EL CABALLERO, LA DAMA Y YO
Conocí al Caballero de Argenta en los escalones del Teatro de la Opera, una tarde de sol en la que andaba de paseo por los dominios de mi dama, es decir en el área comprendida entre el edificio donde ella vive, el Teatro, el Hotel d'Anglaterre y la Plaza Real.
Más allá en una de las frontera del feudo se extiende el nuevo canal lleno de barcos de vela anclados, sobre cuyas pulidas cubiertas se bebe cerveza en grandes cantidades.
El Caballero de Argenta descendía de las escalinatas del Teatro, (seis escalones de piedra) cargando un gato (vivo) bajo el brazo. El felino se prendó inmediatamente del famoso animalito de felpa que ahora llevo como compañero en mi bolsillo.
Al cruzarme con el caballero el gato extendió su pata de afiladas uñas y dio un zarpazo que desgarró mi traje y la manga de la camiseta de mi mascota. Si ésta no hubiera sido de peluche, la Plaza Real se hubiera convertido en una jungla africana en la cual dos afiebrados animales se hubieran debatido por la supremacía territorial.
‑Lo siento muchísimo, ‑exclamó el Caballero de Argenta, con esa voz característica de los habitantes de las regiones más frías del planeta.
Sosteniendo los jirones de paño, analicé el evento. Siendo la perdida de un bolsillo una experiencia novedosa no supe como reaccionar. Era obvio que tenía que mudar mi animalito a otra parte de la chaqueta y que las monedas para el teléfono tendrían que ser guardadas en el bolsillo del pantalón.
Me quedó muy claro que el territorio frecuentado por el Caballero era el mismo que yo defendía para mi dama. A todo esto el gato del mencionado caballero aullaba tristemente.
Nos encaminamos a saldar nuestras diferencias en el cafecito que hay en la terraza del Hotel. Allí como de costumbre, estaba mi dama sentada. Hice las presentaciones del caso. Explicamos el problema territorial que había surgido, describimos el zarpazo del gato y la pérdida de mi precioso bolsillo, enseñe los jirones que colgaban de mi chaqueta.
El Caballero de Argenta parecía estar dispuesto al juzgamiento de la dama. Mientras tanto el gato dirigía su pata hacia mi otro bolsillo. La dama parecía bastante confusa, no sabía que papel debía representar, así que decidió dormirse, el más cómodo de sus trucos. El Caballero y yo nos levantamos sigilosamente. El gato se resistió un poco pero cedió al primer tirón de cola. Mi animalito de felpa me siguió con toda fidelidad.
Jorge Holguín Uribe
Copenague, 1982
FIN