C O L G A D U R A
Cuando me lleno de energías, aguantando el dolor de mi segunda vértebra lumbar, gateo hasta la ventana y escalando por el sistema de calefacción me incorporo para mirar lo que sucede afuera. En la tienda de Quen, el masajista, comparto la vida con una muchacha que es una gárgola viviente y que, lo mismo que yo, está recibiendo tratamiento con el mago. Aunque reina cierto encanto, a veces creo que voy a enloquecer si sigo al lado de esta gárgola: Nació con la columna desviada y desde niña se la soldaron para que pudiera mantenerse erguida, pero no pudo, desmadejada, ha vivido acomodando sus seudoformas en una silla de ruedas.
Por la mañana, cuando despierta, se desliza contra las paredes, agarrada de las flores del papel de colgadura. Con sus manos de dedos largos y uñas refinadas, se prende de la pared y va de rosa a clavel y de clavel a gardenia mientras sus pies van patinando en pasitos temerosos. Fingiéndome dormido la miro desde el fouton que nos hace las veces de cama. Ella resbala y el sonido me indica que ha llegado al rincón donde el curandero masajista guarda frascos llenos de "crotalus terrificus" y otros monstruos ahogados en alcohol. Se voltea tímidamente, subiendo la ropa y tratando de cubrir su joroba, me sonríe abriendo los labios y mostrando sus dientes dispersos y afilados.
Darle la posibilidad de que camine, es la intención de Quen que la ha tomado bajo su protección, siempre que sea yo el que comparta la habitación con ella. El la manipula todos los días, violentando sus músculos, hasta hacerla gritar, eso sí, nunca mas de diez minutos cada vez, sobre el duro y frío baldosín. Me cansa esa aburrición eterna del cuerpo humano. Las carnes fuera de lugar, el color rosaduzco de la piel, y a todo eso, ella con su joyería de oro, su peinado elaborado, sus uñas pintadas y su sonrisa inacabable. Debo confesar que vivo entre la fascinación y el fastidio.
La empresa de tratar de estirar a la jorobada en estas noches de invierno, afuera, ‑porque la alta máquina llamada USDM: "Upside‑down‑machine" o máquina patas arriba‑, no cabe adentro, requiere muchos preparativos. Hay que amarrar a la gárgola de los pies, con la cabeza de para abajo, medio desnuda‑ para que el masajista pueda resbalar el codo, o el talón, por los músculos de su espalda. La chaqueta colgando hacia abajo y los pantalones arremangados, pero siempre con su gorrito de lana y con sus botas de caucho. Ella acalla suspiros de dolor mientras las vértebras van traqueando e intentan ponerse en su sitio. El cuerpo blanco y el cabello rubio colgando brillan en medio de la oscuridad, ofreciendo la visión desgarrada que observo desde mi ventana. ‑Es necesario hacer esto de noche porque durante el día se despertarían sospechas en los vecinos‑. Ella se contorsiona asemejándose a las gárgolas de la catedral de Nôtre Dame, esas que botan agua por la boca cuando llueve. Esta bota saliva, lágrimas y un sudor que hierve, mientras su vagina exhala perfumes hirientes en el esfuerzo por aguantar. Luego, cuando ya se entumece del frío, física y moralmente, el hombre la entra y la monta sobre una mesa forrada de plástico verde.
Él se desnuda con premura y desparpajo exhibiendo su pequeño cuerpo pecoso, irguiéndose para parecer alto, meneando su roja y crespa melena y despidiendo, sin lugar a dudas, el terrible y fuerte olor axilar que tanto le conozco y que pregona su fe en el ajo y en la falta de baño. Ha decidido que la gárgola tiene que conocer un hombre y tener una relación sexual en su vida. Ella no solo ha accedido a que se realice el experimento, sino que lo ha anhelado con todo su torcido cuerpo. Para él, este desafío parece ser excitante pues no tarda mucho en sembrarse en ella. No se qué tan placentero le resulte a la gárgola, pues de todas maneras siempre se contorsiona lentamente y profiere quejidos interminables durante todo el proceso del tratamiento.
Pero la buena, o la mala suerte es que la Gárgola, ahora con mayúscula, ha quedado embarazada y aparentemente se ha puesto muy contenta. Lleva el embarazo con la esperada alegría de parecerse a cualquier mujer, pero físicamente le causa muchos trastornos. La operación sufrida incluyó la suturación de todos los nervios de la espalda y ahora la vejiga presionada le juega malas pasadas, por lo que su destino es ir a orinar cada hora. Verle bajar los calzones, admirar sus vellitos rubios, y luego escuchar el sonido en el agua, es algo que ya se ha vuelto corriente y en todo caso a ella no la inmuta, creo que le gusta.
‑"Que es lo que haces tanto tiempo en el excusado?" grita él. ‑"Vas por si sale algo o vas cuando tienes ganas? Cuál es la expectativa? No te funcionan los músculos? Los del recto? Los otros? Estás ejercitándolos ahora? Te digo que me digas qué estás haciendo!" ‑"No he debido continuar el ejercicio sobre la mesa por la mañana porque ahora me ha tocado "correr" al baño!" replica ella. ‑"Correr?, esa si que es una manera de hablar, para qué diablos quieres que se muevan tus piernas paralizadas, a dónde quieres ir? Ya fuiste a donde querías. -"Ah, ah!" -gime ella -"No obtuviste lo que venías buscando? Quieres más!" ‑continúa gritando él. ‑"Cuanto tiempo te toma orinar, levantarte? Es necesario calentar agua para lavarte y para limpiar el sucio de la mesa!" -"Ah, Ah!".
Cansado con el espectáculo, me dejo rodar por el sistema de la calefacción y espero a mi Gárgola en el futón.
FIN
Los personajes son Cornelia y Jorge, el lugar es la tienda de Quen en un punto de una autopista de Alemania.
La música del momento es Misa de la Plaga de Diamanda Galas.
Jorge Holguín
1985