CUENTOS DE ÁRABES, JUDÍOS, Y CRISTIANOS
Jerusalén 1970. El Cairo 1985. Copenhague 1989.
INTRODUCCIÓN
El autor de este libro de cuentos viajó y escribió infatigablemente desde que salió de Colombia en los años setenta para no volver. Vivió en Israel y Egipto además de Canadá y Dinamarca. En medio de las circunstancias que el destino le deparó, se refugió en la intensa fantasía de ser un caballero que peregrinaba, con especial humor, en busca de su salud perdida. Estas son sus notas de viaje en forma de libro de cuentos, escritas dentro de las tensiones de una guerra fría -anterior a la del Golfo‑, contienen hechos reales y escenas imaginadas. Cabe al lector desentrañar la ficción de la realidad, sabiendo que ésta puede ser tan fantástica que sobrepase la ficción.
EL HIJO DE LA GUERRA
Jerusalén
"Todo es irrisorio comparado con el soldadito muerto que duerme en brazos de la mujer que lo acuna."
El Hospicio queda frente a las murallas en la parte antigua de Jerusalén. Fundado y construido por los caballeros de la Liga del Hospital, sucesivas Cruzadas, guerras y reparaciones sin cuartel, lo han convertido en una mezcolanza de estilos cuya única unidad es dada por los recurrentes orificios de bala y los boquetes de bazooka. El celador está dormido tras su escritorio de madera lastimada. Algunos bombillos instalados en las conexiones eléctricas puestas a las armaduras, iluminan un poco los anchos corredores de piedra, ennegrecidos por el paso de los siglos y el paso de los peregrinos a Tierra Santa.
Al cruzar por la Sección Femenina veo, a través del vidrio, unos cientos de mujeres dormidas al amparo de las enormes columnas que se yerguen entre las hileras de catres. Me llama la atención una mujer que se parece a Ella y que reposa desmadejada en una de las camas. Me sorprendo al contemplar su belleza, parece que gozara de todas las cualidades que Epifanio el Obispo de Chipre adjudicaba a la Virgen María:
"De tamaño mediano, su piel es aquella del trigo maduro y su pelo es del color del mármol negro. Sus párpados son sedosos y transparentes y esconden un iris verde oliva, sus cejas son arqueadas y profundamente negras. Su nariz es larga, sus labios rosas y suaves desbordan con la dulzura de su alma. Sus manos son delgadas y sus dedos son alargados. Su cara no es redonda sino algo ovalada. Jamás ostenta ni el orgullo ni la pretensión y se inclina más bien a un exceso de humildad. Lleva un traje de color natural y la simplicidad del algodón virgen la satisface."
La observo, tiene un niño muerto en sus brazos. Todos los otros acontecimientos de mis viajes se tornan superfluos e irrisorios al compararlos con el soldadito muerto que duerme en los brazos de la mujer. Un cuaderno parecido al que yo empaqué al salir de Medellín, prácticamente una cuartilla escolar en las manos muertas del soldadito. Un niño de doce años pudriéndose en una trinchera de un desierto en una guerra de esas en donde no se sabe cual es el enemigo.
Conozco muy bien ese panfleto que llevaba el niño: En la portada impreso en tinta negra sobre un fondo de papel blanco barato, se destaca en medio de un marco tambien negro, la foto del jefe. Dos banderas tricromáticas aparecen en la contraportada. La primera es gris, blanca y negra, la segunda es negra, blanca y gris. Una para amar y defender, la otra para odiar y destruir. Sin haber aprendido cuál era cuál el soldado coloreó ambas de verde.
Todo lo que es "importante saber para poder vivir y morir" llenaba las cuatro páginas interiores. Suras de El Corán decoraban las márgenes: "Recitad en el nombre del Señor, el que creo al hombre de coágulos de sangre. Recitad, porque el Señor es el beneficiente, el que enseñó al hombre el uso del lápiz, el que enseñó al hombre todo aquello que no sabía". *
Se agradece entonces a Alá el Misericordioso, El que enseñó a la humanidad el arte de escribir, arte que había sido recientemente introducido a la Meca, cuando el Profeta Mahoma recibió la inspiración divina que sentó las bases de El Corán.
La disciplina de la escritura se convertiría en un arma poderosa para propagar el conocimiento del único Dios. Según parece los editores del folletico no pasaron por alto el hecho de que Mahoma fuera el primero en darse cuenta de la utilidad de la propaganda escrita...
Al final hay un cuestionario para que cada soldado lo llene. Una serie de preguntas indispensables para saber morir en el fin del siglo XX:
1. Nuestro amado jefe es ..... .......
2. El enemigo es .. .........
3. Lucharé hasta que .....
4. Qué le debo a mi patria? .. ....
5. Qué significa ser héroe? ..... ... .. ......
6. Hay algo más importante que esta guerra? ....
El soldado niño no llenó ninguna de las líneas punteadas. Sin embargo es obvio que sí sabía escribir, en el margen y con el mismo lápiz verde con el que coloreó las banderas, había garrapateado: LO QUE MAS DESEO ES TOMAR UN HELADO DE CHOCOLATE.
La noche en el Hospicio se convirtió en madrugada, y yo continuaba con mi nariz pegada al vidrio de la Sección Femenina. Un hombre en pijama cruzó el corredor, con sus pequeños y rápidos pasos intentaba engañar las frías baldosas. ‑Buenos días, ‑murmuró en Español.
El alba luchaba contra el mugre y el polvo acumulados en los vidrios antiguos. Unos débiles rayos de sol iluminaron los pies de la mujer. Escuché el desagüe del excusado y el hombre de la pijama reapareció. Su figura se recortó en el contraluz de la ventana. Era uno de los tantos extranjeros que estaban refugiados en el Hospicio.
Como un cruel retablo de la natividad, "la madre y el niño rodeados de una aureola beatífica", dejé a mi amiga en su catre con el muchacho muerto en su seno. La luz del nuevo día creo un efecto óptico de diapositivas proyectadas sobre la pared de piedra gris. Era el premio al soldado: "Les pertenecerán jardines y pabellones bajo los cuales correrá el agua fresca"**
Me alejé en busca de mi catre en la Sección Masculina, mientras que el alba iluminaba a la mujer desde los pies hasta la cintura, dándole un aire hondamente virginal.
La oscuridad y el olvido aún mantienen el secreto del niño mártir musulmán. Como mantienen el secreto de todos los jóvenes muertos en el mundo en una y todas las guerras, sin saberse por qué, a pesar de todos los manuales de instrucciones.
Notas:
* Corán: Sura número 45, versos 1‑5. Este Sura, tradicionalmente llamado "De los coágulos de sangre", es el primer capítulo de El Corán.
** Corán. Sura número 47, verso 15.
EL PRECIO DE LA FE
Jerusalén
"...produce alegría ver que María Magdalena tiene su altar."
Con la Guía de la Buena Nueva en un bolsillo y en el otro todas las monedas que poseo, tomo la Vía Dolorosa hacia el barrio cristiano de Jerusalén. Los vendedores barren sus almacenes y desempolvan los recuerdos religiosos en espera del paso de la acostumbrada procesión semanal. La vida debe seguir su curso. Cuando a las tres de la tarde escuchen los primeros rezos de los peregrinos que toman parte en el Vía Crucis, correrán a la puerta de sus negocios a colgar enormes replicas plásticas de tarjetas de crédito, desplegarán sus mercancías y sonreirán interminablemente.
‑Recorro la Basílica del Santo Sepulcro y pago dos libras israelíes a cada uno de los monjes que la custodian, (cuatro en total: un copto, un armenio, un latino y un griego), para que me dejen tocar la piedra en la que el Salvador paso sus tres días de muerto. Los demás extranjeros me atropellan y acosan, apenas caben cuatro personas en el recinto, pero aún así tengo tiempo de contar las lamparitas de aceite que iluminan la cripta: cuarentitrés.
‑Cinco francos franceses por rozar la piedra de la unción con mi dedo meñique.(1)
‑Un dólar americano por fotografiar "el sitio de las tres Marías".(2)
‑Trescientas pesetas españolas por mojarme los dedos en la fuentecita que queda dentro de la Capilla del Angel.(3)
‑Diez coronas danesas por besar la esquina de la tumba que sale por la pared de la Capilla Copta.
‑Cien pesos colombianos por la alegría de prender una velita en el altar de María Magdalena.(4)
‑Cincuenta pesos colombianos por tocar un re menor en el organito que los Franciscanos tienen en la sacristía.
‑Treinta liras italianas por darle la vuelta a la llave en la "Prisión de Cristo", una capillita muy bien mantenida, ‑llena de flores silvestres‑ por los griegos ortodoxos.
‑Dos marcos alemanes por tallar una crucecita en la capilla armenia de Santa Helena. Este acto sirve para adquirir inmortalidad.(5)
‑Cien yenes japoneses por bajar las escaleras que conducen a la cripta del "encuentro de la cruz".
‑Otros cien por subirlas y poder salir del lugar!
‑Trenticinco quetzales guatemaltecos por recostarme contra la columna en el "oratorio de los insultos".
‑Cinco francos franceses por examinar los iconos preciosos que decoran la Capilla del Cráneo de Adán, lugarcito un tanto fresco donde los soldados romanos que andaban en busca de dos buenos troncos para la cruz del Crucificado, encontraron fue la calavera del primer hombre.
‑Un tiquete de bus de Barcelona al revisarme los bolsillos a ver si me queda plata en la capilla de "la distribución de las vestiduras".(6)
‑La camiseta de marinero que ya no le sirve a mi leoncito de peluche, por sentarme a descansar un rato en la única banca de la Capilla de San Longino el centurión romano que no se sabe bien si fue el que le clavo la lanza al Divino o si fue el que comento sobre la verdadera identidad del Hijo de Dios cuando se rasgo el velo del templo.(7)
Despojado de mi dinero y casi que de mis vestiduras regreso al Hospicio en olor de santidad.
Notas:
1. Ver Juan, 19:38 y siguientes.
2. Ver Juan, 19:25.
3. Ver Mateo, 28:1 y siguientes.
4. Ver Juan, 20:14 y siguientes.
5. Santa Helena, la madre del emperador Constantino, que halló la Santa Cruz.
6. Ver Juan, 19:23 y siguientes.
7. Ver Juan 19:34 y Marcos 15:39.
8. Los judíos aún esperan la llegada del Mesías que nacerá de una de sus mujeres. Igualmente los musulmanes esperan la llegada del Mesías, que nacerá de uno de sus hombres, de ahí el origen de sus anchos pantalones, son para que el niño al nacer tenga donde caer. No es esto extraño pues en mitos escandinavos, griegos y otros, tambien los hombres dan a luz.
9. El año cuatro en lugar del año uno como fecha de nacimiento del Mesías cristiano es mencionado por William Farid Bassili y otros investigadores de las tradiciones coptas en "The flight into Egypt", Dar, Memphis, Cairo 1968.
LA EXPLOSIÓN DE LA BOMBA
Jerusalén
" Súbitamente me veo rodeado de un batallón del ejército israelí".
El pueblecito sigue igual a como lo conocí por primera vez. Los mercaderes venden radios de pilas y rojo para los labios. Las mujeres arameas transitan las callejuelas en tacones altos y telas japonesas fruto de las aperturas económicas y culturales. Los samaritanos ya no ofrecen agua, venden botiquines de primeros auxilios en cada esquina. Los viajeros caminan lentamente para poder abarcar todas las perspectivas dentro de sus ojos. Algunos se detienen unos instantes y escriben postales a toda velocidad. Si logran enviarlas esa misma noche podrán descrestar a amigos y enemigos con el matasellos en tres idiomas que dice NAVIDAD EN BELÉN.
Es el 24 de Diciembre por la tarde. Turistas y locales son requisados continuamente y más de un soldado israelí se sorprende al encontrar un leoncito de peluche en uno de mis bolsillos.
‑? ‑Pregunta el soldado.
‑Bebakasha lashevet, ‑contesto, teniendo la precaución de hablar en el orden equivocado.(1)
‑Ma? ‑Interroga nuevamente el ser bélico.(2)
‑Ani lo terrorist, ‑aseguro. ‑Ani rotze mitz escoliot.(3)
‑Ma? ‑Repite el soldado.
‑Ken, Ken, Mitz escoliot. Bebakasha Lashevet. Yerushalaim ashelzajar. Ejad. shtaim, shalosh, arba, jamech, shesh, sheba, shmone, tescha, yeretz Israel. Mitz escoliot, mitz tapuzim, Mitz fitz! (4)
Los cafés y restaurantes desbordan de extranjeros deseosos de calmar la sed en los intermezzos de su caminar. No logramos encontrar dos sillas vacías y el bebakasha lashevet se nos torna imposible a mi leoncito y a mí.
Entramos a un cine de función doble para escapar del invernal frío palestino. No entendemos mucho pero nos divertimos bastante con la primera película aparentemente egipcia y en blanco y negro, con actores que revolotean constantemente en torno de mesas de te, autos deportivos y apartamentos en Alejandría.
Durante el intermedio compramos helados envueltos en cucuruchos de papel metálico impreso con dibujos de piñas. La segunda película es italiana y de vaqueros, el malo entra al bar y grita en hebreo ‑Shalom Whisky! ‑Y contesta el hombre del mostrador: ‑Shalom, shtaim dolarin.(5)
Lo exagerado de la conflagración cultural me deprime y no logro emocionarme cuando el bueno besa a la chica dulce en la última toma. Atardecer. Fin. El público sale rápidamente, más que todo muchachos árabes en pantalones anchos a la moda de ellos. Llueve.
Al día siguiente no llueve y Belén sigue ahí humilde y gris pero anunciando silenciosamente a todos los vientos que allí fue donde nació el Mesías Cristiano.
Una gran pantalla de video ha sido instalada en uno de los muros exteriores de la iglesia. En ella podrá verse en vivo y paso a paso, la misa de medianoche que se ofrecerá en el interior de la Basílica, al que solo tiene acceso la crema y nata del cristianismo, además de uno que otro embajador sin consecuencia espiritual.
Un enorme ensamblaje de metal se levanta en medio de la plaza. Subo los escalones y me instalo en uno de los sitios más altos de la gradería. A mi lado siento al leoncito de peluche. Una turista americana trata de empujar su nalgatorio de altas calorías sobre las paticas del animal pero un oportuno codazo arregla la situación.
La transmisión en video comienza a las once y cuarenta y cinco de la noche. Llueve. Encuentro imposible seguir el desarrollo del evento religioso en medio del barullo de cámaras y de paraguas que se abren y se cierran. Gracias a Dios logro avistar la Hostia durante la elevación. Descubro, algo horrorizado, eso sí, el verdoso matiz del cuerpo de Cristo. La decoloración producida por la electrónica del video es suficiente para convertir a cualquier sudamericano al paganismo vegetariano. Sin embargo las campanas acompañan este instante, el más místico, en el que los celebrantes exhiben ante la multitud el redondel de color cacoscopico.
Mi león de peluche pierde el equilibrio, resbala del asiento y cae de narices al pavimento. Sin poder encontrar las palabras correctas, exclamo algo así como: "El leoncito hizo pum!" Tropiezo aquí y allá, "pummm!" repito al meterme bajo los soportes de la estructura metálica para buscarlo.
‑PUM? Una bomba? ‑pregunta alguien.
Encuentro al animal flotando sobre un charco de agua. Lo rescato con gran parsimonia, con los dedos índice y pulgar. El pobre está completamente mojado y la camiseta de rayas azules y blancas ha comenzado a desteñir.
‑"A bomb!" ‑gritan. -"Une bombe!" ‑"En bombe!" ‑"Eine bombe!" ‑Los cristianos se levantan formando un tumulto tan intenso como los que se suceden en los partidos de fútbol. El alboroto comienza en sorpresa, murmullos, exclamaciones, antes de degenerar en empujones, zancadillas e histeria general. El tropel se derrama por las graderías y se dispersa en la plaza. Algunos se apresuran calle abajo hacia los buses, otros corren a refugiarse en la iglesia.
La pantalla de video muestra el momento en que los sacerdotes, embajadores, esposas y delegados recorren toda la gama de sus emociones en vivo y en directo. Al perder su guía la cámara enfoca negligentemente el techo de la iglesia. Da tres vueltas a la cúpula y baja por el altar. Recorre el reguero de hostias en el suelo y zigzaguea entre varios pares de zapatos que avanzan alocadamente. Al fin se detiene en una baldosa roja con un diseño geométrico en azul.
Inspirado talvez en los retablos de la Natividad me quedo quieto y sostengo fervorosamente al leoncito por las orejas. De pronto me veo rodeado por un batallón del ejército israelí.
Todo parece detenerse un momento como en la primera noche de Navidad. No muevo un pelo y rezo para que no me de por estornudar. Deja de llover y comienza a nevar.
Los árabes observan calladamente desde las puertas de los cafés y las heladerías. Se encienden tres reflectores que luego de dudar y hacer arabescos por la plaza se centran en mí. Se oye una sirena y aparece su correspondiente camioncito pintado de blanco por una esquina de la plaza.
Los soldados abren paso y el vehículo se detiene a escasos quince metros. Al abrirse la puerta descienden tres cosmonautas. ‑"Los tres reyes magos de la Hagana"? (6) ‑pienso con miras a continuar mi paralelo místico. Melchor Goldstein, Gaspar Rubinstein y Baltasar Richter. Los tres visten trajes metálicos abullonados, guantes de metal articulados y cascos de fibra de vidrio verde, generosamente rodeados de asbesto.
‑Deposite lentamente ese objeto en el suelo, ‑indica uno de ellos en su lengua nativa. Obedezco las instrucciones sin la más mínima señal de protesta, aunque bien sé que el leoncito va a empaparse nuevamente. Bajo los brazos, me inclino desde el coxis, doblo las rodillas y coloco el animalito en el charco de agua. El pobre cae de narices, ‑ su posición favorita en momentos de confusión‑ y queda completamente sumergido en el barrial.
‑Aléjese, ‑ me ordena Gaspar Rubinstein. Doy cinco pasos en reversa y siento dos pares de brazos que me agarran fuertemente. ‑Shalom, ‑digo a manera de presentación. La extremidad cilíndrica de una ametralladora se clava en mi deteriorada columna vertebral. Los reyes magos se precipitan a sacar algo del camión: Es un largo instrumento con un par de pinzas ampliamente tentaculares, con las que engarzan el estómago del león y lo extraen del agua. El círculo de soldados, y yo con ellos, se agranda cobardemente.
El animal es introducido en la parte trasera del camión y los tres cosmonautas entran y cierran la puerta tras ellos.
ESCUADRÓN ANTIBOMBAS, leo en letras negras en tres idiomas en el trasero del carrito. Deja de nevar y comienza a llover.
‑Dígale al Capitán que solo es un muñeco, ‑le murmuro a uno de los soldados que me sujeta.
‑Ma? ‑contesta éste.
Un radio comienza a sonar, algunos árabes deben haberse aburrido y han entrado nuevamente a jugar su dominó en un café. Deja de llover y comienza a nevar. La puerta del camión se abre. Los reyes magos descienden. Los overoles los llevan desabrochados y con desilusión se van quitando el casco y los guantes.
Baltasar Richter se dirige hacia mí: ‑Puede irse, ‑me dice.
Recibo la bolsa plástica que me ofrece. Los soldados dejan de sujetarme. Mis piernas flaquean al perder el sostén militar y caigo de rodillas al suelo. Los tres desenmascarados montan al camión y arrancan calle abajo. La Hagana se dispersa rápidamente y retorna a sus puestos de guardia a la entrada del poblado. Los buses desaparecieron hace rato.
Deja de nevar y comienza a llover. Quedo arrodillado en un charco de agua, la bolsa plástica en mis manos. Al tocar su superficie constato con tristeza la ausencia de las formas del muñeco. No hay patas abullonadas, ni orejas, ni hocico. La barriguita blanda no aparece por ningún lado. Los dos ojos de vidrio están sueltos en el fondo. La talega contiene solamente trozos de felpa y retazos de lana. Mi leoncito ha sido desmontado pieza por pieza como una bomba que se desactiva minuciosamente.
Me levanto para no dramatizar el acontecimiento más de lo necesario. Entro a la iglesia. Pasado el peligro algunos feligreses han vuelto, pero los sacerdotes van camino de Jerusalén en los buses salvadores. No trato de contener una sonrisa de venganza. Mi leoncito habrá muerto en vano, pero el Niño Jesús no nacerá este año. Por lo menos en la ceremonia de Belén. Afuera deja de llover y comienza nuevamente a nevar.
Notas:
1. Por favor, siéntese
2. Qué?
3. Yo no soy terrorista. Quiero jugo de toronja.
4. Sí, sí, jugo de toronja. Por favor siéntese. Jerusalén de oro. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve. Tierra de Israel, Jugo de toronja, jugo de naranja, fugo!
5. Hola un whisky.‑ Hola, dos dólares.
6 Hagana: Ejército de Israel.
|
NASSER, SU CAMELLO Y YO
El Cairo
"Lo observo impaciente dentro de su bata azul, piel más oscura que la noche anterior sin luna."
Mi nombre es Ricardo Corazón de Gelatina, explico a los curiosos mientras saboreo un azucarado jugo de mango sentado en el andén de la Avenida que conduce a las Pirámides, mientras espero...
El día anterior en mi ansia por recuperar mi salud perdida, penosamente había comenzado a morder en el aire, buscando, como si no tuviera dientes, como si hubiera olvidado la caja en una solución estilo Elke Saltzar en la mesita de noche, como un vampiro con caries. En sueños mordí las piedras de la pirámide de Keops, mordí a conciencia su cúspide que se erguía desafiante. En ella mordí a mi madre, esperando recuperar mis energías como cuando niño.
Por la mañana, al despertar de un intranquilo sueño, ‑en un camarote sin ventana, a bordo de un barco estacionado en el Nilo‑, continué mordiendo el aire caliente y fui así alejándome del ruido de los paseantes y perdiéndome en el desierto.
Como un caballero de las Cruzadas que busca un mantel redondo a ciegas, yo buscaba devolver la espesura a mi sangre, como fuera. Decidí entre tanto disfrutar de todas las cosas buenas que tienen inclusive los más tristes días. Estaba seguro de que en medio de todo hecho trágico podía encontrar algo humorístico y que la vida de todas maneras ofrecía una terrible belleza.
Cansado del ir y venir por la Avenida y del débil tutti‑frutti que siento circular por mis venas, me decido a alquilar un camello para ir a Giza a ver a la Esfinge‑Madre desde cerca.
Nasser se llama el joven conductor del jorobado rumiante, ‑delicia de los turistas tanto el camello como el muchacho, ‑según dicen las malas lenguas, o las buenas! El chico silba constantemente LEL de Oum Kalsoum la cantante sensual del Mediterráneo.
Para cumplir con los ritos necesarios del turismo, Nasser y yo comenzamos a tomar fotografías con la "polaroid" para que quede la huella registrada de todos los esfuerzos hechos y que nadie diga que me tire por las petacas a dejarme morir sin haber vivido.
Le advierto al muchacho que no corte las fotografías porque se dañan, el asiente con su enigmática sonrisa de expresión desértica, pero continúa haciendo lo que le da la gana. Quiere ajustarlas a un pequeño álbum donde maneja una colección de retratos de los que han sido sus clientes, ya de lo uno, ya de lo otro; pues Nasser con tal de recolectar las monedas que ambiciona, no se detiene en muchas complicaciones, preámbulos ni rogativas.
Por el contrario, sin que nadie le pida nada, se las arregla para mostrar hasta arriba, como si tal, sus piernas morenas y ceñir la túnica a nivel de la ingle, en pliegues que pretenden ser provocativos.
‑Yaala!‑ me grita con su voz de diez y siete años. Da unos cuantos saltos y luego saca su billetera y me muestra un gran número de papelitos arrugados llenos de direcciones. ‑Son mis amigos ‑me dice ‑les gusta mi camello, les gusto yo.
Y añade: ‑Cuando regreses a tu país me escribes tú tambien, me cuentas que piensas de mí y me mandas un regalo, lo que quieras. Cómo es tu país? Tienes que mostrármelo en el mapa. Por aquí dicen que Colombia es muy raro, que las drogas están prohibidas pero que trafican con ellas; en este lado la cosa es diferente, lo que nuestra religión no nos deja utilizar es el alcohol, pero es muy divertido cuando lo tomamos.
Voy a responderle algo pero no me da tiempo, se habla y se contesta solo. ‑Te gusta el alcohol? Te gustan las drogas? En la playa podemos fumar hashish con los marineros.
Se calma un poco y me pide que le lea unas cartas que saca de sus bolsillos, en medio de una parafernalia de piedrecitas, fósforos y trozos de boñiga. Las cartas están aún más arrugadas que las direcciones. Leo e invento un poco para suavizarle el choque al muchacho nubio.*
Lo observo, impaciente dentro de su bata azul, piel más oscura que la noche anterior sin luna, sandalias de Hong‑Kong y reloj japonés.
En una de las cartas un británico pregunta por la enfermedad de las piernas del papá. Me salto la parte donde sugiere que talvez los médicos ingleses podrían hacer algo. Los de aquí deben permanecer aquí. Y me sorprendo diciendo esto, yo que no he permanecido en mi tierra, pues precisamente en mi búsqueda de una curación, he recorrido casi medio mundo.
Inútilmente por supuesto. Y en todas partes he sentido que no pertenezco, hago lo imposible por adquirir las costumbres, por usar los trajes, por comer las comidas, por beber las bebidas, por hablar el idioma; pero en todas sigo siendo un extranjero, aunque me ponga la túnica de rayas, me traiciona el caminado.
Aunque intente saludar "Ala‑il‑Ala‑mohamed‑hasud‑Ala", me traiciona el acento; aunque deje dorar mi piel al sol, alguna huella me delata. Mi forma de saludar y de reír es diferente. Mi escritura, las estampillas de mis cartas. Exilio, mi buscado exilio me cerca, haciéndome esclavo de mi propia libertad.
Nasser sigue sacando cosas de sus bolsillos, inclusive del que no tiene fondo. Se ríe y me muestra fotos de los turistas a lomo de su camello. Sonríen falsamente desde el precario equilibrio de la joroba del animal. Arena en primer plano, pirámides en el horizonte. Colores, adornos del camello, basura alrededor, tapas, envases, cajetillas.
‑Cual es el nombre del animal? ‑pregunto.
‑No tiene nombre! Todos los viajeros preguntan lo mismo. Yo les digo Whisky‑Soda, Donald, Moisés, según piense que son ingleses, americanos o judíos. Todos quedan muy complacidos, si viniera un ruso le diría que se llama Gorby, al iraquí se lo nombro Saddamita. Como quieres que lo llame para ti?
‑Yo no soy turista, maldito, yo vengo en busca de mi Madre para obtener la salud. Pero te diré que en mi país todos los animales tienen nombre, Micifuz, Boxer, Sultán, Tirofijo, Sofía, Trueno, Kaiser, le recité recordando las perramentas de las fincas de los doctores Restrepo en Antioquia.
Nasser no pone atención y ya ha recortado las fotos. Los colores se han desvanecido. Moisés o como se llame, es una mancha azulada, la arena parece spaghetti de la víspera. No encuentro palabras para explicar su estupidez pues ellas sobrepasarían ampliamente el vocabulario extranjero del nubio. Me toca tranquilizarme y quedamos en paz, con tal de que yo le escriba una recomendación para mostrarla a los viajeros que vendrán:
"NASSER ES UNO DE LOS CONDUCTORES DE CAMELLO MAS SIMPÁTICOS DEL ÁREA DE LAS PIRÁMIDES. SU SENTIDO DEL HUMOR ES ESPECIAL Y ES MUY AMIGABLE. EL CAMELLO ES COOPERADOR Y MUY EDUCADO."
Me quedo sin mencionar la sonrisa maléfica que pide dólares constantemente, háyaselos ganado o no. Las artimañas moras. Las rodillas hinchadas del rumiante, sus patas en forma de zapatos de goma sin suficientes dedos, lo difícil que es hacerlo subir y bajar. La duplicación de tarifa que ocurre a mitad del desierto. La proveniencia del agua con la que se hace el té. La comisión recibida en el puesto de baratijas. Los dientes picados de tanto fumar shisha. El desafiante dedo gordo del pie que apunta perennemente hacia arriba para que no se salga la sandalia. El intempestivo y desagradable sonido de la alarma del reloj de cuarzo. La flatulencia trasera de Moisés. La temperatura que oscila entre 40 y 42 grados. Las moscas. La recogida de boñiga para quemar y calentar el té, los pedacitos que quedan flotando en los vasos. Las tormentas de papeles y bolsas plásticas en lugar de las esperadas de arena. La pintoresca perversidad del todo.
"NASSER ES EL CONDUCTOR MAS RÁPIDO DEL DESIERTO. EL Y SU CÓMODO CAMELLO LE DEPARARAN HORAS DE SANO E INOLVIDABLE ESPARCIMIENTO."
Egipto 1985
Nota: Nubia es una región que se extiende desde Egipto hasta Etiopía, empieza en la primera catarata del Nilo y termina en la unión de los Nilos blanco y azul. Según Sir Arthur Conan Doyle: "A través de toda Nubia se ven trazas de razas desaparecidas y de civilizaciones sumergidas. Tumbas grotescas puntean las colinas o se destacan contra el cielo, tumbas por todas partes. Y ocasionalmente cuando el bote gira alrededor de una roca, se ve una ciudad abandonada, casas, paredes, con el sol brillando a través de sus ventanas vacías." Los nubios son morenos y de ojos oscuros. Confundir nubio con rubio sería un ...
|
PEREGRINACIÓN A LA MECA
"...llegó con la expresión característica de haberla dado tres vueltas o más..."
Con un periódico en inglés para turistas, y el inevitable jugo de mango en la mano, vuelvo a sentarme en el anden de la Avenida de las Pirámides.
"Los peregrinos ‑leo ‑comenzaron su retorno a casa ayer, al llegar a su fin la época de las celebraciones religiosas en Medina y en la Meca".
"Medina, en el centro de un fértil oasis, queda a 200 millas al noroeste de la Meca y cien millas al este del Mar Rojo. Allí fue adonde Mahoma se refugio en su huida, o Hégira, y la ciudad que antes se llamaba Yatrib, recibió el nombre de Medina que quiere decir La Ciudad del Profeta. Mahoma murió en el año 632 después de Cristo, y allí está su tumba en la Gran Mezquita".
"La Meca, la Ciudad Santa, la Madre de las Ciudades, vio nacer a Mahoma en el año 570. Está situada en un valle caliente y arenoso a setenta millas del Mar Rojo. La Caaba, el sacrosanto tabernáculo que contiene la Piedra Negra que es necesario visitar, es un gran cubo dentro de una vasta plaza de diez y nueve puertas en medio de la ciudad".
‑Doblo el periódico y como todo el mundo tiro la caja de jugo sobre la vía, una llanta de un taxi con banderas blancas, que significan PEREGRINACIÓN A LA CIUDAD SANTA, exprime las ultimas gotas del cartón contribuyendo a la basura general.
El aeropuerto local ha hecho los preparativos necesarios para el retorno de los peregrinos. El salón Número Tres estará dedicado exclusivamente a ellos. Se ha pedido la aceleración de los trámites de aduana y pasaportes. El Director de la Aeronáutica indico que 98.500 viajeros volarían en la aerolínea, por lo que los vuelos se habían intensificado con 19 adicionales diarios; además una Oficina de Operaciones estaría encargada, las 24 horas del día, de resolver cualquier problema que los pasajeros pudieran tener.
‑Mi joven amigo Nasser llego con la expresión característica de haberle dado las tres vueltas, o más, a la famosa Piedra Negra.
Dentro de las historias que circulan en los países árabes se dice que esa piedra fue originariamente un rubí del cielo, un antiguo meteorito que era adorado por el pueblo mucho antes de la fundación del mahometanismo, pero Mahoma tuvo la excelente idea de conservar ese objeto de adoración, le dio un significado simbólico y sagrado para el Islam, e incitó a sus seguidores a peregrinar allí por lo menos una vez en su vida, lo que de paso ayudaría a sanear la economía de la ciudad. Además las ceremonias son conducidas por los descendientes del Profeta.
Mahoma era no solo un profeta, el que habla por Dios, sino tambien un hábil político que enseñó a su pueblo una nueva forma de vida. Se dice que era inteligente y tenía mucho encanto personal. De las ocho veces que se casó, la primera fue con Khadija, una viuda de familia rica y poderosa, mucho mayor que él, que lo ayudo a convencerse de que sus visiones eran ciertas y no alucinaciones como el mismo creía.
El parqueadero del aeropuerto estaba lleno de parientes esperando la llegada de algún ser querido. Habían armado toldas apoyando trastos contra los automóviles. Las hogueras para calentar el té estaban prendidas con petróleo en ausencia de boñiga, peligroso detalle éste, que escapó a la perspicacia del Señor Director de la Aeronáutica.
Las niñas en trajes "de primera comunión", de novia en miniatura, rosados y de encaje, como comprados en Barbosa, Antioquia, leían fotonovelas musitando ahes! y ohes! Los muchachitos se embobaban hasta necesitar esponja para recoger la baba, viendo la falta de sostén de las turistas germanas. Las madres revolvían el valorado azúcar en medio de risas, subiendo las manos a la cara para sofocarlas. Los padres verificaban la dirección suroeste y la posición de la brújula.
‑Es allí!
‑No, un poco más a la derecha!
Finalmente, al ponerse de acuerdo, extendían los tapetes sobre el pavimento, y, haciendo abstracción, se postraban frescamente delante de algún Ford Galaxie.
El único taxi libre aún enarbolaba las banderas que significaban VAMOS A LA CIUDAD SAGRADA. Nasser y yo lo tomamos. Su familia no había venido a recibirlo.
Nasser Amer Abas Mahmud Abo Khames, de Giza, llegó cargado de devociones y paquetes que luego entregaría a sus familiares: pasacintas, televisor, relojes, zapatos, telas y utensilios de cocina...
Por el camino el expresó su deseo de detenerse y comprar pintura para la casa. Pero yo ya le tenía como sorpresa cuatro tarros, azul claro, rosado, negro y rojo. Además, recordando mi paso por los talleres de arte de Bogotá, le había dibujado un boceto de como debía pintar la fachada para celebrar el retorno de la peregrinación.
Era costumbre pintar el avión en el que se había hecho el viaje, la Piedra Negra, la Caaba y una que otra importante escena de algo acaecido durante la celebre excursión espiritual a una o a las dos ciudades, en esa época en que una sola oración pronunciada, valía por mil dichas en otro lugar y en otro tiempo.
Ya que la casita de Nasser daba contra el área de las Pirámides, lo más efectivo era pintarla de rayas azules y rosadas para que contrastara fuertemente con el amarillo de Keops y a los turistas no les salieran bien las fotos. Luego a la derecha se pintaría la famosa Piedra Negra con un rojo bien bonito. Un pasacintas u holocorter al lado izquierdo.
Las ventanas irían con un marco negro y en la parte inferior se pondrían flores tropicales, orquídeas, anturios y hasta de pronto un mango. Yo quería sugerirle una planta de cafeto, al fin y al cabo éste es originario de Arabia, donde precisamente fue descubierto cuando los pastores de las cabras que pastaban cerca de dichos arbustos, encontraron que aquellas estaban retozando alegre y desusadamente.
Los catorce miembros de la familia de Nasser salieron corriendo cuando el taxi embanderado apareció por la carretera que pasa al lado de la Esfinge. Las mujeres en la retaguardia corrían en cámara lenta para no adelantarse a los hombres. Abrazos, besos, pasteles y música, dulce té y felicitaciones efusivas.
Nasser procedió a la distribución de regalos, televisor para el papá, cinco metros de poliester colorido para la mamá holocorters y relojes con alarma para los hermanos, más una muy completa y brillante batería de cocina para la futura esposa que aún no conocía.
Egipto 1985
NASSER, ELLA Y YO
El Cairo
"Cuidadosa y lentamente cierro los botones de mi camisa hasta el cuello..."
Todas las mañanas al dirigirse a recoger su camello, Nasser pasaba frente a la casa de Ella y la miraba tímidamente, de reojo. Una que otra vez le sonreía mostrando sus dientes picados y entrecerrando sus ojos negros de muchacho nubio en el entusiasmo de la adolescencia.
Ella, completamente enmarcada en velos negros, lo miraba un poco, sin sonreír, sin decir ni sí ni no, ni siquiera talvez. Nada. Para nosotros occidentales acostumbrados a los signos y a las palabras, no había nada, nada carnal, nada romántico, nada, absolutamente nada. Yo me preguntaba por que, pero no tenía una respuesta clara.
Ella tendría unos quince años y unos ojos velados por pestañas enredadas. Sobre el resto no se podía saber mucho. Admiré una cultura que dejaba suavemente reposar el amor en las miradas. Evidentemente era más interesante aquella intriga, que la poca de las chicas que con las nalgas afuera se pasean ondulantes por las playas del Atlántico.
El hombre, seducido, curioso e inquieto seguía pasando mañana, tarde y algunas veces al medio día. Subido en la joroba de su camello se detenía frente a la ventana, prendía el pasacintas y daba una pequeña serenata sin esfuerzo: Mientras Oum Kalsoum cantaba Haabibi, el se fumaba varios cigarrillos Cleopatra, posando con las manos y elevando volutas de humo.
Un día, viernes, ella salió a la ventana con más tela que nunca. Nasser jamás había visto una mujer tan cubierta y recatada, definitivamente ya no pudo resistir por más tiempo. Esa misma tarde se peinó más de la cuenta y golpeó a su puerta. El padre salió a abrir. ‑Vengo a tomar té, si me lo permite,‑ dijo Nasser con más desparpajo del esperado.
El papá se lo permitió y Nasser le describió, sin exceso de detalles, su situación de hombre joven, soltero y sin vicios que fueran mayor cosa. Mencionó a la muchacha en la ventana y dijo que le gustaría casarse con ella. Termino su taza de té y sin haberla visto a ella de cerca, salió corriendo hacia la Oficina de Correos a telefonear a larga distancia.
A las dos semanas llegó toda la familia. La madre le dio el visto bueno a la muchacha. ‑Un poco flaca, pero sabe cocinar, -dijo.
‑Qué tan alta es? preguntó Nasser. ‑Un poco menos que tú, ‑contesto la madre, mientras Nasser se empinaba un poco.
Se hicieron todos los arreglos para la boda y se acordó que Ella tendría dos habitaciones en la casa, una para dormir y otra para sentarse. El trato se cerró con un collar de oro, una pulsera de plata y un anillo de padparacha para Ella; dos cortes de tela para la madre, las consabidas bolsas de azúcar y un marrano para el padre.
La boda fue simple, firmaron el registro y celebraron con fiambres al pie de la Esfinge.* Los novios se miraron furtivamente, los hermanos y las hermanas se codearon riéndose. Los padres mostraron estudiada solemnidad.
Al caer de la noche los cuatro hermanos encienden simultáneamente sus grabadoras, comprueban una vez más que la hora sea igual en los relojes y los hacen sonar con la música del Big Ben, la Marsellesa, Hey Jude y la Internacional, respectivamente. El padre sintoniza el televisor pasando por todos los canales, para convencerse una vez más, de que todos son en colores. La madre juega con los metros de poliéster ante el espejo y bromeando con el marido se tapa cada vez más y más con la tela, iniciando el nocturno ritual de la conquista. Mientras se admiran los regalos, la joven esposa mira las ollas con ojos tristes.
Arriesgando los celos de Nasser le guiño un ojo. Ella no entiende. ‑ Eso te pasa dizque por cocinar tan bien!‑ Mascullo en el más árabe de mis españoles, pero desde luego ella tampoco entiende. Me hago el propósito de aprender algunas palabras de su idioma.
Es tarde, me despido, los novios deben querer irse ya. Cuidadosa y lentamente cierro los botones de mi camisa hasta el cuello, desenrollo mis mangas y las abrocho. Para evitar los mosquitos, claro está. Nunca me había pillado a mí mismo haciendo movimientos tan aparentemente despreocupados y tan fuertemente intencionados. Siento que ella tambien me encuentra irresistiblemente sensual, pero tampoco dice nada. Nuestras miradas se estrellan violenta y momentáneamente.
Veo los pájaros de la noche cruzar el cielo. Recuerdo a la muchacha, pero no espero nada. Que puedo esperar? Pero no hay tiempo para lamentarse, ahora la vida será demasiado corta.
Estoy más triste que Lázaro el día en que oyó el famoso ... TATE Y ANDA, tan muerto estaba Lázaro, que no alcanzo a escuchar el comienzo de la frase que le dijo Jesús, en todo caso se levantó de un brinco y anduvo como se le había ordenado. Al estar fuera de vista se sentó a descansar y a lamentarse de haber abandonado el cielo. Allí había encontrado el amor y ahora le tocaba volver a la tierra a recomenzar de nuevo el peregrinar de la búsqueda.**
Eso es lo que hago ahora, lamentarme. La voz de la Esfinge‑madre me había interrogado durante largo rato: ‑Qué cuantas veces había llorado durante la última semana? Qué si mi corazón era de azúcar o de frutas insaboras? Qué si al barrer había metido el mugre debajo de la alfombra? Qué si alguna vez había orinado en un lavamanos?
La voz de la Esfinge‑madre retumba por doce altoparlantes. Está iluminada con destellos azules como parte del espectáculo de luz y sonido. Las pirámides están rojas. La música, las luces y la máquina de viento se van apagando. Las cáscaras y papeles hacen su entrada. Yo Ricardo Corazón, me quedo ahí plantado sin siquiera saber que cara poner.
Los turistas continúan chupando jugo de mango sentados en la terraza llena de sillas, ninguno de ellos sabe lo que pasa por mi cuerpo, mi cabeza y mi corazón, ni siquiera la Esfinge‑madre.
Hoy por ser viernes las explicaciones se dan en alemán.
Egipto 1985
Nota:
* La esfinge es una figura mitad humana y mitad animal, que pertenece a las mitologías griega y egipcia. Su nombre es griego y quiere decir "la estranguladora". La más famosa es ésta que fue construida durante la cuarta dinastía por el faraón Kefren, cerca de la segunda pirámide, en Gizah, junto a la entrada del valle del Nilo. La cabeza es humana y el cuerpo es el de un león echado. La figura tiene 72 pies de largo y 66 de alto. Un pequeño templo fue construido entre sus patas; cuando uno desciende al templo y mira hacia arriba, la cabeza se ve aún mas gigantesca, como un símbolo de poder.
** Ver Khalil Gibran, "Lázaro".
UN CAIRO PARA VIAJEROS
El Cairo
"He visto a Osiris mi Padre, he hecho sexo, he sentido el amor."
Descanso sentado en el borde del río. Debo tomar la vida con calma, no hacer más de una cosa a la vez. No pensar más de una cosa a la vez. No escribir más de una cosa a la vez.
El dios Nilo, "el río de la vida", ‑de cuyas crecidas depende la subsistencia del pueblo egipcio, ya que en está latitud no llueve, ‑está congestionado con los botes que durante el día suben y bajan repletos de fotógrafos aficionados y de arqueólogos en retoño, sentados al borde de las piscinas de metal.
Los extranjeros leen ávidamente cuanto resumen histórico han logrado encontrar, tan pronto en el Museo de El Cairo, como en el almacén de recuerdos del Hotel Oberoi Mena House, "su palacio en las pirámides", llamado así en honor de Menes o Mena el primer rey de la primera dinastía egipcia, de miles de años antes de Cristo.
Una inconfundible británica con aspecto de institutriz por el sabor de badea de su traje, garrapatea intensamente las márgenes de "El cuarteto de Alejandría" de Durrell, anotando las líneas donde ella se identifica con la heroína de las cicatrices de viruela en la cara; mientras tanto su marido, en calzón corto de cuadros, se traga cada verso de "El libro de los Muertos" con un sorbo de jugo:
‑"Viviré, viviré. Floreceré, floreceré.
Despertaré en paz. No me pudriré.
Mis intestinos no perecerán
Mi cerebro no morirá.
Ningún daño sufriré".
Las páginas de "Los coptos en el Nilo" desfilan lentamente en manos de un muchacho rubio sentado en el bar. El camarero le ofrece otro de sus tragos especiales. El color rojo amarillento de la bebida delata la presencia de la granadina y del inevitable mango.
Los ojos bizcos del mozo denuncian su origen copto, o egipcio nativo, esa raza de piel de un blanco‑cobrizo, pelo rizado, cubierto por turbante negro, y pupilas que se miran la una a la otra. Raza que desciende directamente de los faraones y ha ido tomando ciertas peculiaridades a causa de los matrimonios entre familia, costumbre ésta copiada de sus dioses, Osiris, el sol, estaba casado con su hermana Isis, la luna. Cleopatra estaba destinada a casarse con su hermano, pero como no la entusiasmara la cosa lo mandó encerrar y utilizó su inteligencia para seducir a Cesar y Marco Antonio.
En sentido estricto el termino copto hace referencia a raza y se dice que la palabra viene de la ultima parte de la palabra E‑gipto.
Pero ordinariamente al decir copto se está hablando de religión, los coptos fueron los primeros cismáticos que existieron, se separaron de la iglesia ortodoxa griega, antes de la ruptura final de ésta con la romana, son cristianos que no obedecen al Papa de Roma ni al Pope de Constantinopla, sino al Patriarca de Alejandría.
Antes de quedarse dormido en el bochorno de los cuarenta grados a la sombra el señor de los calzones de cuadros se toma el ultimo sorbo y exhala:
‑"He visto a Osiris, mi Padre
He hecho sexo, he sentido el amor
He amarrado mi barca en los lagos celestiales
Hago que las cosas sobre la tierra florezcan"
La frase cruza el puente del buque "Reina Nefertiti", pasa por la sala de fiestas, por los camarotes y la cocina. Alcanza la popa del "Emperatriz del Nilo" y así sucesivamente, atraviesa toda la hilera de barcos hasta saltar de la proa del último, el "Leyenda del Delta" y estrellarse contra las columnas de algún templo desocupado.
Por la televisión del bar vecino pasa el programa diario sobre el poderío militar del país. Tanques temblorosos surcan el desierto a manos de un camarógrafo vacilante. Los disparos levantan grandes polvaredas, pero no logran acallar el ruido de las fichas de dominó sobre las mesitas de juego puestas en la acera. Algunos aviones atraviesan el eléctrico cielo volando hacia atrás y hacia los lados. Los jugadores sienten la guerra tan lejana que no ponen atención a la propaganda bélica que se desliza sagaz y casi subliminalmente por los canales del Estado.
El doble seis parece bloquear el juego. Pero al rato surge un batallón de soldados que se ven como moscas al sol en el lente granangular que proyecta el aparato de T.V. ‑El contrincante responde con un recursivo seis tres. ‑Un Mirage grisoso es derribado y se va desenfocando a medida que cae. ‑Doble seis! ‑Los soldados festejan la victoria con la Marcha de Aída, ondean en sus manos banderas en blanco y negro y sonríen ante una cámara que no logra enfocarles los dientes de oro, aunque ellos orgullosamente insistan en ponérselos delante. Parecen a veces unos niños en uniformes de juguete. Nadie adivina la intención que puede haber detrás de estas proyecciones.
Los marineros han sacado la pipa de agua a la playa de arena y fuman pausadamente la shisha, tabaco aceitoso que mandan comprar al más joven en la droguería del pueblo. Sentados en trozos de cartón, tosen el transcurso de la noche y buena parte del día. La boquilla está conectada a la pipa por medio de un cable de extensión. Es pasada de mano en mano y cada uno la va limpiando con un ademán que hace rozar dos veces el brazo izquierdo. Luego el agua responde con un alegre glu glu a la inhalación pulmonar.
Envidia da ver la forma tan despreocupada como estos marineros y los ocasionales turistas que los rodean pueden tratar sus pulmones, los míos, desde la neumonía del invierno pasado, no resisten un ataque de éstos aunque desde luego no puedo negar que he continuado fumando, ya que al decir de los médicos, si suspendo me pongo más nervioso y eso sería contraproducente, sólo un despliegue de tranquilidad puede mantener mis defensas a la defensiva. Como en el ejército.
Cortas nubecitas de niebla artificial envuelven a los fumadores un instante y éstos adquieren un aspecto fantasmagórico como si fueran seres de otro planeta. El más viejo se encarga de remover los carbones rojos con una pinza metálica, cuando se olvida de tomarla, lanza exclamaciones defecatorias mientras aparatosamente se chupa los dedos quemados entre sorbos de saliva gruesa.
Una grabadora japonesa les sirve de acompañamiento musical, las canciones árabes, ya sean de la cuasi‑santa Oum Kalsoum o las del vagamente erótico Ahmed Adaueiya, contrastan en forma discordante con los ritmos nubios que llegan de los cafés de la plaza. Música repetitiva, sugestiva, que insiste una y otra vez en que "este es el corazón pulsante del mundo":
BAJALI, BALAL YEVAI BJALI, BALAL YVAE.
AL‑AHRAM, AL‑AHRAM, INUE, BAJAL‑I.
Los almacenes del puerto permanecen abiertos e iluminados con neón a toda hora. Los turistas inocentes regatean trozos de templo, orejas de la canasta de áspides de Cleopatra o restos del tocado de Nefertiti.
‑Son reliquias autenticas de toda autenticidad, ‑insiste cada vendedor mientras dirige miradas furtivas a lado y lado. Pero los que quieren ser engañados se dejan engañar a sabiendas, con tal de salirse con el objeto deseado, ya que a su vez embaucaran a sus amigos de regreso a casa.
Yo solo los embaucaré con mis relatos.
El Bazar parece cerrado. Pedazos de cartón cubren las vitrinas. La canción acerca de Haabibi se escucha lejana, unos 350 metros. Me dirijo a la luz que brilla como una estrella profética y de neón. En un rinconcito está el vendedor mirando el oficio religioso por televisión.
El pasacintas, holocorter como lo llaman ellos, cosa extraña, está apagado. Centenares de frascos cubren las paredes. Algunos podrían ser antiguos. Otros son imitaciones descuidadas. Letreritos escritos a maquina indican el contenido:
ATADO DE ROSAS, JAZMÍN DE PERSIA, JAZMÍN DOBLE, FLOR DE LOTO, LAVANDA. VIOLETA, HELIOTROPO, GARDENIA, NARANJA, REINA HARASSU, OMAR KHAYAIM.
ESENCIA ÁRABE, REINA CLEOPATRA, NOCHE DE NAVIDAD, CINCO SECRETOS.
AGUA DE ALEJANDRÍA, FLOR DE SAKARA.
En cuanto a esencias se refiere, soy de poca nariz, me gusta oler la naftalina, la guanábana o alguna que otra fruta exótica, me gustaría oler la Osa Polar. De todas maneras compro un poco de Narciso que diluyo en Ginebra. Se supone que es un trago bueno, pues en Inglaterra el jengibre en alcohol se consideraba un remedio para los males de los riñones, adicionado de narciso debe producir una orina perfumada que ya estoy anticipando conocer.
Me recreo mirando el color y la textura pastosa y blancuzca de la bebida. Mi decisión es gozarlo todo, absorbiendo totalmente lo que me rodea. Bebo y comienzo a sentirme más fuerte, con más sangre y menos azúcar disuelta en las venas. Soy dueño de mi destino y de mi cuerpo, sin embargo, poco acostumbrado al alcohol y más en este tiempo de debilidad en que me encuentro, al terminar el vasito caigo de narices al suelo, desmayado.
SOBRE EL ESTABLO
Belén
En el establo, lámparas de aceite iluminan la entrada del lugar subterráneo. Es algo así como una cripta forrada en mármol. En una esquina hay una estrella de plata incrustada en la piedra jaspeada. El centro de la estrella es un círculo de cristal a través del cual se ve la tierra.
Besar la áspera superficie del vidrio mismo cuesta una libra en limosna al monje que custodia el sitio. ‑"Para el mantenimiento y las misiones", ‑dice con sus ojos ortodoxos. El vidrio es dulce, con el sabor a caramelo doblemente milenario de quién sabe cuantas monjas, embajadores y peregrinos. Saboreo todo el arpegio de salivas cristianas que se han ido acumulando hasta formar cristales sobre la superficie. Por rozar el hocico de trapo del leoncito de peluche que me acompaña cincuenta "agurra" solamente.
Luego de cruzar un pequeño puente de madera construido sobre un riachuelo, se llega a un edificio moderno, de concreto y con techo de metal corrugado, en el estilo de los nuevos asentamientos israelíes. "HOSPEDAJE PARA JÓVENES", se lee a la entrada.
Entro, a la izquierda queda la oficina. Un grupo de gentes, pasaporte en mano, hace fila frente al escritorio. Llaves numeradas cuelgan de un trozo de madera de la pared. Además hay un carrusel de tarjetas postales, mapas y una máquina automática de bebidas gaseosas ‑recuerdo del paso de ya sabemos quienes‑. Maletines, morrales y sacos de dormir enrollados cubren el suelo.
Cruzo hasta el patio, según mi Guía Turística, la placa conmemorativa debe encontrarse en la esquina suroeste. Logro orientarme por medio de la estrella de Belén que realmente refulge en el firmamento del atardecer. Sonrío al comprobar que no es de papel de aluminio recortado sino una estrella de verdad. Encuentro la placa metálica bajo una hilera de impermeables y bolsas de plástico no reciclable.
SE HACE CONSTAR QUE EN ESTE MISMO SITIO SE LEVANTABA LA POSADA KIM HAM, LUGAR EN EL CUAL JOSÉ Y MARIA SE ALBERGARON LA NOCHE EN QUE NACIÓ EL MESÍAS CRISTIANO.*
Sigue el nombre del director general de los hostales, el del Patriarca Máximo de Jerusalén con todos sus títulos y una fecha que no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que según los estudiosos de la materia el nacimiento de Jesús no fue en el año que correspondería al primero nuestro, sino al cuarto. **
Se cuenta que José y María no habían hecho reservaciones así que aunque golpearon en cinco posadas, todos sus esfuerzos por encontrar albergue fueron vanos y eso que en aquella época se recomendaba "dar posada al peregrino".
Pero la realidad es que así trata Dios a los que ama, incluyendo a su propio hijo, y el dolor no viene de la patada de Dios, "el dolor es el abrazo de Dios que nos llama", como dijo ya no se que poeta.
En aquel entonces había muchos viajeros en Belén por aquello del censo y solo los que habían tenido la precaución de avisar con antelación, podían encontrar alojamiento.
Cuando ya la pareja comenzaba a desesperar, José vio otra de esas linternas rojas que los posaderos colgaban a la entrada de sus establecimientos para guiar a los viajeros, ‑linternas rojas que con el tiempo adquirieron otra connotación. La pareja cruzó la pequeña quebrada y se dirigió hacia la luz. Toscos caracteres arameos indicaban el nombre de la posada: Kim Ham.
Otro letrero escrito sobre un pedazo de madera informaba que los viajeros de escasos recursos podían dormir gratis en el patio. Desafortunadamente todas las habitaciones estaban ocupadas. José imploró a Gobrial el posadero, para que al menos les diera una cama ya que María estaba cansada y se encontraba a punto de dar a luz. Sara, la esposa de Gobrial salió a ver lo que sucedía. Miró a José y a María y dijo:
‑Nos gustaría poder ayudarles pero no nos queda nada libre.
‑Acepta entonces que mi esposa de a luz aquí sobre el suelo? ‑ la retó José.
‑Pensándolo bien, ‑continuó Sara sin oírlo‑ tenemos un pesebre bastante cómodo y caliente con agua clara y heno recogido la semana pasada. Sería un buen refugio del frío y si sale alguna habitación libre, ustedes tendrán prioridad para trasladarse.
José y María se dirigieron al establo. Este era una especie de cueva natural de doce metros de profundidad, cinco de ancho y tres de alto. En su interior no brillaba luz alguna pero el débil reflejo de los faroles de la posada alcanzaba a filtrarse por el portal. José distribuyó la paja formando un lecho para María contra la pared interior.
A los pocos minutos apareció la figura regordeta de Sara que traía de su propia cama una sábana de lino y una almohada que ofreció a María.
La caverna estaba dividida en dos partes, una servía de comedero para las bestias y la otra de establo durante el invierno, pero aquel año solo quedaban un buey y un burro.
José amarró su propio asno y se dispuso a arreglar su lecho cerca de María. Se acomodó contra el buey buscando el calor del cuerpo del animal.
Pasada la media noche, en la madrugada del domingo 25 de diciembre del año cuatro, mientras la lluvia caía, el viento rugía y la temperatura bajaba rápidamente, empezaron los dolores de la labor. Cuando José salió a buscar una partera notó que la naturaleza había cambiado. Todo estaba rodeado de silencio, como si hubiera caído una capa de nieve que acolchonara los sonidos, a pesar de que aquel no había sido un invierno blanco en Belén. Las pocas personas que transitaban por las callejuelas se habían detenido y parecían suspendidas en el tiempo. Todos miraban una extraña luz blanca que rodeaba el caserío.
Existen muchas leyendas acerca de las cosas maravillosas que ocurrieron esa madrugada. Una de ellas cuenta cómo se detuvo de pronto el movimiento, los pájaros quedaron en el aire con las alas extendidas, las ovejas se congelaron en el acto de mascar yerba, las vacas se detuvieron con el cuello estirado en actitud de beber. Todo quedó en silencio e inmovilidad.
José halló una partera en una de las posadas y la llevó al pesebre. Al entrar se sorprendieron al ver a María junto al niño que dormía profundamente. José se arrodilló, tal cuál como lo ponemos en los pesebres. En cuanto a María que yacía acostada, solo se la ve así en los frescos de las capillas escandinavas. Nuestra cultura greco‑romana moralista no admite algo tan natural como una mujer acostada después de dar a luz.
La partera, Ruth de nombre, preguntó a María cómo había podido dar a luz sin ayuda. La nueva madre la miró sonriente sin decir nada. Ruth salió a contar la noticia a todos sus amigos y conocidos. Entre ellos estaba Salomé, la partera jefe del poblado. Salomé vino y pidió a María permiso para examinarla. Sus dos manos se secaron instantáneamente y ella gritó: ‑Perdón! perdón! ‑María hizo que sus manos se curaran. Salomé quiso salir del establo pero un ángel que se encontraba en la puerta le ordenó devolverse y permanecer al servicio de María.
Sobre el lugar donde transcurrió todo esto está situado el Hospicio donde me estoy alojando y es fácil sentir esta historia respirando su aire enrarecido y frío.
SUEÑO BÍBLICO
Belén
"Las lágrimas de la mujer cayeron sobre los pies del hombre"
La noche se desliza quieta y callada y solo el fuego que sale de una hoguera rompe la tranquila oscuridad. El silencio es quebrado súbitamente por las pisadas de dos bandidos que salen de las tinieblas y se lanzan sobre la Sagrada Familia. Uno de ellos registra a José y a María. El otro esculca dentro de la bolsa que lleva Salomé la partera. Gracias a Dios (!), María había escondido en su sandalia las monedas de oro que los Reyes Magos le habían regalado al Niño junto con el Incienso y la Mirra.*
Los ladrones se llevaron todo lo que pudieron, ropa vieja, unos pedazos de pan, dos pocillos de barro, una olla y un poco de sal y se perdieron en la oscuridad de donde habían salido.
Al rato, uno de ellos, Tito de nombre, sugirió a su compañero devolver el botín ya que este carecía de valor, y se devolvió hacia el grupo: ‑He venido a devolverles esto, pues ustedes necesitan la ropa para proteger al niño del frío, estos pocos pedazos de pan para sostenerse durante el viaje, y la sal que impida el sudor excesivo y la sed. María le agradeció dulcemente como solo ella sabía hacerlo.
Su actitud despertó la curiosidad del ladrón que apenas tenía veinticuatro años. ‑Cómo es que gente de bien escoge las horas de la noche para viajar? ‑pensó para sus adentros. Y pidió permiso a José para acompañarlos parte del camino y protegerlos de otros bandidos, pérfidos de verdad, que merodeaban algunos kilómetros hacia el Sur. José se negó inicialmente pero fue tal la insistencia y tan grande la sonrisa de inocencia del joven que finalmente María dijo:
‑Déjalo que nos acompañe, Dios nos protege y sus ángeles nos conducen a lugar seguro. ‑Tito se sorprendió tanto al oír esto que uno de los músculos de su nuca se entumeció, haciendo que su cabeza girara automáticamente y sus ojos se encontraran con la iluminación divina, alrededor de la cara del Niño Santísimo. El mal desapareció instantáneamente de sus entrañas y comenzó a tener gran respeto y reverencia por la Sagrada Familia.
Un lobo aulló en la lejanía. Tito pidió permiso a María para cargar el Niño un rato y así santificarse. Pero María que aún desconfiaba de todo movimiento, frase y pensamiento no expresado por parte del bandido, se negó.
El hombre continuó caminando al lado de ellos y cuando los primeros rayos de sol aparecieron sobre el desierto notó que el Niño sudaba profusamente y rogó a María que le dejara secar el divino rostro con su pañuelo. La Virgen accedió y el joven se apresuró a prestar el pequeño servicio. Para maravilla suya descubrió que el sudor era fragante y de una dulzura inigualable. Se dio cuenta entonces de que estaba en presencia del Mesías y continuó repitiendo su acto de humildad a lo largo del viaje. Cada vez exprimía cuidadosamente el pañuelo dentro de una botellita de vidrio.
Tito se despidió al llegar a Farama (a unos veinticinco kilómetros de Port Said), se alejó beatificado y llevando seis gramos de perfume sagrado. Cuando su figura casi se perdía en el horizonte, Jesús miró y supo: "Estos dos ladrones serán un día puestos en la cruz a mi lado. Este estará a mi derecha y ganará la gloria, el otro perecerá".
Me despierto con las siguientes preguntas: Quiénes fueron esos bandidos ? Qué paso más tarde cuando Cristo fue crucificado? Qué sucedió con la botellita de líquido fragante o sudor del Divino Niño?
Definitivamente las tramas de los tiempos bíblicos eran mucho más interesantes que las de las novelas de hoy. Tito era nada menos que hijo de Caifás y fue secuestrado cuando tenía dos años por el malvado Dímaco, que quería vengar la muerte de su esposa a manos de los soldados romanos. Dímaco crió a Tito como si fuera su hijo y por lo tanto le enseñó todo lo necesario para convertirse en asaltante.
Pasaron los años y Tito empobreció y hubo de vender la botella del sagrado aroma a un comerciante de perfumes de la ciudad. Después de muerto el hombre, su hijo heredó el frasco. Sabiendo que contenía las preciosa gotas del sudor del Niño Jesús, resolvió guardarlo hasta el final de sus días. Amaba tanto el perfume que el tenerlo lo hacía muy feliz, pero necesitado económicamente se vio obligado a vender el divino enjuague y la compradora fue una mujer de mala reputación.
El hombre puso el perfume en una caja de alabastro y obtuvo treinta denarios por él. La mujer lo recibió con gran alegría, reconoció al punto su valor celestial y lo llevó consigo en su visita a casa de un rico fariseo. Jesús había sido invitado a cenar allí, más por curiosidad que por gentileza del fariseo, quién sencillamente quería ver qué clase de hombre era ese, acerca del cuál se contaban tantas historias y de quién se decía que se mezclaba con prostitutas y bandidos.
La mujer entró protegiendo celosamente el alabastro contra su seno. Se detuvo frente al almohadón sobre el cual se hallaba reclinado Jesús. Erguida allí, con el precioso aroma entre los blancos brazos, dos lágrimas de amor brotaron de sus ojos. Las gotas de la mujer cayeron sobre los pies del hombre. Ella se inclinó, los enjugó con su pelo y los perfumó con el sudor de la caja de alabastro. Besó sus plantas más de una vez. El frío ojo de Simón el Fariseo se había percatado de todos estos aconteceres. Su corazón se lleno de recelo: ‑"Si aquel fuera el verdadero Mesías no dejaría acercarse a tal mujer. No sabía acaso que era una pecadora?"
Los fríos ojos hundidos de Simón el Fariseo, inexpresivos y huecos como la OPEP, continuaron juzgando el mundo. Pero su voz fue perdiendo volumen y luego se desvaneció como una fatamorgana que se alejara en un Rolls Royce, para nunca más volver a aparecer.
Nota:
*El bálsamo o mirra es una resina aromática que fluye de ciertos árboles y se espesa al aire. La variedad más común en Egipto y en el Norte de Africa es el Balsamodrendop Commiphora Myrrha. Es de uso medicinal para curar heridas y quitar el dolor.
EL DESIERTO
Jerusalén
"Los rayos del sol comienzan a iluminarlo todo, haciendo que
las puertas se abran..."
Como el hospicio donde me he estado alojando cierra durante el día, a los extranjeros nos levantan sin compasión y sin gracia a las seis de la mañana. Media hora más tarde, camisa blanca y corbata vinotinto arrugada, me encuentro en la puerta del edificio. La maleta con rueditas en mi mano izquierda y la Guía Turística en la derecha.
Esta Guía es algo diferente de las que bien conozco de Barcelona, Berlín o Copenague que se expanden en direcciones de señoritas alegres que despliegan diversas actividades nunca imaginadas en el más perverso y refinado de los sueños: Superavanceret, pikant, bizarre, tortur, a la carte: Supersadisten Nymfa. Stripomani, transvestisk, ad libitum, 2/1: Miss Vandala.
En la Guía de Egipto he leído las leyendas que circulan, con la indicación de los lugares donde es posible que suceda algo maravilloso. He encontrado las historias de un pasado tan viejo, que data de milenios antes de Cristo, y su relación con el presente. También se explican las diversas formas con que una buena cantidad de habitantes vive de vender el pasado, recorrerlo, contarlo, cantarlo, iluminarlo, limpiarlo o ensuciarlo, en fin, para gloria y regocijo de los turistas de todas partes del mundo.
La ciudad va despertando como lo hacen todas las ciudades históricas, lentamente y a sabiendas. Alguien describió cómo los rayos del sol comienzan a acariciar las piedras de las murallas haciendo que las puertas se abran. El domo de la mezquita principal se enciende y perezosamente trasmite su luz a las cúpulas de templos, iglesias y sinagogas. Están reunidas en un mismo lugar muy diversas maneras de adorar a Dios, que no es propiedad exclusiva de ninguna religión. Pero ninguna de estas formas oficiales es superior a la del pastor que salta de un lado a otro del riachuelo, mientras los hombres se burlan de él, pues él sabe que su alegría es una alabanza que debe agradar a Dios.
Los mercaderes sacuden sus tapices, copias modernas de la alfombra voladora, se cuelgan rosarios de madera de Olivo, blusas hechas a mano en Jaffa, tocados beduinos, etc. y comienzan a perseguir a los viajeros con miradas que no se despegan y manos insistentes. Inútil decirles que no con la cabeza porque en su cultura ese movimiento quiere decir sí. Si uno va a comprar algo debe regatear interminablemente ofreciendo una décima parte, o cuando mucho, la mitad del valor pedido. Si no se piensa comprar debe alistarse a aflojar al menos una moneda.
Los comerciantes instalan enormes altoparlantes que no dejarán oír las repetidas llamadas a la oración que el Imán grita mientras da vueltas alocadas encaramado en el minarete. Las iglesias comienzan a oler a incienso y las calles a pastel de almendras con miel.
Escucho el sonido de cobre que anuncia el paso de un vendedor ambulante de café. Al pedirle uno, me entrega la tacita que lleva colgando del cinturón. Descorcha el barril que carga a la espalda y hace lo que parece una venia. Entonces el líquido traza un arco sobre su cabeza y se emboca justo en el recipiente que sostengo en mis manos. Los ojos expectantes del hombre me hacen beber el dulce y espeso brebaje apresuradamente. Luego me ofrece un vaso de agua para asegurar el paso de la tintura por los riñones y demás recovecos y tuberías.
Algún mercader amarró sus bestias en la recepción del Hotel Colombia, el alojamiento más barato de la ciudad y el único cuya ducha instalada sobre el techo -y al aire libre‑ tiene vista sobre la ciudad y viceversa. Así Jehová, Ala y Papá Lindo se entretienen mirando sus creaciones enjabonadas bajo los rayos del sol. Un grupo de turistas holandeses espera impacientemente que el administrador termine su postración sobre el mantel de la mesa para poderse desayunar.
Grupos de niños merodean frente a una pastelería donde compro un baklava tan jugoso y pegotudo que el almíbar me rueda rápidamente por la barbilla y brinca a la corbata. Esta queda completa, sobre arrugas, melote, pero hoy quiero andar elegante, es 5 de Enero día de mi cumpleaños.
En el barrio judío escucho la entonación secreta, aquella que solo los más osados se atreven a pronunciar, pero que en las fincas cantábamos a voz en cuello acompañados de ollas y cucharones en la novena del aguinaldo. "Shme Yisrael Adonai Elojainn, Adonai Ejad".
Una puerta entreabierta me permite ver a una anciana de muy pocos kilos, moribunda y rodeada de sus familiares recién desempacados de la Diáspora, -que no es el nombre de un trasatlántico sino el meticuloso desmembramiento del Pueblo Escogido por Dios‑ sobre la superficie convexa del planeta.
La mujer ha venido para que su última exhalación sea en su tierra, para que las gotas de agua con que su hijo le moja los labios sean de su río y para que su cuerpo sea enterrado en la parcela propia.
‑"Adonai Sagrado" invocan una y otra vez pronunciando imprudentemente el nombre de pila de Dios.
En la cuadra siguiente los peregrinos regatean con los vendedores de incienso y objetos religiosos. Nubes de sándalo, mirra y Lucky Strike flotan sobre los mostradores que exhiben botellas llenas de agua del Jordán, del Eufrates o del Mar Rojo. También hay latas con aire de Palestina, talegos de tierra de Tierra Santa y trozos de madera de Olivo. Todo debidamente empacado para ser enviado por correo al exterior. Los amigos y los familiares que no pudieron viajar, pueden recibir lo que quieran por piezas y por entregas.
‑Cincuenta es demasiado, le doy quince. ‑Una norteamericana discute el precio de una talegada de tierra con un comerciante árabe.
‑Quince! Está loca?
‑Dieciséis entonces. ‑Finalmente llegan a un arreglo y la mujer envía la tierra a Nueva York por entrega inmediata. Sin salir de su apartamento en el Bronx el padre de la muchacha podrá tener una matera de tierra prometida.
Halando la maletica y con la corbata empegotada salgo de la ciudad y emprendo la ruta del desierto. Por si las moscas exhibo sobre el pecho una temible cruz cristiana, comprada en el mercado después de que perdí la mía de oro, el mismo día que perdí mi libreta de teléfonos y las instrucciones de los remedios que traía. (Desde entonces me tomo dos pastillas para la digestión, distintas y opuestas por lo que pueda suceder, y no le escribo a nadie).
Los niños de un caserío paran sus juegos y comentan mi paso en palabras árabes. Uno de ellos se me acerca y toca la sufriente figura del Cristo clavada en el pedazo de plástico y sale a perderse horrorizado.
Medias lunas musulmanas dominan el paisaje desde las mezquitas pintadas de blanco. Una estrella de David se pasea ondeando en la bandera de un camión. El niño, atragantado de símbolos de todas las religiones, corre a llorar junto al horno donde su madre prepara el pan. La madre, el calor del horno y el pan son más seguros que la calle con todos sus emblemas.
La carretera es polvorienta, larga y caliente. Logro llegar hasta una heladería. El helado se me desliza tan suavemente por la garganta, que decido comprar una docena para el resto del viaje.
Hoy es jueves día del mercado de camellos. Mi paso es celebrado por cagajones y exclamaciones digestivas al internarme por entre las patas de caucho de los aburridos rumiantes. Las mujeres nómadas decoradas con monedas de oro hasta la nariz y envueltas en cortes de tafetán negro se entretienen contándose los últimos chismes del desierto.
Los maridos regatean precios aquí y allá. Al darme cuenta de que el valor de los camellos no sale en el periódico en la columna de la Bolsa, entiendo por que los hombres se demoran tanto en cerrar cada negocio.
Una alemana se emociona al ver mi ropa,‑ la que uso siempre desde que Ella la admiró, ‑y me persigue empeñada en que le pose con mi maleta de ruedas al lado de un árabe que fuma una pipa de agua. Un almacén de carros Fiat en el centro del mercado hace las delicias de los fotógrafos interesados en el tema "contrastes".
Atravieso el desierto hasta el mar y sigo la ruta que tomaban las antiguas caravanas. Los platos de comida de un poblado desierto siguen intactos desde el día en que sus habitantes escaparon a un bombardeo. Lentejas tiesas y pedazos de pan con los que se podría martillar un clavo en una pared de granito colman las desordenadas mesas. Hay tambien gran cantidad de zapatos olvidados bajo las sillas y en la playa una sandalia rota. Un monje ortodoxo sale de un monasterio en ruinas. Es el único habitante del poblado y aparentemente vela para que los turistas no irrespeten el lugar.
‑Biblioteca! ‑ digo a manera de saludo, depositando mi confianza en una de las pocas palabras de origen griego que conozco.
‑? ‑ me contesta él, acariciándose la larga barba negra.
‑Talvez discoteca o pinacoteca entonces!
‑?
‑Euforia, eutanasia, eufemismo, euritmia, pseudónimo!
‑!
Le ofrezco un helado tan derretido que al ponerlo en su mano le comienza a rodar por entre la manga y el hábito y le empegota el codo y todo lo demás. Me mira la corbata con la misma pesadumbre que su manga, pero se mantiene imperturbable sin que le tambalee su alto gorro negro. Supongo que la inclinación del gorro debe dar la medida de la perturbación. Me gustaría quedarme con él en el monasterio lleno de paz, pero no da pie, ni siquiera da la mano. Decido entonces despedirme dándole un susto y grito:
‑Mañana van a electrocutar a Electra y a arrestar a Orestes! ‑Y salgo corriendo tirando de mi maletica de ruedas, sin mirar atrás.
Como medida preventiva voy recitando las cuarenta y dos confesiones negativas: "No cometí fraude contra los hombres. No atormente a la viuda. No mentí ante el tribunal. No sé lo que es mentir. Nunca impuse a un jefe de trabajadores más trabajos de los que podía hacer. No fui indolente. No fui ocioso. No le hablé mal del esclavo a su amo. No provoqué el hambre. NO HICE LLORAR. No he matado. No tuve ganancias fraudulentas. No espigué en mies ajena. No falseé el equilibrio de las balanzas. NO CORTE UN CANAL. No quité la leche de los labios del recién nacido............ soy puro, soy puro, soy puro!"
Y me alejé por el desierto haciendo las comparaciones con los mandamientos de la Ley de Dios, o Ley Mosaica, que nos enseñaba en el Catecismo Astete la Señorita Berta del Colegio Helvetia de Bogotá. Los coptos son un poco más precisos.
LAS PIRÁMIDES
El Cairo
"Los jóvenes escalan sus flancos irrespetando cada una de sus hendiduras"
Las tres pirámides, consideradas dentro de las siete maravillas del mundo antiguo, quedan en la mitad del desierto que hay en el centro de la ciudad, en la Necrópolis de Memfis, ciudad que fue la antigua capital de Egipto unos tres mil años antes de Cristo. Por una alegre coincidencia turística, las tres principales pirámides, presentan un único ángulo desde el cual pueden ser retratadas, sin que se vean los desperdicios, sonidos y olores que llegan hasta las bases de piedra y se meten por las entradas de los largos pasadizos, engañosos muchas veces, que conducen a las tumbas de los faraones.
Huelo orines en la Pirámide del faraón Keops, el monumento más grande del mundo, con tres millones de metros cúbicos de piedra y que cubre trece hectáreas; su nombre es Khufu según los egipcios, fue construido en veinte años con el esfuerzo de cien mil hombres, que trabajaban cantando en un acto de sumisión y amor a su rey. El mismo Keops la llamo Khut, que quiere decir "la gloriosa". Pero no se llama así una discoteca de Bogotá?
Huelo chorizos en la de Kefren o Khafre, la pirámide funeraria del hijo y sucesor de Khufu que la llamo Ur, esto es "la grande".
Y huelo garbanzos en la del faraón Mikerinos, sobrino de Kefren, quién llamo a su pirámide Her, que significa "la alta", aunque es más baja que las dos anteriores. Interesante paradoja psicológica, que debió tener su influencia.
Las otras seis más pequeñas, me dejan insensible, ni siquiera huelen. Camellos, burros, taxis y buses rodean a Keops, la más apetecida de las tres, ya que en el vértice aún conserva algo del alabastro que la cubría, y que fue desprendido por los romanos en su invasión.
Los jóvenes escalan sus flancos irrespetando cada una de sus hendiduras y rajaduras. Ella no se da por aludida, ni siquiera se sonroja. No en vano fue llamada la gloriosa, tampoco se inmutó cuando los militares franceses de Napoleón le dispararon, lo mismo que a la Esfinge Madre.
Un muchacho echado en la escasa sombra del medio día, grita:
‑Ven hermano, ven aquí al fresco y fumamos, ven y veras...
‑Bienvenido señor, ‑dice una niñita, ‑un sombrero? A dólar el sombrero, seis sombreros cinco dólares, ocho sombreros por seis, doce por ocho. Mire el dorado que lindo, azul o rojo, veinticuatro por doce.
‑Sabes cuanto vale el camello? Ven que hoy estoy muy deprimido, déjate llevar y veras que bueno, ‑continua el muchacho, ‑Tienes dinero? Si? Compra mi camello, cómprame a mí.
Me he puesto tapones en los oídos y no oigo nada. Un muchachito cargando un balde de metal me sigue de cerca hace media hora. Son popsis. ‑Está esperando a que me de sed, ‑me digo y mi lengua se queda pegada contra el paladar. De reojo y con una ternura infinita miro las botellas cubiertas de hielo.
Encuentro diez centímetros de sombra en la pirámide de Keops. Aparto los cagajones con el pie y me siento. Treinta y siete moscas aterrizan en mis orejas. El balde de gaseosas se instala frescamente a escasos dos metros. ‑Pues no me va a dar sed, ‑me digo.
Contemplo a Kefren que se yergue sobre una colina, empinándose para verse como la más alta de las pirámides. Ella calla, haciéndose la misteriosa e interesante.
Giro la cabeza al oír un llamado: ‑Mister! ‑Una boquita de quince años quiere incitarme con palabras árabes y gestos que arrugan su ropa. No se por qué Dios permite que el diablo atormente a sus criaturas.
"Por que Dios permite que el diablo atormente a sus criaturas".
Tomado del libro "El Amor Mágico", editorial Plaza de Mercado, Barbosa, Antioquia:
1. Para que el hombre obstinado en sus culpas sirva de terror y ejemplo a los otros hombres.
2. Para que los que no sean totalmente malos reciban castigo, en este mundo, por las faltas que cometen.
3. Para que el que se vea hostigado por el demonio trate de reconocer a Dios y de humillarse ante El.
4. Para castigar las faltas leves y procurar la enmienda.
5. Para que los hombres se corrijan, viendo por sí mismos la verdad de la justicia divina.
6. Para que se pueda apreciar el gran poder de Dios.
7. Para aumentar los merecimientos de las criaturas viciadas, volviéndolas al buen camino.
8. Para purificarse más en todo sentido.
9. Para que las criaturas tengan el purgatorio en vida y se corrijan viendo que de muchos males pueden salir muchos bienes.
ESPEJISMO DE SAN JORGE
Desierto
"El muchacho con un balde de hielo lleno de gaseosas me ha perseguido hasta el borde del desierto".
‑Espero el signo de San Jorge en los cielos para armarme de valor y comenzar el ataque contra un ejército de infieles. Guerra Santa. Oteo desde el pie de una muralla, mientras mi armadura brilla como hierro martillado y una enorme cruz roja en mi pecho hace honor a San Jorge, el santo patrono.
Después de la refriega, cuando los caballeros vuelvan a sus casas, exagerarán los actos del santo más allá de lo imaginable, lo llamarán Suprema Personificación de la Victoria, el más Blanco de los Santos, más poderoso que los reyes y tan omnipresente y famoso como Dios. Se convertirá en el santo de moda, los hombres vestirán y actuarán como él, las mujeres gemirán y se escurrirán indefensas a los pies de bronce de sus estatuas. Al sacarlo de la tumba, el más importante de los emperadores guardará su corazón y lo adorará más que a su emperatriz. Sus fuertes brazos irán a Inglaterra, algunos dedos a Irlanda, otros a los Países Bajos donde los mejores artífices los vestirán con anillos de oro de brillantez asombrosa.
Encajadas en plata enjoyada sus piernas irán a Italia, la izquierda se verá enhiesta en Milán y la derecha yacerá en Pesaro. Un altarcillo de influencia árabe exhibirá su cabeza al pueblo español. El Zar recibirá el ojo izquierdo como muestra de aprecio, mientras que el derecho quedará en su pueblo natal de Lydda en Palestina. El Papa pedirá consejo a su lengua en el Vaticano, hasta el día en que en un acto de irrespeto, un monaguillo distraído se la tragará creyendo que es un chicle comenzado.
Al caer la tarde se me aparece el santo volando sobre la muralla, en un corcel de bronce, mil y mil caballeros de fantasía lo siguen en jumentos metálicos. El penacho y la cimera de plata del jefe celestial refulgen en el firmamento infiel.
‑"Pónte tu traje blanco de lino, monta en tu corcel. Atraviesa las nubes a la cabeza de un ejército de artificio. Volando sobre las murallas enemigas ayudarás en la exterminación. Yo soy San Jorge, el campeón intrépido. Mis huesos están torcidos, mi cabeza es de metal."
Y las variadas personalidades del santo se van revelando como un abanico en el espacio: Patrón de armas, caballería, jinetes, herreros, marineros, campesinos, cazadores, pescadores, talabarteros, mujeres y niños indefensos, débiles e inválidos, el Santo que se debe llamar en caso de lepra, sífilis, peste, cólera o sida. Útil contra las tentaciones del diablo, la influencia de las brujas y las mordeduras de serpiente. Irremplazable en naufragios, esterilidad y soltería. Todo esto sin olvidar el aspecto romántico de su figura de caballero galante.
Por la apertura de un torreón en la muralla aparece de pronto Ella, esa mujer de mirada de gacela, personificada en la pálida princesa que San Jorge salvó de ser engullida por el terrible dragón. Mi amor surge ante la misteriosa figura y aumento mis oraciones para que el milagro se prolongue en el tiempo. Puedo imaginarla el día en que es entregada al dragón para aplacarlo, cargando en sus brazos un carnero blanco signo de su doncellez, los pies cubiertos con las flores que su familia había esparcido vanamente, tratando de esconder la cadena que la unía a una roca a la orilla del mar. La fragancia de su pelo imaginado en la brisa, llega hasta mi posición al pie de la muralla y se ahoga en mí sin sentimiento de culpa. Quiero amar a la princesa, quiero amarla a Ella, allí junto a la muralla o sobre la roca a la orilla del mar. Estoy dispuesto a arriesgar lo que me queda de vida para liberarla de cualquier dragón, de cualquier monstruo del pecado y de la muerte que salga de las profundidades marinas para arrebatarle primero su carnero de los brazos y después su vida inocente. Ella parece escudriñar el campo de batalla desde el torreón, sus pupilas recorren el horizonte, luego se detiene en la cruz roja de mi escudo y finalmente nuestras miradas se unen en un abrazo de pasión.
De la misma forma que la armada celestial de caballeros etéreos dirigida por San Jorge, los soldados terrenales nos aprestamos para el ataque de la ciudadela. El aire se detiene y los pabellones caen lánguidos y empolvados. "Muerte a los infieles." Un coro de rezos cristianos se eleva para confundirse con las trompetas que anuncian la batalla y con las oraciones que emanan de la ciudadela. ‑"Alá es el único dios y Mahoma es su profeta". Arriba en los cielos el Santo refulge aún más que el sol encegueciendo con sus rayos a cristianos y musulmanes.
En vez de quedarse en su casa, esperando la fría mano huesuda, San Jorge decidió obedecer la profecía y salir al mundo en su busca. Ya había dicho el adivino en su nacimiento: "Sufrirás siete años, ‑éste es el número clave, ‑morirás y resucitarás tres veces, ‑el número simbólico, -pero solamente a la cuarta muerte entrarás en el paraíso". ‑"Una vez fui decapitado, la segunda fui cortado en pedazos, en la siguiente hube de beber plomo derretido y mis intestinos fueron echados a los perros mientras yo colgaba de una cruz al rojo vivo. Cada vez un ángel del Señor venía a devolverme la vida, meticulosamente rescataba cada una de mis partes y reconstituía mi cuerpo. Igualmente me daba ánimo para no flaquear ante los torturadores romanos. A mi cuarta muerte no vino el ángel. Mi cuerpo metido dentro de relicarios asfixiantes fue distribuido por toda la tierra. Tengo el privilegio de que mi pierna derecha esté celosamente guardada en tres catedrales diferentes."
El viento comienza a soplar nuevamente, los pabellones vuelven a hincharse y las plumas y adornos cristianos ondean como una nube de color sobre el ejército de Dios. Levanto el crucifijo hacia la fortaleza, ésta responde abriendo sus puertas. Cientos de medias lunas brillan en los escudos moros. Turbantes multicolores y cascos de oro enmarcan las caras del ejército de Alá. Las chusmas de soldados chocan en una batalla encarnizada. Cabezas huérfanas ruedan por el suelo con expresiones de asombro en sus rostros. Una mano empuñando aún la espada se arrastra arañando la arena en pos de su dueño. Torsos agujereados buscan acomodo como juegos de fichas de rompecabezas. Ansioso por volver a ver a la doncella de la aparición milagrosa, beso la figura clavada en la crucecita e invoco a San Jorge, seguro de que me dará la princesa deseada al terminar el combate.
El caballero musulmán que debe decidir la batalla conmigo, confía en su platinada luna e invoca "El Khedir, El Khedir", usando el nombre árabe de San Jorge. Sus ojos oscuros se clavan en la cruz roja de mi escudo cristiano. Levanta la mirada para entrelazarla con la mía y revela su identidad. No hay caballero moro ni visión etérea en la muralla. La princesa legendaria que había aparecido en el torreón es está mujer musulmana que está frente a mí en carne y hueso, ella, la que a la muerte de su padre había tomado el mando del ejército. Clorinda. Los dos enemigos, ella y yo, nos acercamos protegidos por el doble nombre de la misma divinidad, San Jorge y El Khedir. Situación que sin saber como manejar desde las nubes, el Santo prefiere dejar al azar humano. Las espadas son levantadas simultáneamente. La mujer más rápida y ligera se apresta a descargar el tajo sobre mi rosada nuca cristiana. Su espada se detiene al recordar lo dicho por Mahoma, el profeta: "Alá, el misericordioso tendrá misericordia para con los misericordiosos". Aprovecho la pausa. Mi amor se ha vuelto real al no tratarse ya de una doncella etérea. Y no es posible. Mi espada decapita a la muchacha a la par que mi deseo. Es la guerra.
Desaparezco con mi espejismo de sangre, murallas y muerte. San Jorge y sus soldados nos desleímos en el cielo del atardecer. ‑La cabeza cortada de la muchacha musulmana aparece en una última convoluta del tiempo, mientras sus labios modulan: ‑"Mi pretendiente es como la llama y yo soy la bondad del agua. Por qué no refresca el fuego de la pasión que lo quema?"
‑Es urgentemente necesario que le compre una Popsi al muchacho del balde, pero ya se ha ido.
LA VUELTA A CASA
.
"Este es un adiós a mi peregrinar de caballero errante"
Aunque no acostumbro tomarme la temperatura se que hace días tengo la fiebre muy alta. Me habían advertido en el Hospital que no era prudente en mis condiciones, viajar al Medio Oriente, y menos al Norte de África, específicamente a Egipto, "el país negro", no por sus habitantes que son de raza blanca, sino llamado así por el color de su suelo. Pero me interesaba conocer sus culturas, y había oído hablar de un clima caliente y seco, tambien oí que cierta fama de la presencia de enfermedades endémicas y epidémicas se debía más que todo a la aprehensión de los turistas y a costumbres poco sanitarias y no a los países en sí. Además quería recorrer los lugares sagrados para los cristianos y visitar a la poderosa Esfinge Madre.
Me prometí ser muy cuidadoso, me fui con todas las vacunas que me habían indicado y llevando las famosas pastillas digestivas que mencioné, para mantener la flora intestinal en buenas condiciones. Pero yo no podía dejar de tomar el agua azucarada que me ofrecían. Era imposible no probar las dulces y grandes uvas, los dátiles, higos, albaricoques, y duraznos, no comer lechugas, cebollas y rábanos, zanahorias y tomates, ni el afrodisíaco apio, etc. Sin embargo siento que he disminuido varios kilos, pues las diarreas se inician con frecuencia.
Para justificar la fiebre me repetía que era el calor, o que era una droga experimental que estaba tomando, o que la cosa era así y que no podía esperar estar mejor. Además en el Hospital me habían dicho que no intentara bajarme la fiebre pues esta era una defensa. De manera que tuve que dejar entre otras, la famosa costumbre colombiana de que a cualquier fiebrecita del origen que fuera uno se metía unas aspirinas con una agua de panela, ron y limón. Aquí hice otros muchos ensayos con aguas de yerbas compradas en el Bazar, pero nada resulto muy efectivo.
Un día decidí el regreso y fui a esculcar mi pasaje, estaba justo terminándose el año, así que me apresuré a organizar mi equipaje, guardé la bata azul de rayas que me había comprado, pero que no me volví a poner porque a Ella le gustaban eran las camisas con puños y corbata, y siempre tenía la idea de que era Ella la que se cruzaba conmigo cuando veía a alguna mujer envuelta en velos negros que se deslizaba contra una pared. Guarde el tocado que sostenía sobre la cabeza el trapo útil contra los golpes de sol. Le sacudí la arena al pasaporte. Guarde cuidadosamente las fotografías desarrolladas y los rollos sin desarrollar y durante varias noches insomnes estuve pensando si me iba a despedir de Nasser y de Ella, o solo de él, o solo de Ella, o si simplemente me desaparecería y luego le escribiría a él y le mandaría un regalo como me lo había pedido.
Hice inventarios mentales de todo lo aprendido, de lo recorrido y de las experiencias tenidas. Había conocido beréberes en el valle del Nilo, beduinos y árabes nómadas, en la región del desierto, recordé como cuando niño me disfrazaba de beduino con una toalla en la cabeza.
Charlé con muchos musulmanes, algunos cristianos y bastantes judíos. Nadie me quiso conquistar para su religión, sólo los animales de los frisos lo intentaron, pero todo el mundo me quiso vender algo.
Me preparé para llegar en la primavera a Dinamarca, a desempolvar la casa cerrada, a pasear por los parques y los canales, a gozar del sol mientras éste luciera; a visitar rutinariamente el hospital, hasta que me sucediera lo que más temía, no poder volver a salir de él.
Pensaba que todo caballero que se respetara debía tener una doncella por la cual combatir y a la cual hacer los honores. Una dama recatada que observara furtivamente con ojos enrojecidos al caballero que llevando sus colores se debatiera entre la vida y la muerte, en alguna faena que implicara actos como descuartizar un dragón humeante, soportar una cruel enfermedad o simplemente echar del recinto algún gato negro portador de mala suerte. Recordé el gato del vecino que se refugiaba en mi sala en espera de que yo le diera leche, y que no era negro ni traía mala suerte. Lo pasado se me mezclaba con el presente y con lo soñado. Mi presente se consideraba pasado, pues ya estaba viviendo mi futuro.
Debía regresar para verificar si mis ideas eran verdaderamente mías o simplemente fruto de mi fiebre, aunque ésta tambien era mía ya que uno hace con su fiebre lo que quiere, esto es, la elabora y fabrica delirios según lo que haya en su mente y en su corazón. Nada perciben nuestros sentidos que no venga de fuera, y nada hay en nuestro cerebro que no haya sido conocido por nuestros sentidos, la cuestión está en como cruzamos la información y que hacemos con ella.
En el Hospital me han dicho que quieren leer estos apuntes cuando yo regrese y que por favor les prometa que no volveré a salir del país. Así que esta es una verdadera despedida, un adiós a mi peregrinar de caballero errante, a Israel a Egipto, a Nasser y a Ella cuyo nombre nunca conocí.
Nota:
En Enero de 1991 llegó nuestras manos una carta de Nasser Amer Abas Mahmoud Abo Khames, de Zagloul St., Kafr ElGabal. Behind Kafr El Gabal Hospital. Pyramids ‑Giza‑ Egipt. Tel 621438. En ella saludaba al autor: "Mary Christmas and a Happy New jear. Wish Nasser from Aegipt."
El autor había muerto. Al momento de editar este libro 1996, la tarjeta ha seguido llegando cumplidamewnte cada navidad, a la dirección del Consulado de Colombia en Dinamarca.
Fin
.