OBSERVACIONES GIMNÁSTICAS
SOBRE EINSTEIN, SÓCRATES Y R. DUNCAN.
Jorge Holguín Uribe
Publicado en la Revista
ESTRATEGIA ECONÓMICA Y FINANCIERA.
Bogotá, Colombia. 1987
De paso por Nueva York decidí visitar su biblioteca pública. Al fin y al cabo es lo único que se puede hacer en N.Y. que no pueda hacerse en Europa.
Me tomó un buen esfuerzo bajar el pesado catálogo de un anaquel y ponerlo en la empinada mesa. Al abrirlo llamó mi atención la enorme cantidad de libros escritos por Raymond Duncan, el hermano de la famosa bailarina Isadora. Escogí uno llamado DANZAS Y GIMNASIA y entregué la solicitud en el mostrador. La encargada buscó algo en el computador y me dijo que dirigiera al cuarto # 324.
Así lo hice, pero estaba cerrado, un aviso en la puerta advertía que era necesario ir al cuarto # 316 y obtener el permiso para entrar al # 324. En el # 316 me hicieron explicar por qué razón quería yo mirar ese libro de 20 páginas, escrito en 1914 e impreso en un sótano de una callecita de París. Educadamente contesté que planeaba escribir un artículo para una revista de mi país. Recibí la autorización, volví al # 324 y toqué la campanilla.
Al abrirse la puerta me encontré con un recinto que albergaba el 10% de los conocimientos de los tiempos pasados. El director me dijo que depositara mi sombrero, mi chaqueta, mis guantes, mi maletín plástico, y desde luego mi bufanda, en un locker. Luego súbitamente agarró mi pluma fuente y la sacó de mi bolsillo al tiempo que me entregaba un par de guantes de algodón impecablemente blanco. “¿Qué es esto? “ Me pregunté. Pero resolví guardar silencio y esperar.
Una mujer se deleitaba con un viejo manuscrito, un hombre estaba sentado junto a una pila de fotografías. Si hubiera habido un reloj, su tic tac hubiera sido muy lento. No lo había, pero en cambio una cámara de video apuntaba directamente sobre mi nariz. El director hizo una llamada telefónica y a poco apareció un chino que fumigó con una substancia desconocida.
Un aviso en la pared decía: “No use tinta, solamente lápices”. Yo, naturalmente, para alegría de Murphy, no tenía lápiz. En cambio la mujer de al lado tenía cuatro… ¿Cómo podría yo pedirle uno sin romper el silencio antiguo que flotaba en la habitación? Tendría que robarlo. Así que tomando un aire de verdadera despreocupación e inhalando profundamente, estiré mi brazo y por medio de un movimiento gimnástico hasta entonces desconocido agarré el instrumento de madera amarilla.
Mi esperado libro llegó a las 5 en punto de la tarde envuelto en papel negro de seda y amarrado con una pitica. Pasé un mal rato deshaciendo el nudo con los guantes y al fin estuve frente a la obra de Duncan. El pequeño panfleto comenzaba con una referencia poética a la teoría de la relatividad (que sería propuesta unos 30 años después).
“Sabemos que todo lo que existe en la tierra está en movimiento. Nada está realmente muerto. La muerte no existe, es movimiento. Su manifestación es la expresión del movimiento en la materia física”. De acuerdo con la Teoría de la Relatividad hoy sabemos que la materia es energía (el adorable e=mc2), siendo la energía movimiento o potencial para ello.
Una de las conclusiones más populares del trabajo de Einstein dice que cuando la materia alcanza la velocidad de la luz, regresa a su estado y fuente originales. Una bala –o una persona- que viaje a 360.000 kilómetros por segundo, desaparecerá delante de nuestros ojos y volverá a la tierra de donde fue extraída.
Raymond Duncan fue capaz de mirar más allá: “Si observamos por ejemplo una silla, encontramos detrás de los movimientos que hizo el carpintero, la vida de los árboles y de los vientos”. Y si comenzamos el estudio de la gimnasia no es para aumentar y conservar nuestras energías, sino para poner todas nuestras partes en armonía con los movimientos del alma, la que a su vez está en contacto directo con el movimiento divino. Esta es la manera de comprender y completar nuestra tarea en el Universo”.
En la página 15 encontré un concepto interesante y original que relaciona el movimiento con el pensamiento filosófico. Raymond Duncan imagina a Sócrates bebiendo una Cicuta-Cola burbujeante mientras ejecuta una danza de movimientos contorsionados en la Escuela de Ciencias Cinéticas Alfa Beta.
“Los más altos pensamientos, los más grandes ideales de ese hombre sabio provenían de la efervescencia de sus movimientos, resultado de sus estudios de Danza y Gimnasia. El Sócrates real eran sus movimientos y sus actos. Sócrates vive todavía, no por la persistencia de sus ideales, sino por la persistencia de sus movimientos. Yo estoy seguro de que si no hubiera sido por la danza y la gimnasia, no hubiéramos tenido un Sócrates... También estoy seguro de que sin la capacidad para el movimiento rítmico en nosotros, tampoco hubiéramos comprendido las verdades de Sócrates.
Para concluir debo decir que este artículo no está sostenido por mis ideas ni por las de Duncan, sino por el largo proceso físico que tuve que soportar para dar una mirada al pequeño libro. Cargar el catálogo, acercarme al mostrador, atravesar los espacios entre las habitaciones # 316 y # 324, robar el lápiz e inclusive volar a Nueva York.
Aprovecho para copiar una parte del mencionado libro “La danza y la gimnasia” de Duncan, que corresponde a la conferencia dictada en su Akademia, el cuatro de mayo de 1914:
“Comencé mis estudios del movimiento mientras cruzaba América desde San Francisco hasta Nueva York. Escalé una montaña y encontré movimiento. Bajé de la montaña y encontré otra vez movimiento, además de la producción de calor y de fatiga. Poco a poco empecé a sentir ese inmenso continente americano con sus montañas y sus valles, sus praderas y sus desiertos. El movimiento propio de la tierra atravesaba mi cuerpo hasta llegar a mi alma. Entonces escuché una armonía extraordinaria que despertó en mí el deseo de oír la misma armonía en forma más simétrica, mejor formada y organizada dentro de un marco que me permitiera entenderla mejor. La búsqueda me condujo a Grecia. En los museos encontré en los vasos pintados una serie de movimientos, de los cuales algunos semejaban los míos propios cuando yo trepaba o descendía de una montaña. Movimientos de fatiga y dolor, de alegría y de fuerza majestuosa. Por años y años trabajé haciendo dibujos de esos vasos hasta que un día tuve frente a mí la visión de los movimientos de todos los vasos, sintetizada en un solo movimiento enorme de carácter cinematográfico. Entonces tuve la imagen de la Grecia Antigua en movimiento”.
Y terminemos con un trozo de la biografía de Isadora Duncan que a mi modo de ver es complemento de lo anterior: “Pasé largos días con sus noches encerrada en el Estudio buscando una danza que pudiera ser la expresión divina del espíritu humano, por medio de los movimientos del cuerpo: Durante horas estuve de pie, quieta, con mis dos manos dobladas entre mis pechos”.
Jorge Holguín, escritor y director de teatro, es Magister en Ciencias
(S.F.U. B.C. Canadá)
Actualmente reside en Dinamarca.