "Emperatriz del Nilo" y así, sucesivamente, atraviesa toda la hilera de barcos hasta saltar de la proa del último, el "Leyenda del Delta" y estrellarse contra las columnas de algún templo desocupado.

 

     Las páginas de "Los coptos en el Nilo" desfilan lentamente en manos de un muchacho blanco y rubio sentado en el bar. El mozo le ofrece otro de sus tragos especiales en los cuáles el color rojo amarillento de la bebida delata la presencia de la granadina y del inevitable mango. El muchacho acepta, lo mira cortesmente y vuelve a su libro.

 

      Los ojos bizcos del mozo  denuncian su origen copto, o egipcio nativo, esa raza de piel de un blanco‑cobrizo, pelo rizado, cubierto por turbante negro, y pupilas que se miran la una a la otra. Raza que desciende directamente de los faraones y ha ido tomando ciertas peculiaridades a causa de los matrimonios entre familia, costumbre copiada de sus dioses pues Osiris, el sol, estaba casado con su hermana Isis, la luna; asuntico éste que si no recuerdo mal se repite en otras mitologías.

 

      En sentido estricto el término copto hace referencia a raza y se dice que el término viene de la última parte de la palabra E-gipto. Pero ordinariamente al decir copto se está hablando de religión, el Copto fue el primer cisma que existió en el mundo, se separaron de la iglesia ortodoxa griega antes de la ruptura final de ésta con la romana, son cristianos que no obedecen al Papa de Roma, ni al Pope de Constantinopla, sino al Patriarca de Alejandría.

 

     Por la televisión del bar vecino pasa el programa diario sobre el poderío militar del país: Tanques temblorosos surcan el desierto a manos de un camarógrafo vacilante. Los disparos levantan grandes polvaredas, pero no logran acallar el ruido de las fichas de dominó sobre las mesitas de juego puestas en los Cafés de la acera. Algunos aviones atraviesan el eléctrico cielo volando hacia atrás y hacia los lados. Pero nada de esto logra distraer la atención de los jugadores de dominó.

 

      Un doble seis parece bloquear el juego, -cuando surge en lente gran angular por la pantalla un batallón de soldados como moscas al sol-,  y a esto el contrincante responde con un recursivo seis tres. ‑Un Mirage grisoso es derribado y se va desenfocando a medida que cae, los soldados festejan la victoria con la Marcha de Aída, ondean en sus manos banderas en blanco y negro y sonríen ante una cámara que no logra enfocarles los dientes de oro, aunque ellos orgullosamente insistan en ponérselos delante. A veces parecen unos niños en uniformes de juguete. ‑El ganador del seis‑tres festeja su victoria con una palmada.

 

     Los marineros han sacado la pipa de agua a la playa de arena y fuman pausadamente la shisha, un tabaco aceitoso que mandan comprar al más joven en la droguería del pueblo. Sentados en trozos de cartón tosen el transcurso de la noche y desde luego buena parte del día. La boquilla está conectada a la pipa por medio de un cable de extensión. Es pasada de mano en mano y cada uno la va limpiando con un ademán que hace rozar dos veces el brazo izquierdo sobre ella. El agua responde con un alegre glu glu a cada inhalación pulmonar.

 

     Mucha envidia me da ver la forma tan despreocupada como estos marineros y los ocasionales turistas que los rodean, pueden tratar sus pulmones, los míos, desde la neumonía del invierno pasado, no resisten un ataque de estos aunque desde luego no puedo negar que he continuado fumando, ya que al decir de los médicos, si suspendo me pongo más nervioso y eso sería contraproducente, sólo un despliegue de tranquilidad puede mantener mis defensas a la defensiva.

 

     Además los médicos siguen fumando y la teoría moderna es no prohibirles a los que tienen próxima la muerte esos pequeños placeres que no les van a quitar ni a poner mayor cosa.

 

     Unas cortas nubecitas de niebla artificial envuelven a los fumadores un instante y éstos adquieren un aspecto fantasmagórico como si fueran seres de otro mundo. El más viejo se encarga de remover los carbones rojos con una pinza metálica, y cuando se olvida de tomarla lanza exclamaciones defecatorias, mientras aparatosamente se chupa los dedos quemados entre sorbos de saliva gruesa.

 

      Una grabadora japonesa les sirve de acompañamiento musical, las canciones árabes, ya sean de la cuasi‑santa Oum Kalsoum o las del vagamente erótico Ahmed Adaueiya, contrastan en forma discordante con los ritmos nubios que llegan de los cafés de la plaza. Música repetitiva, sugestiva, que con su golpeteo y su letra insiste una y otra vez en que "éste es el corazón pulsante del África y probablemente del mundo":

 

         BAJALI, BALAL YEVAI BJALI, BALAL YVAE.

         AL‑AHRAM, AL‑AHRAM, INUE, BAJAL‑I.

 

     Los almacenes del puerto permanecen abiertos e iluminados con neón a toda hora. Esto permite que los turistas inocentes regateen día y noche trozos de templo, orejas de la canasta de áspides de Cleopatra o restos del tocado de Nefertiti, como si todas estas cosas fueran inagotables.

 

     ‑"Son reliquias auténticas de toda autenticidad", ‑insiste cada vendedor mientras dirige miradas furtivas a lado y lado. Pero los que quieren ser engañados, se dejan engañar a sabiendas con tal de salir con el objeto deseado, ya que a su vez les servirá para embaucar a sus amigos de regreso a casa.

 

     Mi lista de compras incluye un traje de novia de fino encaje rosado para una obra de teatro, Kasper Hauser; una jarra para café con la bandejita colgante en la que debe llevarse, una alfombra para un amigo que se casa, inciensos, esencias de rosa de Alejandría y algunos menjurjes supuestamente curativos, encontrados en el Bazar de todas las cosas, donde compré la esencia de narciso.

 

      También he adquirido unos libros referentes a las leyendas del lugar. Llama la atención en este país que es más que todo musulmán, ‑aunque hay algunos judíos y los cristianos coptos‑, la cantidad de versiones que corren sobre el paso de María y José por Egipto; historias de los dos ladrones, entre ellas la bellísima que narra el destino del frasco de alabastro que contenía las lágrimas del Niño Jesús;  historias de los milagros de la Virgen, entre ellas la de la Virgen Voladora que es algo que yo quiero ver...

 

     En la Guía de Egipto he leído la indicación de los lugares donde es posible que suceda algo maravilloso. He encontrado narraciones de un pasado tan viejo, que data de milenios antes de Cristo, y hay muchas especulaciones sobre su relación con el presente. También se explican las diversas formas con que una buena cantidad de habitantes vive de vender el pasado, recorrerlo, contarlo, cantarlo, componerlo, dañarlo, iluminarlo, sonorizarlo, limpiarlo o ensuciarlo, en fin, para gloria y regocijo de los turistas de todas partes del mundo.

                                      


  

CAPÍTULO    VIII

 

 

"¿Vendrá acompañada de ángeles que dispersarán rosas?"

 

 

     Según he venido a enterarme por uno de los libros que mencioné,  la Virgen María vuela todos los viernes a las cinco de la tarde alrededor de la iglesia de Qasriat ar‑Rihan en el barrio copto de El Cairo. Qasriat ar‑Rihan se traduce como Florero de Mirto y de acuerdo con los entendidos implica una comparación de la Santa Madre con un vaso en el que retoñan aquellas aromáticas flores.

 

     Llego temprano y me estaciono en primera fila. Un árbol me protege del sol. La leyenda cuenta que este árbol es un retoño directo de aquel que dobló las ramas para proteger a la Sagrada Familia del calor del mediodía. Jesús y José se durmieron acogidos por las hojas que se entretejieron, mientras María iba al pueblo en busca de pan. Los moradores no quisieron vendérselo pues no sabían quién era ella y les parecía raro que anduviera por allí esa mujer tan joven con un hombre y un niño, con esto atrajeron una maldición sobre el pueblo y desde entonces, aún hoy día el pan no crece por más levadura que se utilice.

 

     La resina * extraída del árbol mencionado resultó tan rara y preciosa que los gobernantes de Egipto guardaban toda la producción para regalarla a reyes y emperadores. Fue así como en 1896 le ofrecieron un pote a la Emperatriz Eugenia de Montijo** durante su visita a Egipto con motivo de la apertura e inauguración del Canal de Suez. Para horror de sus anfitriones  ella la colocó sobre la mesa del té y la untó sobre una tostada.

 

     El piso de arena de la estrecha callejuela está medio cubierto de piedras y de ladrillos antiguos. Los muros de la iglesia están oscurecidos por el paso de los años y el polvo de la ciudad. Unos pocos vidrios en las ventanas más altas deben servir para matizar la luz que se cuela en su interior.

 

     Al acercarse la hora del vuelo de María, aparte de una sombra femenina que se desliza, me extraña que no haya nadie más para presenciar el milagro semanal. Consulto la guía de turismo para cerciorarme de que estoy dónde es y cuándo es. Leo el texto, miro el mapa al derecho y al revés. No me queda duda alguna. Busco entonces donde orinar para satisfacer aquel reflejo condicionado que ocurre ante los hechos inminentes, como sucede en los aeropuertos antes de tomar un avión.

 

     No hay más árbol que el retoño del original, al humedecer el tronco hago conjeturas sobre la altura a la cuál volará la Virgen. Será un vuelo a ras de tierra o se elevará en arabescos sobre la iglesia? Vendrá sola o acompañada de una recua de ángeles que dispersarán rosas italianas por el firmamento, para absorber en ellas la contaminación del aire?  Habrá fondo musical y esencias de lavanda, lila y jazmín doble?

 

     El viento ha comenzado a soplar a las cinco y diez de la tarde. Sin embargo el silencio es total. Un inseguro manto café aparece suspendido junto a la cruz de la torre. La lenta quietud me recuerda fotografías de ectoplasma y un como aceite pegajoso que caía de la parrilla del horno de mi casa.

 

     Fotografío intensamente mientras el trozo de tela comienza a girar sobre su eje e inicia una revolución alrededor del campanario.

 

     Cumplida la primera vuelta, el manto adquiere velocidad y lanzándose en centrífuga, crea una cola de hilos y partículas de polvo que se desprenden del paño convirtiéndolo en un cometa tuguriento.

 

     El viento se detiene a las cinco y cuarto. El manto frena en seco en el aire, queda colgando a medias aguas durante dos o tres segundos y se precipita a tierra. Un sagrado canto copto de vísperas sale por los rotos de la iglesia.

 

     Recojo el desvencijado abrigo de paño "Made in England". Lo dejaría olvidado una turista vieja en la puerta de su hotel, me digo. Y el viento lo trajo.

 

 

Nota:

 

* El bálsamo o mirra es una resina aromática que fluye de ciertos árboles y se espesa al aire. La variedad más común en Egipto y en general en el Norte de Africa es el Balsamodrendop Commiphora Myrrha. Es de uso medicinal para curar heridas y quitar el dolor.

 

** Antepasada de los Holguín Pombo según se dice.

 

(Este capítulo enviado como "La Vírgen Voladora" ganó mención en el Concurso Prensa Nueva de Ibagué).

 


     

CAPÍTULO    IX 

 

 

"Todo es irrisorio comparado con el soldadito muerto que duerme en brazos de la mujer que lo acuna."

 

 

     El Hospicio queda frente a las murallas en la parte antigua de la ciudad. Fundado y construido por los caballeros de la Liga del Hospital, sucesivas Cruzadas, guerras y reparaciones sin cuartel, lo han convertido en una mezcolanza de estilos cuya única unidad es dada por los recurrentes orificios de bala y los boquetes de bazooka. El celador esta dormido tras su escritorio de madera lastimada. Algunos bombillos instalados en las conexiones eléctricas puestas a las armaduras, iluminan un poco los corredores de piedra ennegrecidos por el paso de los siglos y de los peregrinos.

 

     Al cruzar por la Sección Femenina veo, a través del vidrio, unos cientos de mujeres dormidas al amparo de las enormes columnas que se yerguen entre las hileras de catres. Me llama la atención una mujer que se parece a "ella" y que reposa desmadejada en una de las camas. Me sorprendo al contemplar su belleza, parece que gozara de todas las cualidades que Epifanio el Obispo de Chipre adjudicaba a la Virgen María:

 

     "De estatura mediana, su piel es aquella del trigo maduro y su pelo es del color del mármol negro. Sus párpados son sedosos y transparentes y esconden un iris verde oliva, sus cejas son arqueadas y profundamente negras. Su nariz es larga, sus labios rosas y suaves desbordan con la dulzura de su alma. Sus manos son delgadas y sus dedos son alargados. Su cara no es redonda sino algo ovalada. Jamás ostenta ni el orgullo ni la pretensión y se inclina más bien a un exceso de humildad. Lleva un traje de color natural y la simplicidad del algodón virgen la satisface."

 

     La observo, tiene un niño muerto en sus brazos. Todos los otros acontecimientos de mis viajes se tornan superfluos e irrisorios al compararlos con el soldadito muerto que duerme en los brazos de la mujer. Un cuaderno parecido al que yo empaqué al salir de Medellín, prácticamente una cuartilla escolar, yace en las manos muertas del soldadito. Un niño de doce años pudriéndose en una trinchera de un desierto en una guerra de esas en donde no se sabe cuál es el enemigo.

 

     Conocí bien ese panfleto que llevaba el niño: En la portada del impreso, en tinta negra sobre un fondo de papel blanco barato, se destaca en medio de un marco negro la foto del jefe. Dos banderas tricromáticas aparecen en la contraportada. La primera es gris, blanca y negra, la segunda es negra, blanca y gris. Una para amar y defender, la otra para odiar y destruir. Sin haber aprendido cuál era cuál el soldado coloreó ambas de verde.

 

     Todo lo que es "importante saber para poder vivir y morir" llena las cuatro páginas interiores:

 

     Suras de El Corán decoran las márgenes. "Recitad en el nombre del Señor, el que creó al hombre de coágulos de sangre. Recitad, porque el Señor es el beneficiente, el que enseñó al hombre el uso del lápiz, el que enseñó al hombre todo aquello que no sabía". *

 

     Se agradece entonces a Alá el Misericordioso, El que enseñó a la humanidad el arte de escribir, arte que había sido recientemente introducido a la Meca, cuando el Profeta Mahoma recibió la inspiración divina que sentó las bases de El Corán.

 

     La disciplina de la escritura se convertiría en un arma poderosa para propagar el conocimiento del único Dios. Según parece los editores del folletico no pasaron por alto el hecho de que Mahoma fuera el primero en darse cuenta de la utilidad de la propaganda escrita...

 

     Al final hay un cuestionario para que cada soldado lo llene. Una serie de preguntas indispensables para saber morir en el fin del siglo XX:

 

1. Nuestro amado jefe es ..... .......

2. El enemigo es .. .........

3. Lucharé hasta que .....

4. ¿Qué le debo a mi patria? .. ....

5. ¿Qué significa ser héroe? ..... ... .. ......

6. ¿Hay algo más importante que esta guerra? ..

 

     El soldado niño no llenó ninguna de las líneas punteadas. Sin embargo es obvio que sí sabía escribir, en el margen y con el mismo lápiz verde con el que coloreó las banderas, había garrapateado: LO QUE MÁS DESEO ES UN HELADO DE CHOCOLATE.

    

     La noche en el Hospicio se convirtió en madrugada, y yo continuaba con mi nariz pegada al vidrio de la Sección Femenina. El alba luchaba contra el mugre y el polvo acumulados en los vidrios antiguos. Unos débiles rayos de sol iluminaron los pies de la mujer. Escuché el desagüe del excusado y el hombre de la pijama reapareció. Su figura se recortó en el contraluz de la ventana. Era uno de los tantos extranjeros que estaban albergados en el Hospicio.

 

     Como un cruel retablo de la natividad, "la madre y el niño rodeados de una aureola beatífica", dejé a mi amiga en su catre con el muchacho muerto en su seno. La luz del nuevo día creo un efecto óptico de hermosas diapositivas del paisaje cercano proyectadas sobre la pared de piedra gris. Era el premio al soldado: "Les pertenecerán jardines y pabellones bajo los cuáles correrá el agua fresca". **

 

     El hombre en pijama cruzó el corredor, con sus pequeños y rápidos pasos intentaba engañar las frías baldosas. ‑Buenos días ‑murmuró en Español.

Me alejé en busca de mi catre en la Sección Masculina, mientras que el alba iluminaba a la mujer desde los pies hasta la cintura, dándole un aire hondamente virginal.

 

     La oscuridad y el olvido aún mantienen el secreto del niño mártir musulmán. Como mantienen el secreto de todos los jóvenes muertos en el mundo en una y todas las guerras, sin saberse por qué, a pesar de todos los manuales de instrucciones.

 

Nota:

* Corán: Sura número 45, versos 1‑5. Este Sura, tradicionalmente llamado "De los coágulos de sangre", es el primer capítulo de El Corán.

 

** Corán. Sura número 47, verso 15.

                         


 

CAPÍTULO    X

 

 

 "Los rayos del sol comienzan a iluminarlo todo, haciendo que las puertas se abran..."

 

 

     Como el Hospicio donde me he estado alojando cierra durante el día, a los peregrinos nos levantan sin compasión y sin gracia a las seis de la mañana. Media hora más tarde, camisa blanca y corbata vinotinto arrugada, me encuentro en la puerta del edificio. La maleta con rueditas en mi mano izquierda y la Guía Turística en la derecha.

 

     La ciudad va despertando como lo hacen todas las ciudades históricas, lentamente y a sabiendas. Alguien describió cómo los rayos del sol comienzan a acariciar las piedras de las murallas haciendo que las puertas se abran.

 

      El domo de la mezquita principal se enciende y perezosamente trasmite su luz a las cúpulas de templos, iglesias y sinagogas. Están reunidas en un mismo lugar muy diversas maneras de adorar a Dios. Pero ninguna de estas formas oficiales es superior a la del pastor que en honor del Altísimo, salta de un lado a otro de un riachuelo, en su regocijo por estar vivo, mientras los hombres que pasan se burlan de él; pero él sabe que su alegría es una muestra de alabanza que debe agradar a Dios. Dios es Dios, pero la forma de adorarlo es individual de cada uno, cada persona le ofrece aquello de lo que es capaz.

 

     Los mercaderes sacuden sus tapices, copias modernas de la alfombra voladora, se cuelgan rosarios de madera de Olivo, blusas hechas a mano en Jaffa, tocados beduinos, etc. y comienzan a perseguir a los viajeros con miradas que no se despegan y manos insistentes. Inútil decirles que no con la cabeza porque en su cultura ese movimiento quiere decir sí.

 

     Si uno va a comprar algo debe regatear interminablemente ofreciendo una décima parte, o cuando mucho, la mitad del valor pedido. Si no piensa comprar debe alistarse a aflojar al menos una moneda.

 

     Los comerciantes instalan enormes altoparlantes que no dejarán oír las repetidas llamadas a la oración que el Imán grita mientras da vueltas alocadas encaramado en el minarete. Las iglesias comienzan a oler a incienso y las calles a pastel de almendras con miel.

 

     Escucho el sonido de cobre que anuncia el paso de un vendedor ambulante de café. Al pedirle uno, me entrega la tacita que lleva colgando del cinturón. Descorcha el barril que carga a la espalda y hace lo que parece una venia. Entonces el líquido traza un arco sobre su cabeza y se emboca justo en el recipiente que sostengo en mis manos.

 

     Los ojos expectantes del hombre me hacen beber el dulce y espeso brebaje apresuradamente. Luego me ofrece un vaso de agua para asegurar el paso de la tintura por los riñones y demás recovecos y tuberías.

 

     Cuando veo estas costumbres me sonrío al pensar en la insistencia que se hace, en los países llamados occidentales, sobre los vasos desechables como si esa fuera verdaderamente una forma de contagio cuando lo que hacen es contribuir a la basura general.

 

     Algún mercader amarró sus bestias en la recepción del Hotel Colombia, el alojamiento más barato de la ciudad y el único cuya ducha instalada sobre el techo‑ y al aire libre‑ tiene vista sobre la ciudad y viceversa. Así Jehová, Alá y Papa Lindo se entretienen mirando sus creaciones enjabonadas bajo los rayos del sol.

 

     Mientras tanto un grupo de turistas holandeses espera impacientemente que el administrador termine su postración sobre el mantel de la mesa para poderse desayunar. Pita con bolitas de carne, falafel, tahine y no se qué. Café espeso y pastelitos dulces.

 

     Grupos de niños merodean frente a una pastelería donde compro un baklava tan jugoso y pegotudo que el almíbar me rueda rápidamente por la barbilla y brinca a la corbata. Esta queda completa, sobre arrugas, melote, pero hoy quiero andar elegante, es 5 de Enero día de mi cumpleaños.

 

     En el barrio judío escucho la entonación secreta, aquella que sólo los más osados se atreven a pronunciar, pero que en las fincas cantábamos a voz en cuello acompañados de ollas y cucharones en la novena del aguinaldo. "Shme Yisrael Adonai Elojainn, Adonai Ejad".

 

     Una puerta entreabierta me permite ver a una anciana de  muy pocos kilos, moribunda y rodeada de sus familiares recién desempacados de la Diáspora, que no es el nombre de un trasatlántico, sino el meticuloso desmembramiento del pueblo escogido por la superficie convexa del planeta.

 

     La mujer ha venido para que su última exhalación sea en su tierra, para que las gotas de agua con que su hijo le moja los labios sean de su río y para que su cuerpo sea enterrado en la parcela propia.

 

     ‑"Adonai Sagrado!" ‑invocan una y otra vez pronunciando imprudentemente el nombre de pila de Dios.

 

     En la cuadra siguiente los peregrinos regatean con los vendedores de incienso y objetos religiosos. Nubes de sándalo, mirra y Lacky Straik flotan sobre los mostradores que exhiben botellas llenas de agua del Jordán, del Éufrates o del Mar Rojo. También hay latas con aire de Palestina, talegos de tierra de Tierra Santa y trozos de madera de Olivo. Todo debidamente empacado para ser enviado por correo al exterior. Los amigos y los familiares que no pudieron viajar, podrán recibir lo que quieran por piezas y por entregas.

 

     ‑"Cincuenta es demasiado, le doy quince". ‑ Una norteamericana documentada discute el precio de un talego de tierra con un comerciante árabe.

 

     ‑"Quince! Está loca?"

 

     ‑"Dieciséis entonces". ‑Finalmente llegan a un arreglo y la mujer envía la tierra a Nueva York por entrega inmediata. Sin salir de su apartamento en el Bronx el padre de la muchacha podrá tener una matera de tierra prometida.

 

     Halando la maletica y con la corbata empegotada salgo de la ciudad y emprendo la ruta del desierto. Por si acaso exhibo sobre el pecho una temible cruz cristiana, comprada en el mercado después de que perdí la mía de oro, el mismo día que perdí mi libreta de teléfonos, las instrucciones de los remedios y otras cosas. (Desde entonces me tomo dos pastillas para la digestión, distintas y opuestas por lo que pueda suceder, y no le escribo a nadie).

 

     Los niños de un caserío paran sus juegos y comentan mi paso en palabras árabes. Uno de ellos se me acerca y toca la sufriente figura del Cristo, clavada en el pedazo de plástico y sale a perderse horrorizado.

 

      Medias lunas musulmanas dominan el paisaje desde las mezquitas pintadas de blanco. Una estrella de David se pasea ondeando en la bandera de un camión. El niño, atragantado de símbolos de todas las religiones, corre a llorar junto al horno donde su madre prepara el pan. La madre, el calor del horno y el pan son más seguros que la calle con todos sus emblemas.

 

     La carretera es empolvada, larga y caliente. Logro llegar hasta una heladería. El helado se me desliza tan suavemente por la garganta, que decido comprar una docena para el resto del viaje.

 

     Hoy es jueves día del mercado de camellos. Mi paso es celebrado por cagajones y exclamaciones digestivas al internarme por entre las patas de caucho de los aburridos rumiantes. Las mujeres nómadas decoradas con monedas de oro hasta la nariz y envueltas en cortes de tafetán negro se entretienen contándose los últimos chismes del desierto.

 

     Los maridos regatean precios aquí y allá. Al darme cuenta de que el valor de los camellos no sale en el periódico en la columna de la Bolsa,  he entendido por qué los hombres se demoran tanto en cerrar cada negocio.

 

     Una alemana se emociona al ver mi ropa,‑ la que uso siempre desde que ella la admiró, ‑ y me persigue empeñada en que le pose con mi maleta de ruedas al lado de un árabe que fuma una pipa de agua. Un almacén de carros Fait en el centro del mercado hace las delicias de los fotógrafos interesados igualmente en el tema "contrastes".

 

     Atravieso el desierto hasta el mar y sigo la ruta que tomaban las antiguas caravanas. Los platos de comida de un poblado desierto siguen intactos, desde el día en que sus habitantes escaparon a un bombardeo. Lentejas tiesas y pedazos de pan con los que se podría martillar un clavo en una pared de granito colman las desordenadas mesas. Hay también gran cantidad de zapatos olvidados bajo las sillas y en la playa una sandalia rota. Un monje ortodoxo sale de un monasterio en ruinas. Es el único habitante del poblado y aparentemente vela para que los turistas no irrespeten el lugar.

 

     ‑"Biblioteca!" ‑ digo a manera de saludo, depositando mi confianza en una de las pocas palabras de origen griego que conozco.

 

     ‑"¿?"  ‑me contesta él, acariciándose la larga barba.

 

     ‑"Talvez discoteca o pinacoteca entonces! "

 

     ‑"¿?"

 

     ‑"Euforia, eutanasia, eufemismo, euritmia, pseudónimo!"

 

     ‑"¡!"

 

     Le ofrezco un helado tan derretido que al ponerlo en su mano le comienza a rodar por entre la manga y el hábito y le empegota el codo y todo lo demás. Me mira la corbata con la misma pesadumbre que su manga, pero se mantiene imperturbable sin que le tambalee su alto gorro negro. Supongo que la inclinación del gorro debe dar la medida de la perturbación. Me gustaría quedarme con él en el monasterio lleno de paz, pero no da pie, ni siquiera da la mano. Decido entonces despedirme dándole un susto y grito:

 

     ‑"Mañana van a electrocutar a Electra y a arrestar a Orestes!" ‑Y salgo corriendo tirando de mi maletica de ruedas, sin mirar atrás.

 


 

CAPÍTULO     XI

 

 

  "Puñados de tierra y rosas cubren su cuerpo..."

 

 

     Al atardecer, el sol alumbra las pirámides y sus rayos se mezclan con los arabescos que forma el humo del narguilé o pipa de agua. Pasa el pastelero anunciando sus tortas de miel, las de hojaldre con nueces, los flanes de frutas y los pudines rosados en forma de corazón.

 

     Algunos ancianos en abrigo oscuro y sombrero negro se apresuran en dirección de la sinagoga, los siguen unos niños con cachumbos dorados. El tintineo de las pipas de cobre opaca los lamentos de una canción egipcia. Pasan los vendedores de higos de Izmir, varias mujeres escondidas tras sus velos negros, el vendedor de aceite de olivas, el de café con la gran tinaja de cobre a su espalda, unos monjes griegos ortodoxos, unos soldados, los muchachos de los camellos, un viejo que escupe, una niña con traje rosa llevando un pastel de rosas.

 

     Por un lado de la avenida surge una procesión cristiana, un sacerdote enarbola una cruz plateada, lo siguen monaguillos con incensarios y candeleros, detrás avanzan lentamente las Damas de la misión, como en cualquier procesión de Medellín pero vestidas de otra manera, y más atrás las niñitas con canastas de pétalos, todos van entonando un himno en latín. El humo impide ver la imagen que lleva el último hombre de la fila, asumo que es la de la Virgen Voladora.

 

     Bugurá, bugurá, bugurá, musita por otro lado el disco rayado de la cantante Oum Kalsoum que no deja de repetir la misma palabra. Desde la torre de la mezquita un musulmán rompe con su voz la pesadez de la tarde. Los niños corren a casa. Los hombres del Café se lavan y se postran hacia el suroeste. Bugurá, bugurá, bugurá.

 

     El último sol golpea las piedras de la ciudad. El viejo que está sentado a mi lado deja de consumir el narguilé y pide un café al muchacho del gorro rojo y el barrilito. Seca una lágrima.

 

     Son ya las cinco de la tarde. La anciana Talía ha muerto el día anterior. Por la puerta izquierda de la mezquita entran las mujeres en lujosos vestidos de encaje, por la otra entran los hombres. Entierro musulmán ismaelí.

 

     Al fondo en el suelo está Talía tendida sobre un tapiz de flores, dormida. Las mujeres cantan contestando las estrofas de la más anciana. Una de ellas, envuelta en su manto negro se desliza contra la pared y sale. Como un murmullo la canción de las mujeres va llenando la cúpula.

 

     Descalzos, lentamente, todos los asistentes recorren el templo hasta llegar a donde reposa Talía. Caminando la rodean, algunos le tocan el cabello, la piel de los pies o el vestido. Ella está muy hermosa. Ya no tiene la cara atormentada de la víspera, está en reposo.

 

     Son tantos los presentes que la despedida dura dos horas. Los familiares y amigos hablan de ella, de cuanto la quisieron, la quieren, de cuanto la extrañan, la extrañarán. 

 

     Finalmente todos se levantan y forman una fila que sale por la puerta principal y llega hasta el cementerio. Y Talía pasando de mano en mano, cruza el templo y sale de él metida en el atardecer, baja la colina y arriba al cementerio. Puñados de tierra y rosas cubren su cuerpo mientras el sol de la tarde deja de iluminar su rostro.  

 

     Que un trozo de sol me alcance el día que yo muera. No quiero permanecer en una escalera oscura esperando quien sabe qué.

 


                                

CAPÍTULO    XII 

 

 

"Exhibe su cuerpo ya tullido..."

 

 

     Medito si bordo o no bordo la bandera de la libertad. Qué terrible es estar solo y entristecido, sentado frente a un cuaderno vacío y no saber qué escribir. Siento que tengo que consignar en mis páginas todo lo que asalte mis sentidos y mi imaginación en los años que me queden. Lo vivo como un prolongarme en el tiempo. Alguien más lo vivirá cuando me lea. Sobre todo, si como dijo Emerson, lo bueno o lo malo de un libro está en los ojos del lector.

    

     Con mi cuaderno cuadriculado y la pluma fuente en la mano, me dirijo al parque que llamo "de las torres idílicas", es un recoveco que se esconde de la ciudad tras una misteriosa pared tan pronto morisca tan pronto romana, construida en una época de confusión arquitectónica. Antes formaba parte de un campo de tiro, sin embargo parece tener más afinidad con uno de esos castillos de ogros que comen niños con ensalada de lechuga.

 

     Escucho las madres turcas que conversan sobre higos y dátiles, protegiéndose de un sol ardiente bajo sombrillas traídas de Estambul. Los impresos de sus chales forman setos de flores contra la arena arrumada junto a la pared gris. Sus trajes son delgados y dejan asomar anchos pantalones como de las mil y una noches, con decoraciones de plástico verdadero.

 

     Los maridos deben estar trabajando en una fábrica o manejando un taxi. Todo el mundo tiene alguien con quién encontrarse, me digo.

    Sentado en una banca observo los niños morenos, van al borde de un bote de juguete estancado en la arena, pretenden perseguir a un grupo de chiquillos más blancos que pilotean un avión de madera.

 

     ‑"Iiiiiiii!"

 

     ‑"Rrrrrrrr..."

 

     ‑"Uuuuuuuu", -aúllan los pequeños contrapunteando los comentarios maternos acerca del espesor de las baklavas y demás golosinas caseras de miel y almendras, o acerca de los perfumes y recetas de tocador.

 

     Me pongo a dibujar en el cuaderno. Rápidamente se forma a mi alrededor una hilera de muchachitos de todos los colores. No dicen nada. Al rato una niñita de pecas rojas me pide una estrella. Sencillo. Le pinto una bien pequeña en una esquina de la hoja.

 

     ‑"Más grande" ‑pide su hermanito de pelo oxidado. Le dibujo una cosa enorme con 29 puntas galácticas.

 

     ‑"Un árbol de navidad" ‑dice otro.

 

     ‑"Con regalos bien buenos."

 

     ‑"Un avión."

 

     ‑"No, mejor un carro deportivo rojo" ‑corrige el hermanito.

 

     El muchacho de las muletas se acerca hacia el pequeño oasis que hemos formado. Lo he visto muchas veces equilibrado tentativamente contra un poste o sentado en una banca, mostrando su cuerpo tullido para poder ganar unas monedas.

 

     El muchacho hace fila tras los otros niños. Observa un rato mientras sigo dibujando castillos, yates de recreo y enormes conejos masticando zanahorias gigantes, hasta que la tinta comienza a extinguirse en la pluma fuente y da un último trazo debilitado.

 

     ‑"Una casa. ¿Podría pintar una casa...?" ‑dice el muchacho baldado. Comprendo su nostalgia. Si no se puede tener una casa de verdad, tenerla al menos dibujada. Trazo con la punta seca el perfil de una casita con techo inclinado.

 

     ‑"Perro en la puerta." ‑Garrapateo un animal peludo en las escaleras.

 

     ‑"Pero no se ve nada" ‑dice la niñita del árbol de navidad.

 

     ‑"Así está bien" ‑dice el muchacho de las muletas ‑"cortinas en las ventanas y una chimenea por favor".

 

     ‑"Antena de televisión?"

 

     ‑"No, así está bien. Me la regala?"

 

     Arranco la hoja del cuaderno y le entrego la casa invisible. Él se esmera en doblarla con sus manos temblorosas; a lo mejor no tiene sensibilidad en las yemas de los dedos como yo. La mete en el bolsillo de la camisa. Se toma unos segundos para organizar el par de muletas y prosigue el cruce del patio.

 

     Lo sigo con los ojos. ‑Sé que es probable que pronto ande en muletas yo también. ‑Al llegar al arco morisco saca el papel, lo desdobla, mira un rato el dibujo, lo guarda y sale a la calle satisfecho con su casa.

 

     Las madres turcas comienzan a recoger a sus hijos y cualquier diálogo de dátiles y almíbar que se haya quedado por ahí tirado.

 

     Para cambiar mis pensamientos me pongo a inventar historias para contar a los niños que aún me rodean, historias que invento sobre los gatos, los ratones, las serpientes que viven en las pirámides:

 

     ‑"Los gatos egipcios caben cómodamente en el bolsillo de la camisa de cualquier visitante o entre el turbante de un ciudadano local. Empiezan con una cabeza decorada por enormes orejas, costillitas y una cola larguísima y algo calva. Relamiéndose los bigotes retozan a la sombra de las columnas de algún templo: MIAU, dicen, una antigua palabra que significa `jugoso ratoncito egipcio'. Pero ese su fiambre favorito no aparece por entre las rendijas del templo."

 

     "Los ratones egipcios prefieren quedarse en el fresco de las criptas royéndole los pies a alguna momia o haciéndole maldades a alguna cobra enrollada en un rincón, ya que las cobras no saben sentarse. RATA RATA, protesta una vieja cobra con el cascabel de su cola y trata inútilmente de ponerse los anteojos que tiene colgando en el pecho, hiss, dice sacando la lengua de su desdentada boca. Las cobras no son de fiar, pero ésta era tan miope, tan sorda y tan vieja que por más que apuntaba no lograba atinarle a los juguetones ratoncitos. Terminó dañándose la lengua contra las piedras del templo. JI, JI, rieron los ratoncitos sin dejar de mascarle el dedo gordo a un faraón."

 

     "La pobre cobra se enrolló aún más y recordó su juventud. Pensó en aquel día de verano hace dos mil años cuando tomaba aire fresco colgando felizmente de una palmera. El Nilo al frente y un ramo de dátiles almibarados a los cuáles daba lengüetazos cuando le apetecía. De pronto vio a lo lejos una procesión de sacerdotes de Alejandría que se acercaban lentamente por la orilla del río. Sus doradas vestimentas brillaban al sol del atardecer. Esclavos nubios los abanicaban con enormes plumas de gallinazo negro. Los músicos rastrillaban violines de una sola cuerda. _`Oh gran cobra' ‑exclamó el gran sacerdote doblándose con una gran reverencia, ‑`la hermosa reina Cleopatra te requiere en su palacio de azulejos y piscinas donde flotan fragantes flores!' ‑`Oh! Oh' ‑replico la serpiente y se metió en un fresco y acolchonado canasto."

 

     "Así viajó a Alejandría y al anochecer fue presentada a  la acaso hermosa Cleopatra. Ésta estaba sentada en unas escaleras de azulejo y enfriaba sus pies en una piscina mientras sus lágrimas caían sobre las flores de loto. ‑`Pobre' ‑pensó  la serpiente ‑`dicen que llora de amor, que sufre por un romano que ya no la quiere' ‑`Oh cobra',‑saludó Cleopatra, y se acercó el canasto al pecho para que la cobra cumpliera su cometido, picarla y matarla."

    

     "Cleopatra era aún muy joven y dicen que muy bella, lo que no es cierto, si su nariz hubiera sido más hermosa no solo su cara hubiera cambiado sino también la faz del mundo." 

 


  

CAPÍTULO    XIII

 

 

 "Los jóvenes escalan sus flancos irrespetando cada una de sus hendiduras"

 

 

     Las tres pirámides, consideradas dentro de las siete maravillas del mundo antiguo, quedan en la mitad del desierto que hay en el centro de la ciudad, en la Necrópolis de Menfis, que fue la antigua capital unos tres mil años antes de Cristo.

 

     Por una alegre coincidencia turística, las tres principales pirámides presentan un único ángulo, desde el cuál pueden ser retratadas, sin que salgan los desperdicios, sonidos ni olores que llegan hasta las bases de piedra y se meten por las entradas de los largos pasadizos, engañosos muchas veces, que van hacia a las tumbas de los faraones.

 

     Huelo orines en la Pirámide del faraón Keops, el monumento más grande del mundo, con tres millones de metros cúbicos de piedra y que cubre trece hectáreas; su verdadero nombre es Khufu según los egipcios, fue construida en veinte años con el esfuerzo de cien mil hombres, que trabajaban cantando en un acto de sumisión y amor a su rey. El mismo Keops la llamó Khut, que quiere decir "la gloriosa".

 

     Huelo  chorizos en la de  Kefren o Khafre, la pirámide funeraria del hijo y sucesor de Khufu que la llamó Ur, esto es "la grande". Y huelo garbanzos en la del faraón Mikerinos, sobrino de Kefren, quien llamó a su pirámide Her, que significa "la alta", aunque es más baja que las dos anteriores. Interesante concepto psicológico, que debió tener su influencia.

 

      Las otras seis más pequeñas, me dejan insensible, ni siquiera huelen. Camellos, burros, taxis y buses rodean a Keops, la más apetecida de las tres, ya que en el vértice aún conserva algo del alabastro que la cubría, y que fue desprendido por los romanos en su invasión.

 

     Los jóvenes escalan sus flancos irrespetando cada una de sus hendiduras y rajaduras. Ella no se da por aludida, ni siquiera se sonroja. No en vano fue llamada la gloriosa, tampoco se inmutó cuando los militares franceses de Napoleón le dispararon, lo mismo que a la Esfinge a la que tumbaron la nariz.

 

     Saco mi cuaderno de notas mientras contemplo a Kefren que se yergue sobre una colina, empinándose para verse como la más alta de las pirámides. Ella calla, haciéndose la misteriosa e interesante.

 

     Un muchacho echado en la escasa sombra del medio día, grita: ‑"Ven hermano, ven aquí al fresco y fumamos, ven y verás."

 

     ‑"Bienvenido señor" ‑dice una niñita, ‑"¿Un sombrero? A dólar el sombrero, seis sombreros cinco dólares, ocho sombreros por seis, doce por ocho. Mire el dorado que lindo, azul o rojo, veinticuatro por doce".

 

     ‑"Sabes cuánto vale el camello?  Ven que hoy estoy muy aburrido, déjate llevar y verás que bueno" ‑continúa el muchacho ‑"¿tienes dinero? ¿si?  Cómprame algo, compra mi camello!"

 

     Me he puesto tapones en los oídos y no oigo más nada. Un muchachito cargando un balde de metal me sigue de cerca hace media hora. Son Popsis.

 

‑"Está esperando a que me de sed" ‑me digo y mi lengua se queda pegada contra el paladar. De reojo y con una ternura infinita miro las botellas cubiertas de hielo.

 

      Encuentro diez centímetros de sombra en la pirámide de Keops. Aparto los cagajones con el pie y me siento. Treinta y siete moscas aterrizan en mis orejas. El balde de gaseosas se instala frescamente a escasos dos metros. ‑"Pues no me va a dar sed" ‑me digo, aunque el calor me acorrala.

 

     Giro la cabeza al oír un llamado: ‑"Mister!" ‑Una boquita de adolescente me llama con palabras árabes y gestos. Otra vez el muchacho de las Popsis. ¿Se habrá dando cuenta de que tengo fiebre?

 


   

CAPÍTULO     XIV

  

 

    "Este es un adiós a mi peregrinar de caballero errante" 

 

                                              

     Aunque no acostumbro tomarme la temperatura sé que hace días tengo la fiebre muy alta. Me habían advertido en el Hospital que no era prudente en mis condiciones viajar al Norte de África, específicamente a Egipto, "el país negro", no por sus habitantes que son de raza blanca, sino llamado así por el color de su suelo. Pero había oído hablar no sólo de su especial cultura, sino también de los beneficios de su clima caliente y seco.

 

    Oí además que cierta fama de la presencia de enfermedades endémicas y epidémicas se debía más que todo a la aprehensión de los turistas y a costumbres poco sanitarias y no al país en sí. Además quería visitar a la poderosa Esfinge y sentir la fuerza de las pirámides.

 

     Me prometí ser muy cuidadoso, me fui con todas las vacunas que me habían indicado y llevando las famosas pastillas digestivas que mencioné, para mantener la flora intestinal en buenas condiciones. Pero yo no podía dejar de tomar el agua azucarada que me ofrecían.

 

    Era imposible no probar las dulces y grandes uvas, los dátiles, higos, albaricoques y duraznos, no comer lechugas, cebollas y rábanos, zanahorias y tomates, ni el afrodisíaco apio, etc. Sin embargo siento que he disminuido varios kilos, pues las diarreas se inician con frecuencia.

 

     Para justificar la fiebre me repetía que era el calor, o que era una droga experimental que estaba tomando, o que la cosa era así y que no podía esperar estar mejor. Además en el Hospital me habían dicho que no intentara bajarme la fiebre pues ésta era una defensa.

 

    De manera que tuve que dejar entre otras, la famosa costumbre colombiana de que a cualquier fiebrecita del origen que fuera uno se metía unas aspirinas con una agua de panela, ron y limón. Aquí hice otros muchos ensayos con aguas de yerbas compradas en el Bazar, pero nada resultó muy efectivo.

 

     Un día decidí el regreso y fui a esculcar mi pasaje, estaba justo terminándose el año, así que me apresuré a organizar mi equipaje, guardé la bata azul de rayas que me había comprado, pero que no me volví a poner porque a "ella" le gustaban eran las camisas con puños y corbata, y siempre tenía la idea de que era "ella" la que se cruzaba conmigo cuando veía a alguna mujer envuelta en velos negros que se deslizaba contra una pared.

 

    Guardé el tocado que sostenía sobre la cabeza el trapo útil y necesario contra los golpes de sol. Le sacudí la arena al pasaporte. Guardé cuidadosamente las fotografías reveladas y los rollos sin desarrollar y durante varias noches insomnes estuve pensando si me iba a despedir de Nasser y de "ella," o solo de él, o solo de "ella", o si simplemente me desaparecería y luego le escribiría a él y le mandaría un regalo como me lo había pedido.

 

     Hice inventarios mentales de todo lo aprendido, de lo recorrido y de las experiencias tenidas. Había conocido bereberes en el valle del Nilo; beduinos, y árabes nómadas en la región del desierto, recordé cómo cuando niño me disfrazaba de beduino envuelto en una toalla y con otra en la cabeza.

 

    Charlé con muchos musulmanes, algunos cristianos y unos pocos judíos. Nadie me quiso conquistar para su religión, solo los animales del friso el día de mi delirio cuando me había tomado esa bebida con narciso. Pero eso sí, todo el mundo me quiso vender algo.

 

      Me preparé para llegar en la primavera a mi casa, a desempolvar los cuartos cerrados, a regar las matas secas, y a pasear por los parques y los canales, a gozar del sol mientras éste luciera; a visitar rutinariamente el hospital, hasta que me sucediera lo que más temía, no poder volver a salir de él.

 

    Lo pasado se me mezclaba con el presente y con lo soñado. El presente se consideraba pasado, pues estaba viviendo mi futuro.

 

     Debía regresar para verificar si mis ideas eran verdaderamente mías o simplemente fruto de mi fiebre, aunque  ésta también era mía y uno hace con su fiebre lo que quiere, esto es, la elabora y fabrica delirios según lo que haya en su mente y en su corazón. Nada perciben nuestros sentidos que no venga de fuera, y nada hay en nuestro cerebro que no haya sido conocido por nuestros sentidos, la cuestión está en cómo cruzamos la información y qué hacemos con ella.

 

      En el Hospital me han dicho que quieren leer mis apuntes cuando yo regrese y que por favor les prometa que no volveré a salir del país. Así que ésta es una verdadera despedida, un adiós a mi peregrinar de caballero errante, a Egipto, a Nasser y a "ella" cuyo nombre nunca conocí.

 

 Jorge Holguín Uribe. Egipto, 1985