L A S   M A N G A S  D E  A K E M I


 

Las anchas mangas del saco de lana protegían las manos de Akemi del frío otoñal. Agarrando una pluma, a través del tejido, llenaba de signos páginas y páginas enteras, que después de meter en sus sobres y llenar de estampillas, depositaría en el buzón. De pronto, interrumpiéndose y dejando la pluma sobre el papel, se inclinó para alcanzar la desorejada taza de té, enredando sus dedos en las puntadas del saco. Descendió su nariz, un botón apenas, hacia la humeante bebida. Su saco se desgajó de sus hombros. El olor a té, sus ropas, su escote y su pelo se volvieron un todo luminoso. ‑"Detente", ‑exclamé yo. El sol que entraba por la ventana había iluminado su rostro, su cuello, sus hombros y su pecho. Durante un segundo, talvez menos, la piel de Akemi había resplandecido, no con el amarillo rojizo, absurdo y aburrido que se achaca generalmente a las pieles orientales, sino con un tono misterioso y candente.

‑"Ese color", ‑le aseguré, acercándome al punto que funcionaba como nariz en su rostro -"es el único y verdadero amarillo, el que Marco Polo vio por primera vez en las pieles de los mongoles. Es como si en la paleta de los colores de oriente el amarillo de recoger mandarinas y el dorado nostalgia del atardecer, se hubiesen reunido para reflejarse simultáneamente". Akemi me miró desconcertada y trató de ocultarse detrás de las anchas mangas de su saco. ‑"Daría cualquier cosa por capturar ese color", -dije, al acariciar el rostro que se tornaba nuevamente blanquecino con el anochecer. ‑"Ese tono oriental, misterioso y tímido que probablemente necesita situaciones especiales para expresarse". Ese tono que casualmente hoy se había manifestado en la inocente cara de Akemi durante una conjunción profética de variables desconocidas. Afuera se hizo noche. Y adentro, por más reflectores y luces de neón que encendí, no fue posible devolver el color a Akemi. Ensayamos baños de yodo, inmersiones en agua oxigenada, maquillajes y ungüentos de pétalos de rosas, infusión de té de azucenas. Pero Akemi no recuperaba su color. Entre tanto ella seguía escribiendo cartas a casa, -intercalando ideogramas y kana-, ansiando cada vez más estar con los suyos y no en este país nórdico, donde un hombre quiere pintarla de un amarillo aparentemente inexistente, pigmento de su imaginación, si no febril al menos hepática. Un señor de enorme nariz y gafas oscuras con una piel menos interesante que los cagajones de los pájaros de Fuji.

‑"Te llevo a tu Nagasaki, querida," ‑consentí al fin, dándole la misma entonación a cada sílaba, para demostrar la seriedad de mi ofrecimiento.

Sus ojos se iluminaron como los de una porcelana que alguien terminara de remendar con goma invisible. -"Na-ga-sa-ki-que-ri-da?" repitió ella una y otra vez. Para Akemi aquello significa regresar al hogar que tanta falta le hace, para mí es emprender un largo viaje en busca de una tonalidad tan elusiva que no se deja atrapar dentro de una caja de lápices de colores. Sonándose en sus mangas, Akemi recorre el cuarto recolectando sus pertenencias, un pañuelo de seda artificial, tres pantalones, lápices, libros... "Las Confesiones de la Dama Nijö" caen al suelo, ella se sonroja como si yo no compartiera su gusto por el sentimentalismo. A medida que empacamos las maletas,

"Na‑ga‑sa‑ki‑que‑ri‑da"  se va convirtiendo en una palabra mágica que todo lo promete y todo lo lleva en sí, sedas multicolores, rostros empolvados en harina de arroz, anchas mangas en las que sus diminutas mujeres pueden ocultarse para llorar, reír, enrojecer o dormir, a su antojo y conveniencia. Y el rostro de Akemi brillando en medio de esta exótica escenografía. Sus negros ojos destellando en el telón amarillo de su cara. Imagino en  la tarde de Nagasaki las pequeñas manos de Akemi escondiendo un rosario de cuarzo o una rama artificial como la que le regalo, con flores de oro y plata, y una oración de papel colgando de un hilito:

                   "Las gotas que mojan tus mangas

                    son tan solo el rocío otoñal

                    o talvez lágrimas?"

Y ella responde:

               "El rocío de otoño moja

                las mangas ya humedecidas

                por lágrimas de partida,

                ten piedad de mí."

O simplemente miraré sus pies reposando en el pavimento querido de Nagasaki. En sus manos una cajita de "Uguisi no fun" que habremos comprado en una pajarería. Esa noche, luego de admirar el diseño de golondrinas de la tapa, abrirá el delicado envase de madera y sacará tres o cuatro granos. Los moleré en un pocillo de piedra y agregará agua hasta que se deslían. Parada frente al espejo se untará el menjurje en la cara y en el cuello. Quedará cubierta con popó de pájaro, pero al quitárselo, estoy seguro, aparecerá el amarillo oriental que tanto ansiamos. Allí en el cafetín del pavimento pediremos un refresco.

Al traer la naranjada, el mozo mirará cómo el sol ilumina su rostro. Ella chupará el jugo débilmente observando cómo atardece en la cara del joven. El le sonreirá con ojos rasgados y piel de oro. Con el ocaso ella se irá con él y luego, yo le enviaré golondrinas muertas con un papelito de oración colgando del retorcido cuello:

                   "Ligeramente en mi noche,

                    alcancé a ver la manga,

                    de otro traje sobre el tuyo,

                    sería esto sólo un sueño?"

Y ella mentirá al responder:

                           "Sola extiendo mis manos,

                            cada noche al dormir,

                            rayos de luna descansan,

                            sobre mis mangas de soledad".

El último pajarito muerto llevará consigo:

                              "Era un sueño solamente?

                               No estoy seguro.

                               Llanto secreto ha ensombrecido

                               La tonalidad de mis mangas".

Y de una de sus paticas colgará:

                              "No hablaré de tu regreso

                               sólo de la amarilla sombra

                               de tu presencia

                               flotando como lágrimas

                               sobre mis mangas

                               A medida que el cielo

                               se pone oscuro".*

 

Los personajes son la japonesa Akemi y el colombiano Jorge . El lugar de encuentro es Copenague. 1985 Ambos bailarines, edades alrededor de 30 años. Música del momento Diamanda Galas en Misa de la Plaga.