C E R E M O N I A E N E L N I L O

Todas las mañanas al dirigirse a recoger su camello, Nasser pasaba frente a la casa de ella y la miraba tímidamente, de reojo. Una que otra vez le sonreía mostrando sus dientes picados de tanto fumar sisha y entrecerrando sus ojos negros de muchacho nubio en el entusiasmo de la adolescencia. Ella, completamente enmarcada en velos negros, lo miraba un poco, sin sonreír, sin decir ni sí ni no, ni siquiera "talvez". Nada. Para nosotros los occidentales acostumbrados a los signos y a las palabras, no había nada, nada carnal, nada romántico, nada, absolutamente nada.
Ella tendría unos quince años y unos ojos velados por pestañas enredadas. Sobre el resto no se podía saber mucho. Solamente adivinar. Admiré una cultura que dejaba suavemente reposar el amor en las miradas. Evidentemente era más interesante aquella mujer velada, intrigante, que las chicas que con las nalgas afuera se paseaban ondulantes por las playas del Atlántico. Nasser seducido, curioso e inquieto seguía pasando mañana, tarde y a veces al medio día. Subido en la joroba de su camello se detenía frente a la ventana, prendía el pasacintas y daba una pequeña serenata.
Un día, viernes, ella salió a la ventana con mas tela que nunca. Nasser jamás había visto una mujer tan cubierta y recatada, definitivamente ya no pudo resistir más. Esa misma tarde se peinó más de la cuenta y golpeó a su puerta. El padre salió a abrir. ‑Vengo a tomar el té, si me lo permite, ‑ dijo Nasser con mas desparpajo del esperado. El padre se lo permitió y Nasser le describió su situación de hombre joven, soltero y sin vicios que fueran mayor cosa. Mencionó a la muchacha en la ventana y dijo que le gustaría casarse con ella. Terminó su taza de té y sin haber visto a la joven de cerca, salió corriendo hacia la oficina de correos a telefonear la noticia a larga distancia.
A las dos semanas llegó toda su familia. La madre le dio el visto bueno a la muchacha. ‑Un poco flaca, pero sabe cocinar, ‑dijo. ‑Qué tan alta es? ‑preguntó Nasser. ‑Un poco menos que tu, ‑contestó la madre.
Se hicieron todos los preparativos para la boda y se acordó que ella tendría dos habitaciones en la casa, una para dormir y otra para sentarse. El trato se cerró con un collar de plata, una pulsera de oro y un anillo para la novia; dos cortes de tela para la madre y las consabidas bolsas de azúcar y un marrano para el padre.
La boda fue simple, firmaron el registro y celebraron con fiambres al pie de la Esfinge. Los novios se miraron furtivamente, los hermanos y las hermanas se codearon riéndose. Los padres mostraron estudiada solemnidad. Por la noche, mientras se admiraban los regalos, percibí como la joven esposa miraba con ojos tristes, un juego de ollas regalo de Nasser.
Arriesgando los celos del esposo le guiñé un ojo. Ella no entendió. ‑Eso te pasa dizque por cocinar tan bien! ‑mascullé en el mas árabe de mis españoles, pero desde luego ella tampoco entendió. Me hice el propósito, vano, de aprender algunas palabras de su idioma.
Poco rato después me despedí, cuidadosa y lentamente cerré los botones de mi camisa, uno por uno hasta el cuello, desenrollé y abroché mis mangas. Para evitar los mosquitos, claro está. Nunca me había pillado a mi mismo haciendo movimientos tan aparentemente despreocupados y tan fuertemente intencionados. Sentí que ella me encontraba irresistiblemente sensual, pero no dijo nada. Yo tampoco. Nuestras miradas se estrellaron violenta y momentáneamente.
A raíz del matrimonio, la familia de Nasser resolvió trastearse a la misma ciudad y él tuvo que correr con los gastos de la construcción de la nueva casa, además de las dos habitaciones convenidas para la desposada. La obra duró tres meses, tiempo durante el cual Nasser tuvo que contener sus inclinaciones de hombre joven y contentarse con mirar a la muchacha. La boda se consumó por fin el día en que la pintura del marco de las ventanas, último toque de negro sobre rosa, estuvo seca. A los ocho meses y veinte días nacería el pequeño Amín.
*
Durante nueve meses no la veo a Ella ni veo a Nasser, pero para celebrar el nacimiento del niño soy invitado a una gran ceremonia en el Nilo:
Nasser brinca con la energía de un muchacho nubio que hace apenas seis días se convirtió en papá. Hace por enésima vez el inventario de los preparativos para la ceremonia. Ni siquiera ha olvidado la botellita de whisky que sobresale del bolsillo de su bata, en anticipación a un pequeño sacrilegio. La callecita de la aldea nubia ha sido decorada con una hilera de bombillos que extienden sus colores entre dos casas derruidas: amarillo, azul, rojo, fundido, blanco, verde, rojo, fundido. El suelo de tierra ha sido cuidadosamente barrido y humedecido por las mujeres. Los hombres han dispuesto en hileras las bancas de la escuela de color verde claro descascarado.
Los invitados masculinos ya están sentados o acurrucados sobre ellas y conversan o duermen esperando el comienzo de la fiesta. Las luces de una Peugeot ilumina el escuálido arreglo y lo proyectan contra el muro del fondo, mostrando despiadadamente la totalidad de su falta de estética. Los amigos y parientes de Nasser rodean el taxi formando una cortina de batas blancas y azules claras. Zarcillos y collares brillan sobre el negro de los trajes de las mujeres como estrellas de la Anunciación recortadas en hojalata.
Nasser es conducido a la casita donde su mujer, ‑ella, la que me encontró irresistiblemente sensual pero no dijo nada, ‑vigila amorosamente el sueño de su niño. Luego, mientras él avanza hacia el centro con un paquetico, yo, discreta y premeditadamente tomo mi puesto entre la concurrencia de nubios negros y espigados y algunos árabes de mirada menos transparente y de relojes mas dorados.
En los gestos de Nasser ya se aprecia el ademán característico de agarrarse los genitales para recordar a los invitados su virilidad comprobada. Enseguida el orgulloso padre recorre rápidamente las hileras de bancas enseñando un envoltorio de tela que aparentemente contiene al pequeño Amín. Las mujeres se mantienen bajo la sombra de las paredes y celebran el acontecimiento con aullidos que se quiebran, estrellándose contra sus lenguas que se mueven a velocidades increíbles. Los nubios van uniéndose y cerrándose hasta formar tres hileras de quince jóvenes cada una. Un adolescente cruza la calle con una tea encendida en sus manos. Los cueros de los tambores se templan al ser colocados unos instantes al calor de la llama. La antorcha desaparece y el latido del desierto comienza a surgir pausadamente de los instrumentos. Se va levantando una tormenta de arena que se debió haber arremolinado grano a grano durante milenios y milenios. Un callado canto copto surge de alguna de las filas. Las voces tocan los oídos suavemente pero sin penetrar en el tímpano, caen al suelo y ruedan hasta el Nilo. Otro grupo da la contestación, ésta es mas abrupta en su golpeteo insistente que sube al cielo como por una escalera bíblica.
Siento que la vida que busco se me va entrando por todos los sentidos y hasta mi sangre comienza a correr con vitalidad al calor de la noche. Aspiro alegremente el humo de la bandeja de incienso que Nasser ofrece a los invitados. Mi nariz despierta de un letargo que parece de siglos y sin poderme contener golpeo animadamente a mi vecino de banca, el árabe se despierta de su sueño y sonríe indefenso. ‑Yaala! ‑exclamo.
‑Yaala! ‑replican las mujeres desde la sombra de las paredes opacando los tambores con sus voces trémulas. Por fin aparece ella, la esperada, la esposa de Nasser, ella, la que me observaba atentamente mientras que yo, muy despacio, abotonaba mi cuello y los puños de mis mangas, esa noche al pie de la pirámide de Gizah, el día de su matrimonio. Muy delgada, y totalmente vestida de negro ella avanza hasta los músicos y se detiene dando la espalda al público, y a mí. Puedo contemplar finalmente su silueta, la dulzura de sus hombros, la exquisita curva de los brazos, el clavarse de la cintura en las caderas, los pies desnudos con las ajorcas en los tobillos. ‑Yaala! ‑repiten desde la pared las mujeres para animar a la muchacha.
La joven esposa comienza su danza, lenta y desgarradora como todo lo nubio. Hipnótica, pausada y contenida como la respuesta que sube al cielo. Baila sola para demostrar su buena salud después del parto. Sus pies se levantan apenas del suelo de polvo, mientras su traje negro brillante se mece con la palpitación de su sangre. No tengo mas alternativa que aceptar mi soledad y enjuagar una lágrima. Nasser cruza las bancas derramando perfume en las cabezas de los asistentes. Sonríe intensamente en su doble tarea de esparcir el agua de Narciso y de agarrarse el pene.
La esencia parece embriagarme el cerebro hasta la inmensidad de poder pensar lo impensable. Las mujeres de negro y llenas de joyas, recostadas contra las paredes oscurecidas de la noche, insisten en los Yaalas y demás expresiones de gozo. Los músicos, y cantantes se mueven todos a una como un mar de batas blancas y azules contra el cuál se recorta la joven de piel tersa y vestido brillante, ella, que debe continuar su baile hasta que los primeros rayos del sol iluminen su rostro.
La botellita de whisky pasa de mano en mano. Vacilo en tomar parte del pecado que probablemente destape mi garganta, lo mismo que la música, el incienso, el perfume y la muchacha han despejado mis oídos, mi nariz, mi cerebro, mis ojos y mi corazón. Pero el avanzado deterioro de la etiqueta MADE IN SCOTLAND, me hace desistir. ‑Yaala, whisky! ‑exclama el árabe que ha recibido gran parte de mi entusiasmo en forma de golpes y patadas. ‑No Yaala, no whisky, ‑contesto lanzándole un derechazo a la quijada.
Un muchacho iluminado por las llamas, aparece con dos baldes de agua. Los deposita en una esquina, al rato regresa con otros dos que descarga en medio del silencio de los cueros que se afinan al calor del fuego. Una mujer con una bandeja y vasos traspasa la sombra de la pared. Mezcla azúcar blanca en los baldes de agua y llena los vasos. Al recibir el mío acaricio con los dedos las flores en relieve que decoran el vidrio, el dorado de los tallos se siente áspero, los pétalos tan suaves que logro descubrir cada pincelada. El mugre de la civilización flota tranquilamente en la superficie del agua de río. Mojo los labios con el endulzado líquido y en dos o tres sorbos el vaso queda vacío. El azúcar húmedo, el calor, la emoción, hacen que baje mi guardia instantáneamente, dándome la oportunidad de sentir lo que se me viene en gana. La miro.
Ella levanta su mirada para entrelazarla con la mía. Hasta mi llega la fragancia de su pelo imaginada en la brisa. Nuestros ojos se unen en un abrazo de pasión, como la primera vez. El aire se detiene. Sus intensos ojos negros se me clavan como un sacrificio, hasta que el viento comienza a soplar nuevamente. Ella continua su baile desgarrador y yo me hundo en mi banca hasta perderme en la oscuridad.
FIN