L A   C A B A L A   M A R I N A


 

Cabala o Cábala, del hebreo, qabbalaah:  tradición.

 

Tradición oral que entre los judíos explicaba y fijaba el sentido de los libros del Antiguo Testamento ya en lo oral y práctico, ya en lo místico y especulativo.

 

Práctica supersticiosa de algunos judíos, consistente en valerse de anagramas, transposiciones y combinaciones de letras hebraicas y de las palabras de la Sagrada Escritura, con el fin de descubrir su sentido.

 

La cabala servía de fundamento a la astrología, la nigromancia y demás ciencias ocultas.

 

Cálculo supersticioso para adivinar una cosa.

 Fig. y fam. Intriga y manipulación. Conjetura, suposición.


 

“Durante la invasión nazi a Dinamarca los judíos huían hacia Suecia,

país neutral, atravesando a pie la estrecha franja de agua

que se congela durante el invierno”.

 

    Desde el comienzo de la estación fría el mar se encrespa como un inmenso batido. A la orilla del Gran Estrecho emergen, como unas decoraciones de azúcar, edificios, fábricas y una planta nuclear. El sol pálido lame el paisaje de leche y miel con sus lengüetazos de luz. Pero por más que uno se esfuerce no es posible distinguir desde Elsinore las facciones de los habitantes de Helsingborg en el país de enfrente. Sólo se perciben algunos pájaros, que, retrasados en su migración hacia climas más cálidos, congelados en su vuelo, yacen con las cabezas enterradas en la arena.

 

    Los niños de gorritos de colores organizan carreras de patinaje sobre el mar. Las delgadas huellas de las cuchillas van de dos en dos formando carreteras entrecruzadas: Innumerables "O" y difíciles "8" sobre el hielo. Me detengo a pensar si en esta era de calculadoras ya no enseñan los demás números y letras en la escuela.

    Moisés un judiíto de gorro azul calado hasta las espesas cejas, me saca de la duda al esculpir un excelente "F 17" con sus afilados patines. Los muchachitos gentiles persisten en sus recurrentes "O" y "8".  Ejecuto mentalmente la diferencia, entre 8 y 17 hay 9, y entre F y O hay tambien nueve, el mágico número cabalístico cuya raíz cuadrada es tres, el símbolo de todo aquello que tiene:

                 1. Principio o planteamiento

                                  2. Mitad o nudo

                                           3. Fin o desenlace

pero que es tan terriblemente insondable como el mar.

    Observo que en el centro del agua helada Moisés traza un "Aleph 65" que no logro entender. Los patinadores empiezan a desaparecer al ocultarse el sol. Subiendo por la playa de piedras con los botines a cuestas, se pierden entre las calles torcidas de la ciudad. Saludo a Moisés ‑somos vecinos‑ me responde muy educadamente y le pregunto a quemarropa que cuánto es diecisiete menos ocho. Se queda pensando un rato y me imagino que debe ser como yo que no podía restar sino por las mañanas. ‑La mejor hora para sumar era el mediodía y ni hablar de multiplicar antes de las tres de la tarde‑. Lo invito a tomar un helado, el niño da las gracias y dice que ya es hora de comer en su casa y que si llega tarde lo regañan.

    Las mismas costumbres persisten entre los gentiles y los no gentiles. Las mamás ‑judías o no‑ todavía regañan a sus retoños cuando éstos llegan tarde a cenar. Podrá ser la era de las calculadoras y de las plantas nucleares, pero las madres aún esperan a sus hijos con la sopa sobre la mesa, lista, humeante y que sabe mal. Es decir puntualidad, calor de hogar y no saber cocinar:

    ‑En dónde estabas? ‑pregunta la madre.

    ‑Patinando, ‑dice Moisés, y se sonroja.

    ‑Hola, ‑dice el papá con sequedad.

    ‑La comida está lista! ‑exclama ella para suavizar.

 

    El padre, un metro setenta y dos, ‑graduado muy joven en la Escuela de Arte,‑ se hace el despreocupado y asienta inadvertidamente la mano sobre el fogón caliente, se quema un dedo, derrite la corbata, echa vapor y dice una palabrota.

    La madre, de ascendencia marroquí, envuelta en un chal y exhibiendo un delantal de polietileno, cuchara sopera en mano, se atarea en silencio. En contadas ocasiones habla y es siempre para contar lo mismo: que su abuelo materno conducía caravanas de esclavos a través del desierto.

    Moisés, Irene, Raquel y Noé, de 7, 9, 11 y 13 años, no sé si respectivamente, arrugan la nariz al oler el brebaje de col, herencias ambas de la Diáspora ‑nariz y sopa‑ ésta ya menos aguada y la otra menos aguda.

 

    Cuando estoy con ellos, me agarra la nostalgia judeo‑hasídica: Ese deseo milenario de calarme un sombrero anónimo con piel en el borde. Usar abrigo y zapatos negros, halarme las barbas y los largos cachumbos ensortijados como los que cuelgan de las orejas de los hebreos más ortodoxos. Irme a mecer, libro en mano, frente al Muro de los Lamentos en Jerusalén. Poder llamarla Yerushalaim. Esas ganas de desenrollar cautelosamente, tratar de leer y volver a enrollar con cuidado infinito, el libro sagrado de la Torah. Comer pan sin levadura durante las pascuas y llenar el mantel de migas en conmemoración de la salida de Egipto. Sentarme alrededor de una mesa familiar cubierta de pepinillos en vinagre y platos que son abstracción del barro y la paja con que se construyeron las pirámides faraónicas. Pertenecer a una raza para cuyos niños tanto el "ábrete sésamo" como la separación del Mar Rojo son cosas de todos los días. Conocer al Rabino Richter que se jacta de poder ejecutar circuncisiones en condiciones extremas y reírse al escuchar el chiste según el cuál Saúl se convierte en Sara cuando el Rabino intenta mostrar sus habilidades en un auto viejo por una carretera sin pavimentar.

    Esa falta que me hace poder escribir el hebreo de para atrás, sin tener que poner las vocales, ya que es suficiente con las cnsnnts (sic). Alumbrar una vela cada día durante la Hanuka (1) hasta completar las siete reglamentarias, o la variación de prender nueve para dar, con la primera y la ultima, tiempo a los mensajeros bíblicos para que anuncien el comienzo y el fin de la fiesta. El querer ser hijo de una muy dispersa Diáspora, que se extienda desde los paisajes romanticones que Hollywood filma en una Rusia artificial, hasta quién sabe cual Avenida de Nueva York, donde los comerciantes en diamantes ostentan más piedras que dientes en la boca. O el haber nacido como un sabra, originario de Israel, ese país tan pequeño y nuevo que difícilmente tiene un folklore propio, según parece demostrarlo el variado vestuario de sus danzas. Y finalmente esa facilidad un tanto casual de vivir en una fecha diferente y no poder consultar el periódico para saber en que año se está.

 

    Tengo que contentarme con mirar a Moisés y a sus tres hermanitos jugar todas las tardes, ‑menos los viernes‑, en el patio interior del edificio. Los miro repetir los juegos tantas veces inventados por todos los niños del mundo, la mano peluda, escondites, la lleva, estatua y uno en homenaje a un mártir cristiano, cuyo nombre es desconocido para ellos: "Un, dos, tres, cruz roja", entretenimiento algo parapléjico inspirado en las últimas parálisis sufridas por San Jorge al terminar una ronda de variadas torturas a manos del Emperador Diocleciano: El jefe del juego se voltea contra la pared cerrando los ojos, la diversión de los otros participantes consiste en ir acercándose al muro, atentos para quedarse completamente inertes al escuchar el fatídico "Uno, dos, tres, cruz roja", que el jefe grita en cualquier momento para anunciar que va a voltearse y a abrir los ojos. Si éste percibe el más mínimo movimiento en alguno de los jugadores, lo manda a la retaguardia en el fondo del patio. Cuando un jugador logra llegar al muro y lanza un tremendo "Paraíso Celestial!" a todo pulmón, pasa a ser el líder de las siguientes rondas.

    El último juego de la tarde es el más intrigante y diaspórico de todos. Irene y Raquel traen de su departamento un atado de ropa y una destartalada maleta que depositan cuidadosamente en el cemento del patio. Una  lluvia ligera comienza a caer en ese momento. Los cuatro se ponen a la tarea de empacar los raídos chiros, cuchichean entre ellos para ponerse de acuerdo sobre el contenido final de la maleta. Raquel siempre se entristece cuando el cabeceo negativo de los otros tres, le impide empacar un andrajoso vestido de fiesta; en sus ojos brilla la fantasía de verse luciendo tan bello traje a la entrada de las duchas sin jabón, al final del viaje que están por emprender. Un viaje sin pasaportes ni tiquetes, a bordo de un imaginado tren de carga con un equipaje compuesto por una manta hilada, dos juegos de ropa interior larga, un cepillo de dientes roto y un envoltorio de queso y salame. Irene cierra la maleta cuidadosamente. Los cuatro se voltean contra la pared y levantan los brazos. La lluvia los ensopa y comienza a diluir el pergamino que forra la tapa cubierta con etiquetas de viajes. Al rato se oye una sirena y los cuatro desbaratan sus posiciones y salen corriendo y gritando como almas que lleva el diablo. A veces pierden los zapatos en el tropel, la maleta sale a estrellarse contra el muro, cuando la sirena se calla la calma vuelve al patio. El destino de los cuatro es incierto, pero la maleta yace con el contenido desparramado sobre los charcos de lluvia.

    A cuenta propia he bautizado este juego con el fuerte y sonoro nombre de "Ghetto Varsoviano" y cada vez que lo presencio, se me desbarata la confianza en la humanidad. Esto me sucede todas las tardes de invierno y de verano, excepto los viernes, día en que la familia judía celebra en conjunto la llegada del Sábado y por lo tanto no hay juego.

    Entonces rememoro en silencio las historias que he oído y estreno lágrimas. Lloro por los Expresos de niños que salían de las estaciones, con guías que ofrecían a los pequeñitos una pronta reunión con una madre, acaso ya gaseada o con un padre probablemente esclavo en un campo de concentración.

    Me reboto al oír sobre la maldición de la sopa de col con la que aparentes bienhechores hacían el gesto de alimentar a los niños que esperaban en los dormitorios el embarque en un tren de madrugada. Baldes dispuestos en las escaleras no daban a basto para recibir la diarrea causada por el vegetal tan detestablemente antisemita. Recipientes demasiado altos para los de dos o tres años, que en medio de lloriqueos y flatulencias, tenían que esperar a que un mayorcito les ayudara para no ensuciar la ropa que de todas maneras no podrían cambiarse en el resto de sus cortas vidas.

     Moqueo ante la matemática de la cuidadosa proporción de 500 a 700 adultos por cada grupo de 300 a 500 niños desarrollada por un tal Monsieur Leguay con el fin de que un casual testigo pensara que eran familias comunes y corrientes.

    Sé que los mayorcitos cargaban en sus brazos a los más pequeños y los subían por las estrechas escaleras que conducían a los dormitorios. Luego bajaban al patio de la estación para recoger el bultico de sus pertenencias. Allí el suelo estaba cubierto de miles de atados similares que, sin estar marcados con el nombre del propietario y luego de haber sido violentamente tirados desde los vagones, eran imposibles de reconocer. La búsqueda no conducía a nada, los niños se daban por vencidos y sus ojos volvían a mojarse por enésima vez. Se quedaban parados en el patio sin poder recordar el número de sus dormitorios. ‑"Perdón señor, no sé cuál es el cuarto donde está mi hermanita. Ella debe tener mucho miedo de quedarse solita".

    Pero ya no logro sacar sino 20 o 30 lágrimas más en su honor y éstas apenas alcanzan a humedecer una esponja que ya de todas maneras es muy tarde para ofrecer.

 

    Algunas veces el abuelo de Moisés, después de terminar la comida sabática, trae de su habitación una vieja caja de madera. Tan pesada, que sus ochenta años se extenúan cargándola el corto tramo que va desde el cuarto de atrás, pasando por la cocina y terminando sobre la mesa del comedor. La madre retira los platos y trae la bandeja con trocitos de mazapán. El padre se ajusta la corbata de rayas y deja que sus hijos se pellizquen los unos a los otros para obtener un asiento cerca del abuelo y su caja de madera. La madre preparándose para una azucarada velada de recuerdos, enciende un cigarro. El viejo acaricia la tapa, un tanto pomposamente, como un mago que intentara despertar un somnoliento conejo echado en el fondo de un sombrero de copa.

    ‑"Estas eran mis herramientas de trabajo," ‑comienza diciendo al abrir la oxidada cerradura, ‑"yo tenía un estudio de joyería en la calle principal de la ciudad. Era pequeño pero el sol entraba cuando la puerta se quedaba abierta. Allí iban toda clase de clientes y me hacían el encargo de fabricar sus sueños en oro. Anillos para enamorados, Estrellas de David para hijos que estudiaban lejos, reproducciones del Pentateuco en miniatura para fijar en el dintel de la puerta, brazaletes para una esposa aburrida, pisacorbatas para los maridos disipados. Todos los deseos de la comunidad judía pasaban por mi taller y yo los forjaba con estos buriles y cinceles."

     El viejo saca un reluciente instrumento de hierro. Moisés recibe el vulcánico martillito y aplasta una bolita de mazapán. ‑"Exacto ‑asiente el abuelo‑ ese es para aplanar la lámina de oro, y el punzón que Raquel sacó de la caja y acaba de clavarle a Irene en el pie, se usa para grabar los nombres dentro de las sortijas..."

    La historia continúa luego de una corta pausa de yodo, vendajes y bofetadas de la madre. ‑"Un día las noticias malas comenzaron a llegar. Se hablaba de la misteriosa desaparición de muchos judíos en ciudades europeas. Viena fue la más afectada durante los primeros meses y muchas familias se trasladaron a Berlín para salvar sus vidas. Las informaciones acerca de los campos de concentración eran tan dramáticas que la gente prefería no prestarles atención. Los miembros de la comunidad judía comenzaron a emigrar. Poco a poco nos vimos reducidos a unos centenares que no queríamos dejar Dinamarca, el país en donde habíamos nacido. El tallercito seguía abierto pero ya no se fabricaban sueños. El sol de verano seguía entrando si la puerta se dejaba abierta.”

    “Los ratones venían puntualmente a comer las migajas en un platico bajo el tanque de gas. Pero los clientes ahora traían sus lamentos y sus esperanzas truncas, se veían obligados a derretir sus sueños y a convertirlos en barritas de oro que habrían de disimular en una faja o en un zapato. Algunos se habían cambiado el nombre y vivían con familias cristianas. Aquellos cuyos rasgos no los delataban iban tranquilamente al trabajo o de compras, pero los otros tenían que quedarse en la oscuridad de un sótano. Los pequeños artesanos y comerciantes como yo, creíamos estar fuera de peligro. Pero una mañana al dirigirme al taller vi una patrulla estacionada frente a la puerta. Entré rápidamente a la panadería de la señora Jensen, donde acostumbraba comprar todos los días un trozo de pan negro para el almuerzo. Me dijo que ya se habían llevado a Morten Klaar y que saliera rápidamente por la trastienda. En mi carrera tumbé la mesita donde amasaban los pasteles más finos. Varias docenas de huevos, tan escasos en esos tiempos, se rompieron contra el piso."

 

    Y el anciano prosigue su historia en la intimidad del comedorcito del edificio de ladrillo rojo y viejo, junto al hospital comunal. Un calentador de petróleo distribuye desganadamente el calor, desde un rincón forrado por la madre en papel de aluminio. Yo me siento en el apagado fogón para tener una mejor vista y sigo escuchando:

    ‑"Apresuradamente empacamos un bolso con lo más necesario, mi esposa Sara y yo, la tía Stasha, y los pequeños Rebequita y David” -el que es hoy el papá de corbata de rayas.

    “Tomamos un bus en dirección a la costa, prometiendo a David y a Rebequita un lindo viaje a un país al otro lado del agua. David se imaginaba ya como todo un capitán que surcaría las frías aguas en un gran barco, algo así como un rompehielos de enorme potencia cuya alta velocidad le haría el quite a los submarinos enemigos. Sin embargo ni Sara ni yo habíamos mencionado la palabra barco... “

     “Al llegar a la costa bajamos del bus con el aire de una familia que va a pasar el fin de semana, aunque sea martes, en una casita junto al mar. Caminamos un rato hasta llegar a una granja desocupada. Como ya eran las cinco de la tarde Rebequita pregunto si íbamos a tomar el té allí. Sara contestó que tal vez, pero que teníamos que esperar en el granero la llegada de los dueños para que abrieran la puerta de la casa. Por suerte los niños se durmieron prontamente en la húmeda paja del pesebre ajeno. Yo contemplaba el mar a través de una abertura en el techo. La soledad del lugar era abrumadora."

    "Sin posibilidad de llamar a nadie, nos sentíamos en un recoveco del margen del fin del mundo, cuya única salida era un enfrentamiento con el mar. Esa gran superficie congelada que se extendía frente a nuestros ojos, en la cuál corrientes submarinas formaban altas barreras de hielo, elevaciones descuidadamente alzadas de trozos blancos y fríos. Cruzar a pie durante la noche el estrecho de mar congelado fue la única ruta de escape. Kilómetros de oscuridad y silencio. Ascender montañas fantasmagóricas, cruzar valles inundados de viento y lodazales con hielo y agua. Tropezar contra rocas transparentes cuyo contacto desprendía trozos de piel con la misma facilidad que cuando se pone una mano sobre un fogón caliente. Observar de que manera se iluminaba el paisaje y se abría el mar blanco, ‑como un cristal roto‑, bajo las bombas que los aviones BF‑110 lanzaban al azar. Horas de mantener la vista fija en las linternas intermitentes con las que ‑desde el otro lado ‑campesinos y pescadores, guiaban a nuestro mermado pueblo israelí en la travesía de un mar que en esta ocasión no era rojo ni tenía la bondad de abrirse. Ir una tierra no tan prometida, que encontraba difícil acoger más extranjeros y seguir manteniendo su neutralidad. Mirar hacia atrás todas las tardes a través de la bruma y tratar de identificar los contornos de la costa natal. ‑`Ese es el parque'. ‑`Aquel debe ser el bosque de los venados'. ‑`Papá, cuál es la playa a donde fuimos el día de mi cumpleaños?' Hasta nos parecía que podíamos oler y saborear los pasteles rellenos de mermelada de fresas y cubiertos de azúcar en polvo, característicos de un pueblecito que no lográbamos localizar. Los cinco recorríamos las líneas costeras una y otra vez, de arriba abajo y en reverso. Y todos excepto Rebequita que ya tenía seis años, ignorábamos el granero ajeno donde pernoctamos la última vez. ‑`Cuál es la granja dónde no nos dieron té?' ‑preguntaba ella hundiendo sus ojitos en el horizonte. Después nos alejábamos como si tal, llevando a los niños fuertemente agarrados de la mano."

 

    -Y la tía Stasha? -pregunté.

    "La tía Stasha se había quedado sentada en una banca frente al mar. De su cartera sacó una arrugada carta del novio: `SAASLLDREERD ELLE 2442 DEED EENEENROOR. TEET QUIIUQEEREER ARRAJEEJ'(sic), así le escribía Arje, utilizando el código de moda entre las parejas de enamorados, en el cuál se repetía cada sílaba, pero al revés. Suficientemente simple para no confundir a una muchacha enamorada, ni a ninguno de los empleados de la oficina criptográfica. La tía Stasha había cuadriculado mentalmente el mar buscando el paradero de Arje. Aparentemente algo se movía en A‑4, pero su entusiasmo pronto se desvaneció al ver que era una gaviota que levantaba el vuelo. Probablemente había submarinos en C‑2 y C‑3. Los aviones acostumbraban bombardear E‑3, F‑2 y J‑4. En K‑2 se veía un barco pesquero prácticamente cubierto por las olas bajo el peso de los salmones. Una boya roja y azul anunciaba un escollo en H‑2. Hombres y mujeres nadaban despreocupadamente en 0‑1. Una barrera de minas submarinas cruzaba desde D‑2 hasta G‑4. Stasha guardó la carta sentada en su banca de A‑0. Se levantó lentamente y caminó hacia la casa. Antes de voltear la esquina echó un último vistazo lleno de esperanzas a E‑17...  Allí vio a Arje que le sonreía con la cabeza agujereada por la ametralladora de un Messershmitt, repitiendo `SHALOM STASHA, STASHA SHALOM' mientras se hundía una y otra vez en el revuelto del mar."

 

    Al fin de la velada me entero de que con el tiempo la familia puede volver a casa haciéndose pasar por unos despreocupados pasajeros que regresan de un fin de semana al otro lado del mar. David y Rebequita, desde la popa del transbordador, se despedían de sus amiguitos del exilio, mientras los padres sollozaban en la proa anticipando el encuentro con caras y lugares amigos.

 

    Mientras tanto la tía Stasha agarraba fuertemente la pasarela a babor e inspeccionaba detalladamente el C‑17. ‑"SHALOM STASHA, STASHA SHALOM!" oía que gritaba Arje desde las profundidades. En cada uno de los cuadrados ella dejaba flotando una parte de los vestidos que se había arrancado. Al llegar al puerto lanzó los pantalones interiores. Allí la esperaba una ambulancia para conducirla al hospital mental. A falta de cuadriculado marino habría de dibujar criptogramas hebreos con su lengua, sobre las baldosas de la celda.

 

    Temeroso de encontrar el taller en ruinas, el abuelo esperó cuatro días antes de ir. Se acercó cautelosamente una mañana, como si cada paso que diera fuera a repercutir en las débiles paredes del local. Se detuvo en la acera de enfrente y observó la fachada un rato. Cruzó la estrecha calle pausadamente. Al decidirse a empujar la puerta escuchó que alguien lo llamaba. La panadera Jensen se acercó a todo correr. Llegó jadeante y sonriente:‑ "Señor, qué alegría verlo!" dijo, le entregó algo con su mano de amasadora y se alejó sin decir más. El reconoció la llave y la introdujo en la cerradura. La puerta se abrió silenciosamente. El sol pareció despertar el taller de una pesadilla de cuatro años. Sorprendía la limpieza del lugar. La caja de madera estaba en perfecto estado, todas las herramientas brilladas una por una, el platico que había mantenido para los ratones ostentaba un fresco trozo de bizcocho. Sintiéndose incapaz de encarar tanta alegría el viejo cruzó la puerta y  salió a la calle, los demás comerciantes, con los brazos cruzados, sonreían en las puertas de sus tiendas.

 

    En su  celda del manicomio la tía Stasha cuadriculaba insistentemente las baldosas, A‑1, C‑17, ‑"Shalom Arje, Arje Shalom".        

 


 

 (1) Hanuka, fiesta judía que conmemora la rededicación del templo por Judas Macabeo en el ano 165  A. C.