ENTIERRO MUSULMÁN-ISMAELÍ

 


 

    

 

       "Medito si bordo o no bordo la bandera de la libertad".

 

                                              

Al atardecer el sol ilumina las murallas que rodean la ciudad y sus rayos se mezclan con los arabescos que forma el humo del narguile. Pasa el pastelero anunciando sus tortas de miel, las de hojaldre con nueces, los flanes de frutas y los pudines rosados en forma de corazón. Algunos ancianos en abrigo oscuro y sombrero negro se apresuran en dirección a las murallas, los siguen unos niños de cachumbos dorados.

 

El tintineo de las pipas de cobre opaca los lamentos de una canción egipcia. Pasan los vendedores de higos de Izmir; varias mujeres tras sus velos negros; el cargador de aceite de oliva; el servidor de café con la gran tinaja de cobre a su espalda, los monjes griegos, los soldados, el hombre de los camellos, un anciano que escupe, una niña con un pastel de rosas.

 

Al voltear de la esquina aparece una procesión cristiana: Sanctus, sanctus, sanctus Dominus Deus Sabaoth, la encabeza un sacerdote con una gran cruz de plata, unos chiquillos balancean el incienso, las damas de la misión avanzan lentamente. El humo impide ver la imagen que lleva el último hombre de la fila.

 

Bugurá, bugurá, bugurá...El disco está rayado y la cantante egipcia no deja de repetir la misma palabra. Desde la torre de una mezquita un musulmán rompe con su voz la pesadez de la tarde. Los niños corren a casa. Los hombres del Café se lavan y se postran hacia el suroeste. Bugurá, bugurá, bugurá.

 

El sol poniente golpea las piedras de la ciudad. Gensad deja de consumir narguile y por señas pide un café al muchacho del gorro rojo. No quiere que sepan que está allí recién muerta su esposa. Son las cinco de la tarde. Talía ha muerto el día anterior. Por la puerta izquierda de la mezquita entran las mujeres en lujosos vestidos de encaje, por la otra entran los hombres. Entra Gensad. Musulmán ismaelí.

 

Al fondo en el suelo está Talía sobre un tapiz de flores. Dormida. Las mujeres cantan contestando las estrofas de la más anciana. Como un murmullo, la canción de las mujeres llena la cúpula, musulmán ismaelí.

 

Descalzos, lentamente, todos los asistentes recorren el templo hasta llegar donde reposa ella, caminando la rodean, algunos le tocan el cabello, los pies o el vestido. Son tantos los asistentes que esta despedida dura dos horas. Sus familiares hablan de ella, de cuanto la quisieron, la quieren, de cuanto la extrañarán, la extrañan. Musulman ismaelí.

 

Finalmente todos se levantan y forman una fila que sale por la puerta principal y llega hasta el cementerio. Y Talía pasando de mano en mano cruza el templo y sale de él, metida en el atardecer, baja la colina y arriba al cementerio. Puñados de tierra y rosas cubren su cuerpo, mientras el sol deja de iluminar su rostro. Musulmán ismaelí.

 

 

 

Jorge Holguín Uribe

 

                                               Egipto 1985